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miércoles, 23 de mayo de 2012

En Islandia no hay hormigas



(ambas fotos están tomadas por mí en Reikiavik)


Nunca me he sentido más perdido que en Islandia. Me encontré desorientado, desabrido y descontentadizo. Siempre cercano a echar las patas por alto.

Me salvó de males mayores un cocinero granadino que, en el hotel en que me alojaba en Reikiavik, me preparaba cada anochecida,  con sabiduría y esmero, una docena de cigalas terciaditas nacidas en aquellos mares tan fríos y desangelados. Aun a riesgo de ser puesto en la picota por los mariscadores gallegos, dejo escrito aquí que nunca he vuelto a degustar unos crustáceos decápodos como los islandeses ¡Por estas que son cruces!

¡Ah! Otra cosa: puesto a ganarme enemistades carpetovetónicas, añado que el vino blanco y muy seco, pouilly-fumé, que tenían en aquel comedor me resultó gloria bendita.

¡Abajo la siempre presente, en nuestros lares, uva verdejo! En los restaurantes y bares de Castilla acostumbran a meterte el vino blanco de verdejo por las narices. Y lo malo es que esa uva tiene un inconfundible aroma a "patchoulí".

Otro ejemplo de "castellanismo necesario", expresión que tomo de Juan Ramón.



(ambas fotos están tomadas por mí en Reikiavik)