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jueves, 20 de octubre de 2011

Madrid en gris (capítulo octavo)




( del álbum familiar )

Escucho hoy un viejo disco de Alfredo Zitarrosa, el poeta y cantautor uru­guayo. Anoto aquí dos de sus pequeños y tímidos versos: en una de sus milongas, el estribillo dice: “y otra vez vuelvo a buscar por el ayer lo que nunca volverá”. También me ha susu­rrado Zitarrosa: “por esa misma cuesta marchó mi vida y mis años perdidos son mis heridas”.

Pienso si no es justamente eso lo que estoy haciendo en los últimos tiempos al escribir cuentos de infancia y de niñez. La nostalgia, la añoranza, y la melancolía del ayer, unidos a la llu­via gélida que no ceja de caer sobre un amor reciente y doliente, hacen que vuelva y vuelva hacia amarillos tiempos perdidos. En radio hispana FM, emisora hecha por y para inmigrantes de origen su­damericano, suena un bolero que dice “no me duele lo que perdí, sino lo que perderé”. ¡Qué jodido optimismo!

Hace un tiempo mi her­mano mayor ingresó, malamente enfermo, en el hospital de la Princesa de Madrid. En aquellas jornadas de preocupación y de familia he reflexionado, cosa que no había hecho nunca por ignorancia, sobre el funcionamiento de las clínicas de la Seguridad Social en este país de mis pecados. Mi juicio global de esta experiencia familiar con feliz final es favorable. A pesar de sus muchas imperfecciones, el sis­tema sanitario público funciona. Sorprendentemente, añadiría.

La circunstancia de que en una misma habitación convivan durante días enfermos de distinto origen y costumbres es enormemente compleja y aleccionadora. Los primeros días de estancia mi hermano tuvo como compañero de habitación a un hombre de cincuenta y tantos años con proble­mas cardíacos. Este buen hombre, de apariencia gitana, había recibido un tras­plante de médula espinal quince años atrás. Su mujer, gorda oronda y sonriente, alimentaba al enfermo con callos a la madrileña para almorzar y con fabada astu­riana para cenar, acompañados en ambos casos de oloroso chorizo.


An­teayer fue ingresado, en la misma habitación que mi hermano, un rumano que enseguida me contó que había tra­bajado de conductor de autobús en Bucarest. Sufría un infarto de corazón y el hombre me pidió ayuda para que la enfermera entendiera que necesitaba algún analgésico para calmar el dolor de sus rodi­llas, dañadas por la postura y el frío de su viejo oficio en su viejo país. No supe averiguar a qué se dedica en Madrid. Le acompañan su mujer y sus hijos. Son personas educadas y afables. Supongo que pensarán que España tiene una sanidad pública ejemplar.

Hoy escribo al filo de medianoche, después de un día agotador. Mi hermano primogénito está mucho mejor y quiero ahora rememorar cosas sueltas, que quizás tengan des­pués hilazón con el relato. O no, vaya usted a saber.

Atrás hablé de la cultura radiofónica que se escuchaba por los patios de mi hogar de Claudio Coello. He oído o imaginado una frase preciosa: “Viejas radios rezon­gan canciones”. Así lo recuerdo ahora.

Y ahora quiero recordar las tiendas favoritas de mi madre, todas ellas situadas siem­pre en el barrio, en nuestro barrio; Zorrilla, Zornoza, Fémina, ellas tres en la calle de Se­rrano. La Lencería Ideal estaba en Hermosilla nº 12. Las señoras de aquel entonces eran atendidas sentadas en cómodas sillas situadas detrás del mostrador, puesto que ir de compras era significaba “echar la tarde”. A mamá le gustaba la tienda Mily o Milly, que no estoy seguro, también en Serrano. Su iglesia favorita era la del Cristo de la Salud de la calle de Ayala, cerca de Embassy. No iba, por contra, a la parroqia de los Car­melitas, también en Ayala pero más allá del cruce con Velázquez.


