viernes, 19 de octubre de 2012

Dama Otoño



(Fotos desde mi balcón de otoño)

¿Quién cerró sus pupilas sin brillo?
-¡Con su traje de seda amarillo,
Dama Otoño pasó por aquí!

Francisco Villaespesa. Baladas de cetrería, 1916.




domingo, 23 de septiembre de 2012

Cumpleaños por azar


(Anteayer, víspera de mi cumple, yo era así)

Ayer, por un azar absurdo, llegó a mí, sin esperarlo, mi cumpleaños. No voy a dar el mal paso de proclamar aquí y ahora cuántos fueron los años que me cayeron encima, sin comerlos ni beberlos. No soy indiscreto y sé guardar un secreto profesional.
El día fue alegre, como una especie de pequeña autobiografía poética de mi vida anterior. Dormí sin nada que lamentar.



(Hoy, en la octava de mi cumple...)

Hoy me levanto oliendo a otoño. En el cuarto de baño, mientras me pregunto por qué será que me gustan todas las mujeres, miro al espejo y me veo tal cual soy ahora. Necesito un afeitado concienzudo y encontrar mis gafas para leer algún artículo científico de esos que niegan la evolución de las especies. 


sábado, 22 de septiembre de 2012

A partir de cierta edad


(foto de mí)

"A partir de cierta edad se aprende a
dejar en paz a los necios."

Frase de D. Manuel Azaña que releo hoy, día de mi cumpleaños.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Servicio de habitaciones


(foto tomada por el autor)

Vuelvo a tierra. Abandono el mar con hambre, sed y sueño.
En el hotel marco el número nueve y me responde una bien timbrada
voz de mujer: 
- Servicio de habitaciones ¿dígame?
¡Qué reconfortante me resulta el primer desayuno del resto de mi vida!

jueves, 19 de julio de 2012

Mi huerto inmediato



(el autor en la época en que transcurre este relato)

Del monte en la ladera
por mi mano plantado, tengo un huerto
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto

(Oda a la vida retirada. Fragmentos.
Fray Luis de León)

En el quinto año de la séptima década del pasado siglo determiné pasar el estío en compañía de nadie. Polvo, sudor y hierro, en el  seco erial de la meseta castellana. Terminaría así unos estudios universitarios que me tenían harto. Harto de tanta anormalidad artificial. Fue mi primer verano sin veraneo.

Mi otro propósito, genuino y no confeso, era el de labrar un huerto en el piso paterno, vacío durante la canícula.

El primer designio no requería sino de unas horas de estudio cada madrugada, a menudo sentado en el balcón, por si se levantaba la fresca, que no lo hacía ni con las claritas del día. Desde siempre, las madrugadas han sido para mí la parte final de la noche, nunca comienzo del día. Me gusta atar la luna con el sol.

El segundo empeño fue planificado meses antes con rigor y disciplina cisterciense. Consistía en convertir mi dormitorio, la habitación contigua y el cuarto de estudio que hacía mediana con ella, en un huertecito. Recogería sus frutos a finales de septiembre, antes de la vuelta de mi familia y otros animales.

Pero había más. Algo que constituye el nudo de esta historia. Quería que mi gran secreto, mi mayor tesoro, medrase un tiempo en mi suelo, en tierra propia.

El tesoro databa de mucho antes de Cristo, pues era contemporáneo de Buddha.

Un tío abuelo mío, por parte de madre, se había casado con una maharaní hindú, a quien llevó a vivir a Granada desde las lejanas orillas del río Jhalum en el valle de Cachemira.

No tuvieron hijos y sí un gran afecto por mí. Me contaban historias preciosas de la India, de los vedas y del budismo. Alguna vez me sentaron a meditar con ellos en el carmen que tenían por el Albaicín. Yo era un crío que gustaba del silencio y conseguía poner la mente tranquila y calma, lo que me procuraba paz y bien.

Una tarde de Corpus andaba yo con los maharajás en su Carmen granadino cuando se presentó el mecánico de casa para llevarme a no sé qué gaita familiar. Me disgusté mucho, pues los tíos me habían prometido contarme, a la puesta del sol, la historia del Buddha niño, cuando de muchacho todavía se llamaba Siddhartha Gautama.

