miércoles, 4 de junio de 2008

Campoamor Años 50






A Lourdes. A mis hijos.
A mis hermanos.

Por disposición paterna mi familia veraneaba un año en Granada y otro en la dehesa de Campoamor, provincia de Alicante. Veranear significaba pasar fuera de Madrid los tres meses del estío, más una propina hasta bien entrado octubre, mes en que empezaban los colegios.

La dehesa era propiedad de un matrimonio amigo de mis padres, sin hijos. Dos mil quinientas hectáreas de pino carrasco, lentiscos, algarrobos y almendros, con costa propia, en aquella España pobre y autárquica. Aún no se adivinaba la llegada del turismo ni los atentados contra la ecología y el buen gusto que suponen las torres de hormigón a orillas del mar. Fuimos, sin saberlo, la última generación que pasó sus vacaciones al viejo estilo. Nadie nos obligaba a estudiar idiomas o cosas útiles para el futuro. El tiempo, infinito, era todo para nosotros. Aprendimos a no hacer nada, como enseña el TAO. A no hacer‑haciendo.

La Casa Grande quedaba retirada del mar y una tartana con una mula nos llevaba al baño diario. Yo solía ayudar a Pepe, “el de la tartana”, a enganchar la mula al carruaje, operación compleja y atractiva para un crío de ciudad. Cambiábamos nuestras ropas en una casita que llamaban “La Barraca”, que tenía un aljibe con agua dulce. “La Barraca” estaba decorada con redes, boyas de grueso cristal verde, salvavidas de corcho y estrellas y conchas de mar. La hélice del motor fuera de borda se sumergía, para protegerla del salitre, en una gran barrica con agua dulce. Después del baño en el mar nos quitábamos la sal de la piel por el sencillo procedimiento de verternos encima el agua de barreños calentados al sol en el patio de la barraca.

Algunos días las tatas llevaban a la playa unos cestos de mimbre para alargar los baños hasta la noche. Tortillas de patatas, filetes empanados, ensalada de pimientos rojos y verdes, sandías y melones puestos a refrescar en lebrillos con barras de hielo cubiertas con sacos. Higos y brevas dulces, albaricoques de secano, melocotones pequeños y prietos. La siesta se dormía en colchonetas de paja sobre el suelo empedrado de guijarros y cantos rodados del porche de la barraca.




Aquellos interminables, calurosos y asilvestrados veranos imprimían carácter. La luz del Levante y la privilegiada naturaleza de una finca de monte bajo mediterráneo y de labor, sin más contacto con el mundo exterior que los viejos aparatos de radio que sólo captaban, y eso por la noche, emisoras árabes del otro lado del Mediterráneo y, nunca supe por qué, Radio Andorra con una voz aguda de chica que cantaba “aquí Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra”, nos sumergían en una especie de rústica felicidad que adormecía los espíritus pero mantenía bien abiertos nuestros sentidos.

En mi colegio apenas sí mandaban tareas para el verano, salvo la de rellenar un cuaderno de vacaciones y el ritmo de cada jornada era muy parecido al propio de los labriegos y jornaleros, cuyas familias vivían en casas diseminadas por la dehesa. Las faenas del campo marcaban el día a día. Cuando empezaba el veraneo era ya la época de trillar con mulas en las eras, la de recoger tomates y pimientos, melones y sandías, y las frutas y verduras de las huertas que se regaban con agua de pozos y acequias.

Si la cosecha de tomates y pimientos era muy grande, las mujeres de los labradores los abrían y ponían a secar al sol en las eras, cuando éstas habían cumplido ya su función y el grano estaba recogido y entrojado. Algunas noches era preciso y emocionante tirar cohetes en las eras para provocar que los conejos salieran disparados y dejasen de comer pimientos ya medio secos. Recuerdo muy bien que a la mañana siguiente deshacíamos con la mano las cagarrutas de los conejos y nuestras palmas se quedaban llenas de un polvo seco que era puro pimentón. Aquellas noches había que encerrar a los dogos que guardaban la Casa Grande. Ena se llamaba la perra madre. Los cachorros blancos y negros eran de una belleza conmovedora.