Cuando tocaba dentista nos llevaba al doctor Codina, en Castellana núm. 12, hombre sabio con espejuelos sobre la nariz que preparaba los empastes para nuestras caries infantiles en un mortero en el que molía una amalgama con plata y mercurio y otros metales pesados y tóxicos. Afortunadamente, en mi caso, debían de tratarse de muelas de leche, porque no me queda ni rastro de tal práctica odontológica. Después del sillón del dentista era rito la me­rienda en Yago, donde yo pedía invariablemente un sandwich de jamón y queso, un batido de fresa y unas tortitas con nata y caramelo. En Castellana 12 vivía fa familia Wais y Piñeyro, rubios y de ojos claros.

Echo de menos a personajes como Vicente, el barman de la Yago, pequeña y esmerada cafetería que estaba en Goya, al otro lado del portal de la farmacia Bagazgoitia. O como los hermanos Pedro y Jesús, colchoneros, cuyos descendientes aún regentan igual comercio en el mismo local y con el mismo nombre. Partidas de póquer interesantes jugué, ya universitario, en la trastienda de la colchonería. Tampoco olvido otros lugares, en este caso fuera del barrio, como la Sas­trería Espada en la calle Caballero de Gracia, donde Don Lucas, el sastre, nos cosía trajes desde pequeños, bien cortados y con buenos tejidos. En la misma calle de Caballero de Gracia, muy cerquita de la avenida de José Antonio, estaba la Casa del Niño, especializada en ropa de niñas, adonde acudían mis hermanas. No sé si me confundo con otro comercio que se llamaba El Bebé Inglés, pienso que no. De mayores, las chicas de mi familia se vestían en Cebra.

Se me escapaba una entrañable tienda en Serrano, donde hoy florecen los comercios más lujosos de Madrid, en competen­cia con los de la calle Lista. Me refiero a Gallinópolis, granja que vendía polluelos de gallina. Era precioso ver los criaderos de piantes pollitos, con sus lámparas rojas que les daban calor. Ni que decir tiene que los hermanos nunca conseguimos llevar a Claudio Coello 38 un pollito. Ya sabéis, que­ridas lectoras, lo de “mi familia y otros animales”. Los Torres Rojas no admiten en sus casas animales que les hagan la competencia. 

Vuelve a mí la carencia y querencia de la yaya. Sagrario Ramírez Ra­mos estaba en Claudio Coello antes que yo llegara al mundo. Su presencia estoica de mujer entera llenó mi niñez. La yaya nos cui­daba con cariño y rigor, fruto de una reciedumbre de espíritu más que de ningún estudio, que no tenía. A veces intentaba leernos noticias del periódico, supongo que del YA, el diario de la Edito­rial Católica al que estaba suscrito mi padre. El Marca se com­praba en el quiosco y por la noche se subía el Informaciones, diario de la tarde. Pero la única suscripción fija era al YA. Nunca el ABC. La yaya empezó un día la dificultosa lectura de la noticia de un crimen, sílaba a sílaba, moviendo mucho los labios para pronunciar: “embarcó en Ávila...”. Yo caí en la cuenta de que en Ávila no hay mar ni barcos, y que las metáforas no pegan en la sección de sucesos de un periódico. Debía tratarse de un pueblo, el co­nocido como Barco de Ávila. Así lo comprobé y así lo fue.

No hay manera, ni humana ni divina, de agradecer a la yaya lo que hizo por todos nosotros, hermanos y madre y incluída. Su Emiliano, primer y único novio que tuvo, era miliciano y huyó por Perpiñán a Francia en el éxodo masivo que provocó la victoria del ejército nacional. Sagrario, a veces, lloraba en silencio. No volvió a mirar a ningún otro hombre pues siempre le guardó ausencia. Su fidelidad al novio republicano, a mi madre y a Claudio Coello 38, donde murió, fue sencillamente estremece­dora y su recuerdo imborrable. Alguien dijo que “hay olvidos que queman y recuerdos que engrandecen”.