martes, 3 de junio de 2008

Los huesitos de mis ronquidos.




































Ella surgió del agua. Era Venus Afrodita rediviva emergiendo de la enorme bañera del pequeño apartamento de la calle de Goya. La belleza me fue revelada. La vera efigie de la virtud.

Un hidrofoil propulsado por una turbina de amor. Sus ojos, su piel, que era su alma.
Sólo hay una mujer. La de siempre. La que conocí en la bolera americana de los bajos del cine Bilbao. Nunca he visto turbarse su luz suave de mujer serena. Como mil flores de gracia y hermosura ella contiene las diez mil apariencias. La manzana, la flor y la paloma.
De repente, se superpusieron en mi conciencia las dos capas transparentes del tiempo. Por eso yo, siendo entonces más joven que ella, tengo hoy mil años más que la diosa insondable.
Lucía un pequeñito grain de beauté en su omoplato izquierdo. Como una lunilla en agua de seda clara. Soy un hombre iluminado por la luna. Por mis cuatro costados. Al sur, mi origen. Al norte, mi destino. Al este, me inclino. Por el oeste, me escapo.
Y todo su cuerpo de mármol blanco y alabastro duro se perló de perlas blancas, como blanca floración. Cierva blanca, llama blanca, brisa blanca, nube blanca…
Clara. Mujer con cabellera de fuego de leña, nalgas de primavera y sexo de gladiolo. Violante.

Jueves 24 de junio 2004






Anoche fui testigo de una concatenación de acontecimientos miríficos.
En La Trainera me cuentan que el edificio de Lagasca número 53 está sometido a un expediente de declaración de ruina, cuyo detonante final fue la caída, a plomo, de una señora que vive en el primer piso, cuando estaba sentada en la taza del retrete. No se sabe si para aguas mayores o menores. Testigos presenciales aseguran que la dama, que pesa 140 kilos de los de báscula alemana, apareció, in púribus, encastrada en el inodoro en mitad de la Droguería Ponce en ese momento atestada de clientes, por ser mediodía. Cayera por su propio peso o por la ley de la gravedad, es el caso que la vecina fue hospitalizada.
Despachada la cena, salgo del restaurante y héteme aquí que encuentro cortado el tráfico de la calle Lagasca por dos coches patrulla de la Policía Municipal, dos ambulancias del Samur tamaño king size y un camión de bomberos con largo brazo articulado. Muchos balcones abiertos en los edificios colindantes y una nube de vecinos curioseando.
Pregunto a Juan, el guardacoches, pues no huelo a chamusquina, ni veo desprendimientos de cornisas, inundaciones, terremotos u otros fenómenos. Me explica que la señora gorda está siendo ascendida hasta su piso, de vuelta del hospital, en una cubeta que remata el brazo del coche de bomberos. Me descoyunto de risa y me pierdo la parte final de la operación, esto es, cómo los esforzados bomberos consiguen introducir a la gorda por el balcón de su casa sin producir destrozos y sin intercesión de los dioses.
Este suceso desopilante, me lleva a salir en apoyo de un ilustre banquero, recientemente denostado por el establishment por pedir la muerte del estado del bienestar social. Me gustaría que el Ayuntamiento y/o la Comunidad de Madrid me rindieran cuentas del coste total de la curación y ascensión de la obesa de Lagasca, teniendo en cuenta que las horas nocturnas de los policías municipales, bomberos, y equipos del Samur deben ser extraordinarias. Exijo un informe detallado del Ministerio del Interior sobre si esta dedicación especial, de las fuerzas de seguridad del Estado y de los servicios de protección ciudadana al caso milagroso de la jamona de Lagasca, puso en riesgo a la población de la Villa de Madrid. Digo yo que si tal número de efectivos están dedicados a elevar a una gorda, será porque no están atendiendo a sus naturales obligaciones de evitar atracos, violaciones u otras menudencias.
Oséase, que si la gorda quiere seguir engordando, debe procurarse ayuda sobrenatural y no gastar dinero de los contribuyentes.
ZZZZZZ…

Un oficinista anduvo en malos pasos y se enredó en amoríos con una chica de alterne. Se llamaba Fructuoso y perdió familia y empleo además de sus ahorrillos.
Una madrugada despertó conturbado y, al tacto, notó que la moza de fortuna no estaba en la cama. Se levantó y leyó en el espejo, escrito con pintalabios y letra infantil de suripanta del pueblo, esta despedida: «bienvenido al club del sida».
El oficinista no tuvo valor para hacerse los análisis, pero sí para tirarse por la ventana del apartamento. Se quedó como un pajarito.