El monte bajo estaba lleno de caza menor y la sala de trofeos de la Casa Grande de cuernas de venado y colmillos de jabalís. Caza mayor nunca vi, pues debía de haberse extinguido. Sí me topé en cambio con liebres, conejos libres de mixomatosis, tejones, lirones y jinetas. La voracidad de los zorros obligaba a cuidar muy mucho del estado de las vallas y cercas de los corrales de gallinas, pavos y patos y de las cochiqueras de los cerdos. En las cocheras había jaulas colgadas de las paredes con hurones que se utilizaban para cazar los conejos en sus madrigueras y también habían otras con perdices para reclamo.

Las salamanquesas de las paredes, los lagartos de las peñas y los alacranes que salían a la luz cuando los tractores preparaban los barbechos eran víctimas de mi curiosidad de aprendiz de naturalista, que demandaba observar los ejemplares presos en los tubos de cristal que quedaban vacíos de aspirinas o tabletas okal. De noche, las salamanquesas eran verdaderas artistas comiendo los mosquitos que acudían a las exiguas luces que arrojaban bombillas de 60 vatios.

En jornada de caza oí pegar un tiro involuntario a un precioso perro perdiguero y también vi llorar a su amo, un catalán de la familia propietaria de un cava hoy famoso, parientes de doña Encarnita. Los Segura también tenían un caniche que bebía café con leche.

Mi otro afán naturalista, nunca satisfecho, era intentar reproducir en casa los acuarios que el mar formaba al retirarse de las rocas que separaban la pequeña ensenada de la gran playa de arena. Me fascinaba esperar a que la ola marchase para correr, costaladas de por medio a causa del verdín de las algas, a observar el pequeño y perfecto mundo de algas, peces, cangrejos y caracolillos de mar que quedaba visible, hasta la siguiente ola, en los huecos horadados en las rocas volcánicas.


Tan aislados estábamos, que cada semana pasaba por las casas una galera grande llena de telas, puntillas de encaje, jabones y productos de olor. No existían las cremas de protección solar. La Nivea ayudaba a freírnos al sol, quemaduras que se aliviaban por la noche con paños mojados en vinagre. El comerciante que llevaba el carruaje era conocido como “el corsario” y, hecho el negocio, nos regalaba caramelos caseros con sus manos de corsario. Conocíamos el valor de las cosas y aceptábamos la lógica de heredar camisas o abrigos de los hermanos mayores. Para sacar o meter pinzas o dobladillos, poner o quitar hombreras, o dar la vuelta a chaquetas o saharianas estaban las modistas que iban a coser a las casas en las SINGER de pedales. Guadalupe se llamaba la nuestra de Madrid, que tenía una asombrosa permanente en el pelo y un novio torero o casi.

Los labradores hacían un baile, con laúdes y bandurrias, una o dos veces al mes en la casa de los peones camineros. El que mejor tocaba el laúd, con púa, a quien yo veía que las mozas festejaban mucho, se apodaba Tomás “el de la alfalfa” y siempre hice buenas migas con él, pues al caer la tarde me dejaba acompañarle a segar con hoz alfalfa para echarla de comer a los conejos caseros, que servían para el arroz cuando no era temporada de caza, aunque me parece que en la dehesa las vedas no se respetaban escrupulosamente y las parejas de la Guardia Civil que hacían las rondas a pie eran tratadas con gran consideración. Más de una vez les vi recibir un par de cartones de Chesterfield de contrabando, que provenían de los barcos extranjeros que venían a cargar a las salinas de San Pedro del Pinatar o a las de Torrevieja. También circulaba el Pall‑Mall largo y sin filtro, así como el rubio inglés de Virginia, este último mi primer y desagradable encuentro con el cigarrillo.

Los mayores jugaban después de comer al dominó, a la sombra de un tejado de brezo que cubría un jardín redondo en cuyo centro había una fuente con un surtidor y unos peces que se decía servían para comerse las larvas de los mosquitos. El jardín se llamaba “Corea”, supongo que por aquella lejana guerra o por la forma del techado. No creo que nuestros grillos fueran a la zaga de los coreanos en lo que a estruendo nocturno se refiere.

Por la noche jugaban al póquer y se llegaban a juntar 10 ó 12 grandes coches, Packard, Chrysler, Pontiac o Citroën 15 ligeros. El más pequeño era el Fiat Balilla de don Vicente, capitán retirado de la marina mercante casado con doña Herminia. Tampoco tenían hijos y eran parientes pobres de los amos. El Balilla era de dos plazas bajo la capota, más otros dos asientos que se descubrían en la parte posterior, donde hoy los coches llevan el maletero. Me gustaba ir atrás, cara al viento, tragando el polvo de los caminos sin asfaltar y mirando los taludes de tierras amarillas como el asperón.

