martes, 14 de junio de 2011

Los Cipreses (capítulo cuarto)


En el centro del patio de los naranjos había un pozo para abastecer de agua, no potable, a la casa. El agua se bombeaba mediante un viejo motor diesel a unos enormes depósitos de uralita encaramados en la torre principal. La otra torre, blanca de cal y azul de añil, con vigas de madera vista, servía para secar pimientos y tomates y colgar melones de invierno, tan ricos de comer en Navidad.

La operación del bombeo del agua era un espectáculo. Frasquito bajaba hasta el nivel del motor por unos asideros de hierro clavados en la pared. Sin luz. Según cumplía años, aumentaba la emoción. Poner en marcha el motor tenía su mérito y el premio era un pestazo a gas‑oil que aún me persigue. Eso si no pasaba algo en la bomba sumergida bajo el nivel freático. Descender de la plataforma donde estaba el motor hasta el nivel del agua era para nota. Quede claro que Frasquito murió de viejo en su retiro en el pueblo de Maracena.



Al cabo de dos o tres horas, los aliviaderos de los depósitos, ya colmados, empezaban a soltar agua. Entonces era urgente buscar a Frasquito para que bajase al pozo a parar el motor y evitar el desperdicio de agua. Pero Frasquito podía estar labrando en la hoya de los chumbos, en la otra punta de la casería, que medía más de doscientos marjales, y ya se sabe que un marjal son cien estadales granadinos. Si estaba en la finca su sobrino Antoñito, a él tocaba buscar al guardés‑capataz, al grito horrísono de “Tito, que se errama el aguaaa...”.

Antoñito pasaba buena parte del verano en casa de sus titos y era hijo único de una sobrina de nuestros guardeses, que vivía en Sevilla. Su madre era guapa y con buena facha y tenía un vestido blanco con lunares azules. Al padre nunca le vi. El gordo, pelirrojo y pecoso de Antoñito era compañero de nuestros juegos y le hacíamos de rabiar, creo que sin mala intención, aunque sí con cierto “espíritu de clase”. Comía sangre frita, sartenadas de papas fritas y sopas de ajo.


La leña era escasa y los labriegos utilizaban como tal los troncos secos de las plantas del tabaco. Antoñito merendaba lo que él llamaba “un pocillo”, es decir, media hogaza de pan, en la que hacía un “bujero” para inundarlo de aceite espeso y de azúcar. Tapado el pozo con su miga, iba comiendo aquel artefacto al tiempo que el aceite chorreaba por cara y blusa. Una vez me confesó que tenía lombrices, según él de tanto comer azúcar. Su tita le peinaba con fijador, pues el niño estaba lleno de rizos. El fijador era peguntoso y casero, supongo que a base de zaragatona.





( la foto de arriba lleva en el pie su origen. Me parece que la ilustración de abajo es obra de Edna Boies Hopkins (1872-1937) y para mí ha sido un hallazgo emocionante: es el vivo retrato de Frasquito, el capataz de Los Cipreses, que en paz descanse. ) 

11 comentarios:

  1. Entrañables tantos recuerdos y lo del "bujero" buenísimo, jaja, anda que no he oído yo eso veces.

    Por cierto que por aquí se sigue comiendo sangre frita con cebolla, yo jamás la probé ni la he cocinado, es de esas cosas a las que me niego a pesar de que me encanta la cocina.

    Lo que me gusta mucho es el pan recién hecho con aceite y azúcar, de hecho lo como cuando me entra la vena tradicional y hago pan.

    Besos

    ResponderEliminar
  2. Que paz da ver la imagen del camino de Los Cipreses.Me puedo imaginar la belleza de la casería y el campo.
    Amigo, tu texto me ha dejado con ganas de leer más capítulos de tus cálidos relatos de una época diferente a la de hoy...a por el quinto capitulo de Los Cipreses de tu puño y letra y sangre del corazón.

    Es un placer leerte.

    Besos y cariño para ti, amigo Manuel.

    ResponderEliminar
  3. María, es un placer escribir para personas como tú, que compartimos sabores y recuerdos...No me importaría probar de nuevo la sangre frita en un aceite extra virgen de primera presión en frío...¿Sabes tú dónde moños podría ser? Te beso y te abrazo

    ResponderEliminar
  4. ¡Como agradeceré a Ma, compañera de blog y amiga granaína, su afecto y aliento! ¡Gastaré la palabra: Gracias!

    ResponderEliminar
  5. "Ven pa quí que te po a poner la zaragatona, que paece que te ha mirao el diablo con esos pelos", nunca hasta hoy caí en la idea de que era un producto real, siempre pensé que era como dar "pa'l pelo"

    Un beso melancólico de infancia feliz

    ResponderEliminar
  6. Sí Pilar, sí, real como la vida misma...Sueños despiertos y dulces ¡la niñez!

    ResponderEliminar
  7. Ahí, por ejemplo:

    www.tascaelpalomo.com

    lo que no te garantizo es lo del aceite, ahora en hostelería suelen freir con uno de estos aceites denominados alto-oleico y reservan el de oliva para ensaladas y guisos.

    Besos

    ResponderEliminar
  8. Mi abuela también tuvo la manía del fijador, que no era otra cosa que brillantina Palmolive.
    El pan con azúcar que en mi tierra era con vino y se les llamaba sopetas.
    En cuanto al aceite de oliva, que sea de la variedad Impelte y Arbequina, ese lo pongo yo, que no es por hacer publicidad pero es de cosecha propia, imprescindible para mi tostada del desayuno y Denominación de Origen del Bajo Aragón.
    Un abrazo Manuel.

    ResponderEliminar
  9. María, probaré la sangre frita de esa tasca palomera, aunque sea lo último que haga ¡Gracias cordera!

    ResponderEliminar
  10. Loli,querida,primera vez que oigo hablar de la variedad Impelte ¡Yo pongo el vino y los postres! ¿Alguien da más?

    ResponderEliminar
  11. Qué gusto leer este capítulo. Me alegro por Frasquito. Y bueno, el niño pecoso, jajaja. Seguro que la sopa de ajo estaba riquísima. me gustó más la segunda imagen que la primera.

    :)

    ResponderEliminar

Pienso que l@s comentarist@s preferirán que corresponda a su gentileza dejando yo, a mi vez, huella escrita en sus blogs, antes bien que contestar en mi propio cuaderno. ¡A mandar!

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.