ZZZZZ....

La hetaira dudaba de los beneficios del agua doméstica: -¿ estás seguro de que es bueno para la salud bañarse tanto? No supe qué responder y continué al remojo en el gran piso del paseo de Zorrilla de Valladolid. Debía acudir a mi trabajo en el banco Ibérico, Claudio Moyano número 4, aseado y bancario.
En Valladolid, año 70, se podía trabajar, cazar una avutarda, cenar muy bien con un tercer año de Vega Sicilia y tomar copas con la valkiria que me regaló, dedicado como si lo hubiera escrito ella misma, L´Ecume des jours de Boris Vian. Todo ello en una sola jornada laboral.
No he vuelto a Valladolid. No he vuelto a Zaragoza. Ni a La Coruña. Llegas, vives, das órdenes, o te las dan, te preocupas, te nace, o no, un hijo y…te vas para no volver. Adiós Blas, comes y te vas.
En Valladolid los honestos burgueses se iban de putas a Palencia. Para corresponder, los barrigudos plutócratas de Palencia se desplazaban a fornicar a Valladolid. A mí me llevaron a un punto intermedio. Jamais vu. Ni en el burdel más decimonónico del litoral oriental de Venezuela. Fue una experiencia iluminadora.
Casi tanto como la del prostíbulo de un bello país centroamericano con la mujer más hermosa de Honduras, y del mundo. Cada habitación estaba decorada a su aire y época. Mazmorra medieval. Mil y una noches. Bélle époque. Grecia clásica. Roma imperial. Eran suites temáticas. Disfruté de dos, porque mi amigo de entonces y servidor hicimos un intercambio cultural con nuestras respectivas peliforras. Años sesenta.



Sheela me regalaba plantas que cuidaba primorosamente en su ático de la calle Ibiza. Siete pisos, a pata, escaleras arriba. Comíamos, nos besábamos y hacíamos la siesta. Desde su cama vislumbrábamos la capa del cielo de Madrid. Yo preguntaba si nos pasaba algo. Ella siempre decía:
− Nada.
Era pequeña, dulce y culta. Rubia, pecosa y con unos pechos sin vuelta de hoja. Mandaba reportajes a la BBC de Londres. Tenía un perro grande que vivía en El Retiro, como yo por entonces.
Nos gustaba comer en los restaurantes económicos que había en el barrio. Sólo nos intoxicamos una vez, y lo resolvimos con dieta de agua y limón.
Aquella siesta le hablé de otra mujer. Sheela me dijo:
− Tú no tienes por qué elegir.
La otra, que era Rita, era de otra opinión:
− Aclárate. O ella, o yo.
Le conté el asunto al otro ángulo de nuestro cuadrángulo, que era Marisa. Ella me miró en azul:
− No es tu problema. Es de ellas. Y mío.
Yo no sabía que también era un problema para Marisa, quien vino de un colegio de monjas de Cáceres a vivir Madrid la nuit. Tuvo sus días de gloria como modelo/actriz de anuncios y esas cosas. Luego pasó a la revista y a los cafés-cantantes, de ahí al topless, para terminar ganando buenos cuartos como cocotte de constructores y promotores.
Se compró un pisazo en un edificio rehabilitado en la calle Bárbara de Braganza y me despidió por teléfono diciendo que yo había sido su gran amor, pero que ya estaba bien de joder por el morro. Así, como suena. Y todo porque se había traído del pueblo a una sobrina, para servir de doncella en su casa, que estaba de toma pan y moja. La criatura dijo a su tía que yo la miraba en demasía. ¡Qué error, qué inmenso error!