Para consolarme, mi tío me tomó de la mano y me llevó a su torre‑estudio, clausurada siempre por una llave de plata que colgaba de su cuello y de un cordón trenzado con hilos de oro y seda magenta.



El torreón era un sueño. El sueño de mi vida. Servía de observatorio astronómico, de laboratorio de alquimia, de biblioteca de libros teúrgicos y de teosofía y también de recoleto fumadero de opio. Mi tío abrió mi mano derecha para cerrarla a poco sobre un cofrecillo anacarado.

Habló así:

- No te enfades por pequeños contratiempos. Tampoco por los grandes pesares. Tienes muchas vidas para ser feliz. Cuando crezcas, siembra esta semilla en tierra por ti bendita. ¡Ah y no olvides que primero debes ablandar el grano en agua caliente durante tres semanas, a contar desde la luna nueva de enero de cualquier año impar.

Pregunté:

- ¿Qué árbol será cuando fructifique?

Escuché su respuesta:

- Un árbol sagrado, pues es simiente del gran árbol de Bodhi, donde Gautama “El Despierto” tuvo su iluminación. Es el árbol de la ciencia.

Me dejé conducir por el chófer hasta la vana celebración familiar. Pero aquella tarde yo había aprendido de mi tía hindú un principio de incalculable valor espiritual. Me reveló que la tradición de su tierra favorece el abandono de la vida convencional al llegar a cierta edad, después de haber cumplido con los deberes de familia y de ciudadanía. Este sabio consejo no me fue arrebatado nunca.

jueves, 12 de julio de 2012

El espejo y tú


(foto Masao Yamamoto)

"El espejo no es nada sin ti"

Mark Strand

Si alguna tarde de estas me encuentro con el señor Strand me gustaría comentarle que algunas personas no son nada sin el espejo.


sábado, 7 de julio de 2012

Sevilla sin esperanza



Sevilla huele a jaca de señorito,
a muslos malvas de sevillanas de salón,
a nazarenos agrios de trasegar manzanilla,
a plato indigesto de rabo de toro manso,
a colorines de parra, zarcillos falsos de falso coral,
y a pan pringao en vino amargo.
A sequía, a isla inútil, a río muerto,
a aljibe de agua sucia, a cloaca de estiércol,
a beatas de nocturna adoración,
y a cirio de sebo de canónigo.
¡Antipática y marmórea!



(fotos tomadas  por el autor)

lunes, 25 de junio de 2012

Y fuiste de oro



...y fuiste de oro, de carmín, de rosa...
                                                (JRJ)

En Gijón hay otro mundo.
Le nombran Jardín Botánico Atlántico.












(Fotos tomadas por mí con teléfono móvil)

domingo, 3 de junio de 2012

Exilio interior



Días atrás, llegó el momento de marchar de casa...



...sin renunciar al barrio...



...ni a la calle que me vio nacer...



...¡los baños patas arriba!
¡Obras de reforma!
El exilio no debe suponer pérdida de identidad ¡Nunca!

miércoles, 23 de mayo de 2012

En Islandia no hay hormigas



(ambas fotos están tomadas por mí en Reikiavik)


Nunca me he sentido más perdido que en Islandia. Me encontré desorientado, desabrido y descontentadizo. Siempre cercano a echar las patas por alto.

Me salvó de males mayores un cocinero granadino que, en el hotel en que me alojaba en Reikiavik, me preparaba cada anochecida,  con sabiduría y esmero, una docena de cigalas terciaditas nacidas en aquellos mares tan fríos y desangelados. Aun a riesgo de ser puesto en la picota por los mariscadores gallegos, dejo escrito aquí que nunca he vuelto a degustar unos crustáceos decápodos como los islandeses ¡Por estas que son cruces!

¡Ah! Otra cosa: puesto a ganarme enemistades carpetovetónicas, añado que el vino blanco y muy seco, pouilly-fumé, que tenían en aquel comedor me resultó gloria bendita.

