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miércoles, 8 de junio de 2011

Los Cipreses (capítulo segundo)



La casería, de regadío y con algunos marjales de secano para cereal, era labrada por el capataz de la finca, llamado Frasquito, con la ayuda de tantos jornaleros cuantos lo requirieran la estación y los cultivos. Su mujer, Ángeles, tenía un diente de oro y se ocupaba de tareas domésticas, que incluían amasar el salvado para las gallinas, recoger sus huevos y evitar que una perra mil leches por nombre Cuqui me mordiera más de la cuenta. Aún hoy día, cuando desayuno mi ración de cereales, me acuerdo de las gallinas de Los Cipreses.

En aquellos años, el trigo, la avena y la cebada se segaban a mano. La trilla se hacía con mulas, en eras preparadas a tal fin apisonando un rodal de tierra. La parva quedaba tendida en la era después de trillada y se aventaba con horcas para separar el grano de la paja. Luego se cernía aquél en cedazos. Algunas veces dormí en la era con los segadores. Tan exótica experiencia hace que no tenga en olvido dos nítidas vivencias. La primera es que las picaduras de mosquitos de una era de trillar son una buena pejiguera. La segunda, que las briznas de paja esparcidas al viento pican más que los mosquitos. Pero yo era feliz.

El ciclo del cultivo del cereal se cerraba en septiembre con la quema de los rastrojos. Tarea apasionante. Se elegía una tarde desventada y con rastrillos extendíamos el fuego estratégicamente por los cuatro costados de un haza. El olor a paja quemada me duraba días en el pelo. Por lo visto se siguen quemando rastrojos en zonas cerealeras de España y

continúa también la polémica sobre si tal práctica es beneficiosa o perniciosa para la capa 
fértil del suelo. Útil no lo sé, divertido mucho.


( la foto, tomada por mí, no corresponde al lugar ni al tiempo en que transcurre el relato, aunque guarde relación con ellos )