A las interminables partidas de póquer se apuntaban algunos aviadores de la Academia General de San Javier, además de Ernesto, que era el administrador de la finca y el matrimonio Maura, Juan y Menchu. Él era gerente de la Unión Salinera Española y mi padre llamaba a Menchu Maura “la leona de Castilla”.



El mundo de los adultos me parecía perfecto. ¿Qué más se podía pedir a la vida que levantarse tarde, comer con gusto y sabiduría levantina, hacer sobremesa jugando al dominó, dormir largas siestas, cenar con amigos alegres y charlatanes, y luego jugar al póquer hasta la madrugada? Y ello por no hablar de los habanos, o del whisky legítimo, en un país en el que no había de nada o era ilegítimo.

La única mujer que hacía lo mismo que los hombres era la Maura. También reía como ellos. Ni mi madre, ni doña Encarnita, la señora de la casa, ni Marisa, su señorita de compañía, se mezclaban con ellos salvo en las comidas y en las misas.

El entorno femenino se completaba con las guardesas. La hija de los que cuidaban la Casa Grande se llamaba Pilar Treviño y era muy simpática y guapa. Candelaria se ocupaba de la casita de la playa. Tenía dos o tres hijos rubios y descalzos.

Pepe, el de la tartana, cantaba muy bien flamenco. Creo que de él me viene la afición que aún conservo por este cante. Pepe Pinto, Juanito Valderrama, Manolo Caracol, Antonio Molina, Carmen Morell y Pepe Blanco, estaban de moda entonces, cuando Manolete murió en Linares, que nos cogió en Campoamor aquel duelo nacional. Igual que la llegada a Barajas de Jorge Negrete, prototipo de macho que revolucionó mucho a las tatas. A propósito de la tartana diré que aún me persigue una leyenda familiar que atribuye a mi descuido la caída desde el carruaje de mi hermano pequeño, entonces de pocos meses de edad. Yo recuerdo que fue en la cuesta de los pinos, pero no estoy seguro que fuera yo quien lo llevase en brazos. Sea como fuere, el porrazo no tuvo consecuencias.

Uno de los aviadores que jugaba al póquer, al que si no me equivoco llamaban “la pava”, alguna mañana de playa nos entretuvo con su avioneta de entrenamiento pegándonos pasadas en vuelo invertido casi rozando, lo prometo, los cables del teléfono o del telégrafo, que no sé de qué eran, porque me parece que, los primeros años por lo menos, no había teléfono en la finca. Por cierto, una vez un zagal llevó un recado a don Antonio, creo que de parte de la fábrica de chocolates Tárraga. La partida de dominó estaba interesante y no recibió propina. Entonces el mensajero va y dice “don Antonio, si me preguntan cuánto me ha dado de propina ¿qué les digo yo?”.

Los sábados mi padre acompañaba en el coche grande al dueño de la dehesa a depositar en un banco en Cartagena toda la recaudación de la semana que don Antonio obtenía como corresponsal de los bancos en San Pedro del Pinatar. En aquella época los bancos no tenían sucursales en buena parte de los pueblos y apoderaban al cacique o al rico de la zona para el cobro de las letras de cambio aceptadas por los lugareños. Ello dejaba una buena comisión y requería honestidad y pulcritud en el manejo de los fondos. En la guantera del coche vi una vez una pistola que seguramente jamás fue utilizada ni siquiera para practicar el tiro. En aquella España privada de libertades, la profesión de atracador debía ser muy poco atractiva. En los años 50 se cometió en Madrid un atraco muy sonado contra la joyería Aldao, en la Gran Vía; el hecho debía ser tan poco frecuente que enseguida se cantó una coplilla con un estribillo que decía” Aldao, Aldao las joyas te han robao”.







Mi padre aprovechaba el viaje sabatino para firmar los papeles propios de su cargo en la Administración pública, que un policía le acercaba desde Madrid bien a Cartagena, bien a la estación‑apeadero de Balsicas.