¡Abajo la siempre presente, en nuestros lares, uva verdejo! En los restaurantes y bares de Castilla acostumbran a meterte el vino blanco de verdejo por las narices. Y lo malo es que esa uva tiene un inconfundible aroma a "patchoulí".

Otro ejemplo de "castellanismo necesario", expresión que tomo de Juan Ramón.



(ambas fotos están tomadas por mí en Reikiavik)

jueves, 10 de mayo de 2012

Si lo que cuenta es el tamaño



Sin remedio, que no lo tengo.

Me pregunta una lectora:
-¿Por qué no escribes de una vez por todas un libro gordo?
Como tampoco tengo propósito de la enmienda, voy a explicarme ahora.

Mi escritura está en la órbita de la “cortedad en el decir” y obedece a la estética de lo menos. Procuro escribir “a la pata la llana”.

Estas obritas mías evitan ocupar muchas horas de mis lectores, que a buen seguro las necesitan para otros menesteres más gratificadores.

Además, cierto pudor me impide publicar nada más extenso de lo que yo mismo acostumbro a leer. Mis ojos son un poquitín présbitas y mi ánimo de lector también está cansado. Y cada edad tiene su literatura apropiada.

A mis años cuesta menos leer poesía que prosa. Las novelas que merecen la pena, leídas fueron por mí cuando podía hacerlo a la luz de una vela. O con una linterna debajo de las sábanas, para eludir así la vigilancia materna en lo que al cumplimiento de los horarios escolares y familiares se refiere. Al día de la fecha no pienso despestañarme por leer grandes éxitos de ventas, a menudo mal traducidos del idioma sueco o del malgache, por poner un ejemplo. No estoy dispuesto a dejarme enredar por los cantos de sirena de grandes campañas publicitarias y mediáticas. No.

Así lo veo yo: si te gusta escribir y ya eres mayorcito, hazlo breve y lee poco. Si prefieres la ficción, toma algo de tu memoria, aunque no tenga trama ni desenlace. La memoria conserva lo que debe ser archivado y sabe más de ti que tú mismo. Tu caletre no podrá inventar nada mejor que lo realmente vivido por tu cuerpo serrano. Lo complicado, a menudo, es conciliar las ganas de vivir con los deseos de escribir.

Hace unos años me dio por editar algunas de mis cosas, en pequeñas tiradas de autor y no venales. Bien idos sean aquellos tiempos.

Por último, si lo que cuenta es el tamaño, junten mis improbables lectoras una docena de estos relatos, publicados o no, y tendrán un instrumento de buen porte.

martes, 1 de mayo de 2012

Cielos pintados con tizas de colores



Antes, cuando la infancia, pasé muchas tardes de domingo en la Casa de Campo de Madrid. Me oreaba y desentristecía bajo la luz de la capa de cielo velazqueño, frente a la silueta de la sierra madrileña.

En aquellos años, La Casa de Campo, que se abrió a la ciudadanía en la segunda República, continuaba cerrada al público. Los gerifaltes del régimen de Franco decían que quedaban sin explosionar bombas de mano y obuses y granadas y otros cohetes de la guerra incivil; mientras tanto, la utilizaban para su recreo.


Era emocionante, aunque nunca encontramos espoletas ni detonantes. Las trincheras de un frente de guerra son perfectas para jugar a la paz. Y a juegos de amor.

Mis hermanos y yo, en domingos y fiestas de guardar, usufructuábamos tan preciosa finca de fértiles tierras por invitación de los hijos de un ministro de Franco, amigos nuestros por ser compañeros del colegio de EL Pilar. En tan señalados días, después de comer, venía a buscarnos un inmenso Packard negro matrícula PMM (Parque Móvil Ministerial).


Los hermanos disponibles por parte nuestra éramos dos chicos y una chica, al igual que nuestros amigos. Mi tata se llamaba Sagrario y era de Ventas con Peña Aguilera, provincia de Toledo. La de ellos se llamaba Sabina y no me acuerdo de dónde era, pero tenía acento asturiano.

