Me acodé en la barra a tiempo de presenciar la llegada de un señor, con marcado acento mexicano, que se acomodó en una mesita cercana a mi banqueta de altas patas.
Escuché que el señor de allende los mares, entre otras viandas que no vienen a cuento, pidió unas gambas blancas y una botella de vino blanco de uva verdejo. Aprovecho la ocasión para expresar mi rechazo a la gran mayoría de los blancos con origen en la denominación de Rueda, que son buena parte de los caldos que se elaboran por esos pagos. De la uva verdejo no me gusta ni su aroma, excesivamente perfumado, ni su ácido paladar ni que te metan su vino, por narices, en todas y cada una de las barras de Madrid.
Terminado su yantar, oigo que el señor “mexiquense” (neologismo con función de gentilicio que ahora es usado con frecuencia en los periódicos de México), al proceder a pagar la cuenta, entabla un vivo debate con el camarero de turno.
Pego el oído y resumo para ustedes:
-En la carta se expresa “gambas blancas grandes 100 gramos…18 euros”; y en la cuenta pretenden ustedes cobrarme 36 euros por mis gambas ¿Cómo se explica este error?, pregunta el cliente.
El camarero responde:
-Pues…la cosa está bien clara. En la carta se explica que los 18 euros son por cada 100 gramos y usted ha consumido 200 gramos, que es lo que pesan las ocho gambas que integran una ración en este establecimiento.
Ahorro a ustedes, queridos lectores, el resto del forcejeo dialéctico, incluída la petición, no atendida, por parte del cliente, a fin de que compareciese el gerente del restaurante. Diré solamente que el señor se marchó enfurruñado, después de abonar la factura y de aseverar que no volvería jamás al restaurante Sanxenxo.
Balzac dijo que las barras de los bares son el Parlamento del pueblo. Y yo me erijo en juez y emito este veredicto, a manera de conclusiones de imparcial testigo:
Ambas partes, cliente y camarero, guardaron finalmente las formas, si bien incurrieron en riesgo cierto de perderlas.
El cliente ocasional insistió, quizás en exceso, en su reclamación.
Por el contrario, el camarero estuvo falto de tablas; hubiera quitado hierro a la situación alguna frase diplomática y convencional en hostelería; por ejemplo “lamento que la carta le haya inducido a error a usted” o “comunicaré a la Dirección su malestar”. Y, mejor aún, formular el clásico y balsámico ofrecimiento del tipo de “¿desea el señor tomar alguna copita de parte de la casa?”
Finalmente me pregunto y pregunto urbi et orbi: ¿es equitativo y razonable cobrar 36 euros por 8 gambas cocidas? ¿a cuántas pesetas sale cada gamba? ¿Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos?