Los domingos el párroco del Pilar de la Horadada se acercaba a la finca para decir misa en la capilla de la Casa Grande a las 12 en punto. Antes, confesaba. Una vez un hermano mío, que era muy escrupuloso de conciencia y no tendría más allá de 11 ó 12 años, atascó la misa hasta pasadas las 12 y media, contándole al cura no se sabe qué pecados imposibles, en medio de grandes muestras de impaciencia por parte de todos nosotros que confiábamos en darnos un chapuzón antes de comer. Me parece que aquel día las bambas Pirelli, los meybas y las gafas y tubos de bucear Nemrod se quedaron esperando en la tartana, igual que esperando se quedó el camino que atravesaba el río Seco flanqueado de pitas en un horizonte de montes de esparto. Aquel día no pudimos nadar hasta “los palos”, que así llamábamos a unas estacas situadas en medio de la pequeña ensenada de la playa de Campoamor. De ellas los pescadores prendían unas redes finas para atrapar lubinas, magres o pajeles. Nunca me monté en el balandro cuyo timón llevaba don Vicente. Sí lo hacía a menudo mi escrupuloso hermano quien muchas y muchas noches me despertaba para que le recitase los credos o señormiojesucristos que creía haber olvidado.

Con las tormentas de septiembre se anunciaba el otoño, el colegio y el presentimiento de un Madrid triste y de un colegio sin luz. El río Seco cogía algo de agua, que gustaba a ranas, tritones y libélulas. Los juncales hermoseaban y las invisibles chicharras de los pinos enmudecían ante los truenos.

De vuelta a Madrid tocaba forrar los libros del colegio con un rígido papel azul morado al que adheríamos unas etiquetas con pegamento que se humedecía con saliva y en las que escribíamos con letra de caligrafía la asignatura correspondiente. Costaba volver a la rutina y también costaba hacerse con las botas Segarra después de haber estado cuatro meses en alpargatas. Pero lo que verdaderamente sentía yo era perder, hasta el verano siguiente, la luna azul de medianoche. Y la libertad.

28 de noviembre de 2002

9 comentarios:

  1. jose martín saldaña3 de febrero de 2008, 7:38

    ES MUY BELLO ESTE RELATO. ME HA RECORDADO MIS PROPIOS VERANEOS DE PEQUEÑO. ESTÁ ESCRITO DE FORMA NATURAL Y TIERNA,COMO SIN ESFUERZO. A VECES PARECE LITERATURA ORAL.

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  2. Qué bonito. Mi preferido. Tierno y entrañable. Se lee casi de un tirón. Sabe a poco.

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  3. A mi tambien me ha recordado los años que de pequeño pasé en La Dehesa y sobre todo La Barraca por ser sitio, muy visitado por mi y que en la actualidad es un Restaurante en el que se come muy bien.
    Es un relato explendido.

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  4. bella descripción retro-introspectiva.Es cierto que en LA Barraca se cena de butén.

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  5. ESTOY PERPLEJO. ES BELLO Y VERAZ. ¡SUPONGO!

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  6. Vivo en Argentina...soy descendiente de los Tárraga, que es mi segundo apellido. Me encantó el relato y que no pierdan la memoria...sobre todo del sabor a chocolate

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  7. F.R.G. :

    Lo aquí relatado, me ha trasladado a mi niñez.
    Así, en distinta Finca, pasaba yo los veranos en el campo de Cartagena con mis abuelos, que eran los dueños de la Finca.
    Fué una época preciosa, la cual recuerdo casi todos los días; qué pena que hoy los niños no disfruten de la naturaleza como lo hicimos nosotros.
    Aprendimos los nombres de insectos, animales, árboles, plantas y todo lo que nos rodeaba, con lo cual convivíamos.
    A los 20 años, en 1963, por circunstancias de mi trabajo, conocí la Finca de Campoamor. No tengo palabras para agradecer a sus dueños (que en paz descansen), familiares y personal a su servicio el trato y atenciones que han tenido y tienen conmigo.
    Es un relato de vivencias en la Finca redactado magistralmente.
    Le quedo muy agradecido.

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  8. Felicidades!
    Que pena que no nos conocimos entonces, mis abuelos y mi padre eran intimo amigo de Antonio Tárraga y de Encarnita Viudes,tanto que ella fue la madrina de la primea comunión de mi hermano juanjo y la mía...
    toda tu magnifica descripcion me ha trasladado por momentos a esos maravillosos años...
    Gracias

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  9. Amigo Estrugo, me alegra mucho saber que mi relato de mis veraneos de infancia en La Dehesa de Campoamor ha sido de su agrado.
    Es curioso la coincidencia de que mi hermana pequeña lleva por nombre Encarnación, pues Encarnita de Tárraga fue su madrina de bautismo.
    Le agradezco su visita a mi blog y le envío un cordial saludo.

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Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!

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