A guisa de correspondencia a la invitación, nosotros llevábamos merienda para todos, chófer oficial incluido. Bocadillos de queso de bola y carne de membrillo, o bollos suizos con mantequilla y jamón de york, más un plátano y una onza de chocolate Matías López por barba.




Una tarde el ministro en persona me encaramó a horcajadas a su caballo a y me preguntó si estaba cómodo. Yo tenía siete u ocho años y era muy leído. Quise enfatizar mi bienestar y contesté que “incomodísimo”. Se acabó el paseo a caballo, aquella tarde y todas las del resto de mi vida. Si me hubiera limitado a contestar “muy cómodo”, igual termino de socio de un club hípico para pijos, en vez de afiliado al Atlético de Madrid, equipo que por entonces ganaba campeonatos de liga y todo.

Todavía conservo aquel carnet del Atleti, de piel granate y letras de purpurina de Casio, y también los recuerdos del enorme Packard negro, del olor a jara, a resina y a romero de los campos de sílice del Noroeste de Madrid y de mi yaya Sagrario, que en gloria esté, igual que su novio, miliciano que nunca volvió del exilio francés. Ella jamás tuvo ojos para otros hombres, pues siempre guardó ausencia de su Emiliano.




Del colegio rememoro ahora el solar, el patio norte, el central y el pabellón de ingreso. Y a D. Ramón, maestro de cocina y canaricultor de pro. Casi todo quedó atrás, o no existe. Como los alcornocales, algarrobales y almecinos de mi viejo parque de El Buen Retiro. Por no hablar de mis primeros amores de aquí, del barrio. O del mar, tan lejano.

Sagrario era honesta y leal. Entregó su vida a nosotros y entre nosotros murió. De ella aprendí que no siempre los vencedores llevan razón.

La foto de arriba es un fotograma de una película que rodé y protagonicé en la Casa de Campo. Se llamó "Un verano sin pájaros" y gozó de un cierto reconocimiento en el mundillo de los festivales de cine amateur formato super 8.


viernes, 27 de abril de 2012

Horas gratas de abril




                                         Rosa completa del rincón tranquilo
                                        adonde nadie viene, 
                                        en estas horas  gratas del mediodía libre
                                        de abril cálido y verde.
                                        (...)

Juan Ramón Jiménez

viernes, 13 de abril de 2012

El tiempo que se detiene



El tiempo que se detiene
La he mirado y no me ha mirado.
El  hombre-niño que juega con leve sonrisa.

El tiempo que detiene los recuerdos de la novia blanca…
No, no se detiene el tiempo sino para jugar
con el niño,
del barrio de aquí y de la vega de allí, de Granada.
El tiempo que se detiene…




miércoles, 4 de abril de 2012

Morirá un niño



Cuando yo muera
un niño morirá en mi pecho
¡morirá el niño
que me habita!

¡Parece mentira!

Inocente, viejo, limpio,
el antiguo muchacho que soy
morirá con el niño interior:
puro y solo.

¡Un niño menudo y cabal
y ya ha de morir!

¡Parece mentira!

¡Sentidlo así! ¡Lloradlo así!
Pues muerte fue
antes de serlo aún.
¿Desapego, entonces?
¿Tristeza, hoy?

¡Parece mentira!

Nunca más niño…

jueves, 22 de marzo de 2012

Nostalgias azules traen noches malas



“Soy un mártir nostáljico (sic) de mis propios sueños”
Juan Ramón Jiménez

Cuando muchacho, macetas azules, geranios rosas y jazmines blancos.

Hogaño, antiguo muchacho, terracotas con geranios blancos y jazmines rosas.

Y,detrás
de las nostalgias azules
                                   vienen las noches malas.

jueves, 8 de marzo de 2012

Granada: Casería de Los Cipreses



A mi madre

En la vega de Granada las fincas de regadío son conocidas como “caserías”. Mis abuelos maternos construyeron en la de su propiedad una casa cortijo al estilo andaluz. El predio se llamó con lógica y armonía “Los Cipreses”, pues a esa especie pertenecían los preciosos ejemplares que escoltaban el largo carril de entrada.

