
La vida que llevábamos en Los Cipreses era anárquica. Mi padre siempre nos dejó libertad de horarios. Nos acostábamos a las dos o tres de la madrugada y nos levantábamos a mediodía. En raras ocasiones yo ponía el despertador para, al tiempo de salir el sol, cazar pajaritos con escopeta de aire comprimido. En la familia se consideraba el sueño sagrado. Dormir y soñar son preludios de la muerte. Y no se debe despertar, en vano, a un muerto. A un muerto futuro, en potencia. El emperador estoico escribió algo así como que "somos un alma que sostiene un cadáver". ¡Ele, qué alegría!
No había tareas obligatorias. Ni piscina o alberca apta para bañarse. Tampoco pista de tenis. Ni deberes del colegio, pues entre los hermanos no había suspensos, si dejamos aparte a José Ignacio, de quien mi padre sentenció que “no se regía por el sistema métrico decimal”. Los estudios de las hembras no contaban. Mi padre creía que estudiar era cosa de hombres. En el caso de mis tres hermanas la teoría de mi padre no ha producido “daños colaterales”. Las tres llevan una vida plena, “se han realizado” como se dice ,cursimente, ahora, y no han necesitado de título alguno. Pero dudo mucho de que hogaño semejante hipótesis paterna pueda sostenerse. Cosa distinta es que la vida de ahora demuestre cuán difícil resulta, injustamente, compaginar maternidad y ciertos trabajos profesionales competitivos a cara de perro.
Tan inexistentes eran las ocupaciones impuestas o programadas, que pasaron muchas vacaciones antes de que alguien me llevara a visitar la Alhambra. ¡Y yo que día sí y día también veía la fortaleza y palacio árabe perenne e imponente, debajo de las nieves perpetuas del Mulhacén y del Veleta, desde la hermosa y sonriente y enorme terraza de mi habitación!
Es verdad que una vez fui con mis padres al balneario de Lanjarón, pueblo de la Alpujarra de Granada en el que estudió mi madre de niña, en un internado donde coincidió con la hija de un amigo de mi padre, quien hizo gran fortuna con negocios de suministros de combustibles como arrendatario de Campsa. Doña Trini se casó, por aquello de que el dinero llama al dinero, con un hijo de un viejo banquero y minero asturiano. El viaje a Lanjarón fue un suplicio porque yo me mareo en coche y las curvas de la carretera eran muchas y de muchos grados. En algún sitio debe estar la foto de aquel viaje. En ella se ve a un crío ojeroso y pálido (pues la palidez también se aprecia en blanco y negro) al borde de infame carretera, arropado por el guardapolvos de Miguel el chófer, y con su gorra de plato bien calada y con pinta de haber vomitado tres minutos antes.
Tan inexistentes eran las ocupaciones impuestas o programadas, que pasaron muchas vacaciones antes de que alguien me llevara a visitar la Alhambra. ¡Y yo que día sí y día también veía la fortaleza y palacio árabe perenne e imponente, debajo de las nieves perpetuas del Mulhacén y del Veleta, desde la hermosa y sonriente y enorme terraza de mi habitación!
Es verdad que una vez fui con mis padres al balneario de Lanjarón, pueblo de la Alpujarra de Granada en el que estudió mi madre de niña, en un internado donde coincidió con la hija de un amigo de mi padre, quien hizo gran fortuna con negocios de suministros de combustibles como arrendatario de Campsa. Doña Trini se casó, por aquello de que el dinero llama al dinero, con un hijo de un viejo banquero y minero asturiano. El viaje a Lanjarón fue un suplicio porque yo me mareo en coche y las curvas de la carretera eran muchas y de muchos grados. En algún sitio debe estar la foto de aquel viaje. En ella se ve a un crío ojeroso y pálido (pues la palidez también se aprecia en blanco y negro) al borde de infame carretera, arropado por el guardapolvos de Miguel el chófer, y con su gorra de plato bien calada y con pinta de haber vomitado tres minutos antes.

