(ambas fotos están tomadas por mí en Reikiavik)
Nunca me he sentido más perdido que en Islandia. Me
encontré desorientado, desabrido y descontentadizo. Siempre cercano a echar las
patas por alto.
Me salvó de males mayores un cocinero granadino que,
en el hotel en que me alojaba en Reikiavik, me preparaba cada
anochecida, con sabiduría y esmero, una
docena de cigalas terciaditas nacidas en aquellos mares tan fríos y desangelados.
Aun a riesgo de ser puesto en la picota por los mariscadores gallegos, dejo
escrito aquí que nunca he vuelto a degustar unos crustáceos decápodos como los
islandeses ¡Por estas que son cruces!
¡Ah! Otra cosa: puesto a ganarme enemistades carpetovetónicas,
añado que el vino blanco y muy seco, pouilly-fumé, que tenían en
aquel comedor me resultó gloria bendita.
¡Abajo la siempre presente, en nuestros lares, uva verdejo! En los restaurantes y bares de Castilla acostumbran a meterte el vino blanco de verdejo por las narices. Y lo malo es que esa uva tiene un inconfundible aroma a "patchoulí".
Otro ejemplo de "castellanismo necesario", expresión que tomo de Juan Ramón.
¡Abajo la siempre presente, en nuestros lares, uva verdejo! En los restaurantes y bares de Castilla acostumbran a meterte el vino blanco de verdejo por las narices. Y lo malo es que esa uva tiene un inconfundible aroma a "patchoulí".
Otro ejemplo de "castellanismo necesario", expresión que tomo de Juan Ramón.
(ambas fotos están tomadas por mí en Reikiavik)