La casa se inauguró el 12 de septiembre de 1927 para acoger los festejos de la boda de mis padres, ya que a tal fin fue expresamente levantada. Mi madre me recordaba que ese día se conmemoraba el “dulce nombre de María”. Y yo rememoro ahora a mi madre, la persona más dulce que ha existido. Era toda generosidad, bondad y ternura. Vivió para los demás, nunca para sí. Pocos días antes de morir entré en su habitación. Muy débil ya, me dijo: “déjame mirarte a los ojos. Quiero saber cómo estás”. De su sufrimiento, ni una palabra.

La casería, de regadío y con algunos marjales de secano para cereal, era labrada por el capataz de la finca, llamado Frasquito, con la ayuda de tantos jornaleros cuantos lo requirieran la estación y los cultivos. Su mujer, Ángeles, tenía un diente de oro y se ocupaba de tareas domésticas, que incluían amasar el salvado para las gallinas, recoger sus huevos y evitar que una perra mil razas llamada Cuqui me mordiera más de la cuenta. Aún hoy día, cuando desayuno cereales con salvado, me acuerdo de Los Cipreses.

A principios de los años cincuenta, el trigo, la avena y la cebada se segaban a mano. La trilla se hacía con mulas, en eras preparadas a tal fin apisonando un rodal de tierra. La parva quedaba tendida en la era después de trillada y se aventaba con horcas para separar el grano de la paja. Luego se cernía aquél en cedazos. Algunas veces dormí en la era con los segadores. Tan exótica experiencia ha dejado en mí dos nítidas vivencias. La primera es que las picaduras de mosquitos de era son una buena pejiguera. La segunda, que las briznas de paja esparcidas al viento pican más que los mosquitos. Pero yo era feliz.

El ciclo del cultivo del cereal se cerraba en septiembre con la quema de los rastrojos. Tarea apasionante. Se elegía una tarde desventada y con rastrillos extendíamos el fuego estratégicamente por los cuatro costados de un haza. El olor a paja quemada me duraba días en el pelo. Por lo visto se siguen quemando rastrojos en zonas cerealeras de España y continúa también la polémica sobre si tal práctica es beneficiosa o perniciosa para la capa fértil del suelo. Útil no lo sé, divertido mucho.

jueves, 1 de marzo de 2012

Las seis condiciones del escritor


"Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo."

"No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento."

"Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.

Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve."

"Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento."

"Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera."

"Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad."

"Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir."

"Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad."

"Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada. No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo." 


Antón P. Chéjov (1860-1904) dramaturgo y cuentista ruso. Consejos extraídos del libro “Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores”, Edición de Piero Brunello.

(foto extraída de El País)

jueves, 23 de febrero de 2012

La patología del amor


(foto Hajima Sawatari)

El amor es una patología desesperada pero no grave, por ser normalmente de breve curso. Es enfermedad de larga tradición literaria y con buena prensa, muy en boga desde la eclosión del Romanticismo en el siglo XIX.

Se contrae a través de los cinco sentidos y no tiene, al igual que el catarro común, tratamiento específico sino sintomático: mucha cama, alimentación estimulante y abundante agua y jabón.

No existe vacunación eficaz puesto que en la estructura molecular de su agente transmisor se pueden observar elementos víricos de pasión y sexo juntamente con otros bacterianos que atacan al cerebro y estimulan el egocentrismo-patrimonial.

Los grupos de población más expuestos a la infección amorosa son los adolescentes, los cuarentañeros y los ancianos solitarios opulentos y acaudalados. Los brotes más violentos de esta pandemia suelen observarse en primavera y en otoño, coincidiendo con el regreso, al doméstico redil, del período vacacional compartido con la habitual pareja y los retoños.

Salvo en casos extremos descritos en cierta clase de literatura no científica, este padecimiento se cura por el simple transcurso del tiempo. El amor patológico desaparece por consunción y aburrimiento. Es decir, de muerte natural.

Cosa distinta es que se asocien factores colaterales que compliquen el curso de la enfermedad amorosa, como pueden ser el envenenamiento de un rival o esposo, suicidios en pareja o colectivos o bien en períodos de grandes depresiones bursátiles y financieras.

No se conocen medidas eficaces de prevención. Dícese que los Estados capitalistas están ensayando subidas de impuestos para las poblaciones de riesgo, encarecer las hipotecas-basura o, incluso,  encerrar preventivamente a los últimos románticos, como servidor de ustedes, que escribo estas líneas desde mi celda de un establecimiento frenopático.

jueves, 16 de febrero de 2012

Colección de poemas de Manuel María Torres Rojas




(Facsímil del libro de poemas Terca luz)


Hoy nace un librito que contiene poesías escogidas de entre las escritas por mí en los últimos tiempos. Transcribo aquí la reseña editorial, gentilmente preparada por Clara, impulsora y directora de tan primorosa edición. Grato ánimo para ella.



"“TERCA LUZ”, nuevo libro de versos de Manuel María Torres Rojas, se nutre de toda la materia propia de su personal universo, que recrea una y otra vez en sus escritos: la memoria, permanente autobiografía soñada y novelada, relatada “breve, corto y por derecho”, como gusta definir su escritura al propio autor.

Ya sea a través de los relatos de sus primeras publicaciones, como en “Los huesitos de mis ronquidos”, o en sus diarias entregas en cualquiera de sus cinco blogs, Manuel María escribe acerca de las cosas más comunes, o más  extraordinarias, de una manera suelta y libre, a modo de cuadernos de diario, donde cualquier acontecer agranda su mirada y le sirve de motivo para empuñar la pluma.

Este poemario es cosa bien distinta, porque es un paso más. A sus lectores no sorprenderá encontrar en sus versos vagos ecos de Garcilaso, Góngora y Lope y, sobre todo, de la música de Juan Ramón Jiménez.

Descubrimos a un Manuel María volcado en sus versos íntegra y apasionadamente, dejándose ir con un verbo cálido y entregado, intimista, desnudo; allá donde su escritura alcanza su más honda y sincera expresión, en su búsqueda de lo más humano de todo lo humano.

“Antes de sentarme a escribir, me invade la idea de cautivar y llegar al corazón de los demás”, dice de sí mismo el poeta. Y es en este “Terca Luz” donde más plenamente lo consigue, dejándonos poemas arraigados en su vida: los sentidos, el recuerdo, la infancia perdida y siempre añorada, en el amor siempre, más que en lecturas o construcciones intelectuales. 

Es este un libro de madurez, corolario de su producción poética, que alcanza su más alta emoción cuando habla del amor, ya sea en forma de pasión atormentada, anhelo insatisfecho o espejismo romántico: experiencia amorosa nunca culminada; llama, herida, ideal de Mujer, en perfecta e imposible armonía de forma y fondo."

martes, 14 de febrero de 2012

Esa mujer tiene nombre


(Marc Chagall)


Ayer noche entré en sueños con la Prosa Lírica de Juan Ramón entre mis manos. Me dormí sin su nombre, sin el nombre de ella:

                                                     SIN NOMBRE


"Me gusta pensar en ti sin nombre ni apellido. Mujer sólo, como la nube es la nube.
Corriendo tú en el aire azul, con tu cabello rubio ondeando sobre tu carne blanca y violeta; junto al agua, bajo los pájaros verdes.
Mujer solo, sin señas del ahora, como la rosa es la rosa."

                                                      (Juan Ramón Jiménez)

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                                                                ESA MUJER TIENE NOMBRE

Al rayar la alborada, un viento andaluz me tranquiliza los sueños.
Chagall y mi padre, del brazo amigable, buscan el nombre para la mujer de la litografía.
Yo gritaba a ellos en voz queda:

-¡Esto ya no parece un juego! ¡Estoy aquí! ¡Es que no me veis!


No, no me sentían. Y se quedaron sin el nombre buscado. Sin el nombre de la sirena.
Era el mío. Su nombre era mi nombre. María y Manuel.

                                                                  (Manuel María Torres Rojas)