En Madrid ya no falta agua, como sí pasaba en la posguerra. Sabido es que el agua la manda Dios, y en casa la da el alcalde. Yo no se vivir sin ella. En Caracas los aguaceros tropicales se llaman “palos de agua”. Un amigo murciano me dijo que a él las tormentas le “trascordaban”. A mí me gustan… si no me estropean mi cita con la mujer del funcionario.
La mujer del registrador va y me dice:
− ¿Por qué nunca me dices que me quieres?
Reflexiono:
− No lo sé.
Replica:
− ¿Por qué yo sí lo sé?
Mi turno:
− Por la misma razón que yo no lo sé. Por cierto, ¿por qué me has elegido a mí?
Responde:
− Porque quitas los bordes del pan del sándwich.
Hicimos el amor en un hotel de Versalles. ¡Qué lujo de agua! Las de las fontanas y las de Evian, Vittel y San Pellegrino. El agua embotellada es el vértice de la pirámide de nuestra civilización. Yo preferiría que socavara su base.
Con la registradora aterrizaron tiempos raros y dichosos, en que era bien visto sentir las cosas que uno quería y decirlas como uno las sentía. Más ¡ay! la llamarada se marchitó en un vuelo. La candela empezó a enfriarse en los jardines de Versalles, cuando me topé con una estatua de mármol de siete pies de alto, que era una representación casi exacta de la eterna belleza de Clara. Obra de un tal Edelink, estaba fechada en 1679 y esculpida a partir de unos bocetos del primer pintor de la corte del rey francés.
Volví a la calle de la Princesa número 3, al apartamento de Rita Barassi. Le cuento que lo de María Auxiliadora se ha terminado y me dice:
− Pues lo mío también, que mañana marcho a mi tierra. Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero: Córdoba, Argentina.


ZZZZZZ…


Antes de pasar por las armas a su marido, ella le soltó:
− Te quiero mucho.
Y le transportó al más allá con dos cartuchazos del doce; se puso su blusa pistacho, retocó rimel y colorete y se fue a tomar una copa al Teatriz.
El spleen, le cafard, l´ennui, el desgarramiento, la melancolía. El tedio de la vida, vaya. El que escribe, escribirá. Quien lee, seguramente lo hará. El noventa por ciento restante hace bien en abstenerse. El espectáculo debe continuar. También el aburrimiento.
La chica que cortó la hebra de la vida a su marido por camino tan derecho, apenas si conseguía dormir tres horas por noche. Y para ello tomaba, todo junto, un lexatín de 5 mg, un transilium y un orfidal.
Desde el día en que enviudó duerme dignamente nueve horitas, sin auxilio de la farmacopea.



En la pedanía llamada Lo-Pagán no había agua corriente, ni red de alcantarillado. El agua potable se almacenaba en un aljibe que no recogía aguas pluviales, sino que se llenaba con un camión-cuba. Las fecales vertían a una fosa séptica que era medianera con el aljibe.
Las otras aguas del aseo y lavado de ropa iban a dar a la mar, vía los correspondientes alba- ñales, situados enfrente de nuestra casita. Justo donde nos bañábamos en la mar salada.
Después de varias horas al remojo en el Mar Menor, nuestra higiene de niños se completaba, en barreños de agua tibia, calentada al sol por el cariño de mi tata y por los 45º centígrados propios del verano murciano.
Yo era un niño limpio, que olía a rosas del campo. No existían desodorantes, ni cremas con factor de protección solar. Por lo cual que yo he visto clavículas de hermanos sin piel ni carne.





Al aire libre el hueso, de puras quemazones.
Lo-Pagán, San Pedro del Pinatar, Murcia. Pantalón de baño Meyba. Jabón “Lagarto” para cabello y cuerpo. Te secaban al sol, como a las huevas de mújol, tesoro local que es manjar equiparable al caviar del Caspio, y tiene más colesterol que éste. ¿Quién sabía en 1950 de colesterol?
Luis II de Baviera estaba como una chota y se adelantó al mal gusto de Walt Disney. Sus palacios atraen hoy a millones de personas, que pagan sus entradas y consumen comida, refrescos y adquieren recuerdos. ¡Un visionario incomprendido! Una cabra de Cachemira produce doscientos gramos de lana de ídem por año. De noche todo se ve claro: escribir no lleva a parte alguna. Sólo es el placer de que a una letra siga otra letra, una palabra a otra palabra. Y así, sin planteamiento, ni nudo, ni desenlace.

A los siete años fui a cenar a la casa de los abuelos maternos, en la avenida de Calvo Sotelo número 12, Granada. En los escalones del portal dormía un gitanillo de mi edad, más o menos. La noche estival era fresca. Mi tía despertó al compañerito y le susurró:
− Vete a dormir caliente, que te va a sentar mal el frío de la piedra de mármol. Vas a coger algo en los pulmones.
Lo que no dijo mi tía Mª Luisa, era dónde coños podía el zagalico hacer noche.


En Almuñecar y en La Herradura los días son largos y calientes y perfumados. El cine al aire libre no era más que la pantalla encalada, las pipas de girasol y la gaseosa de tapón de loza con reborde de goma marrón y alambres.
Catherine revivía en aquel apartamento de Construcciones Pérez-López. Florecían las entretelas de su cuerpo. Cada hora, un deleite.
Yo me crié con agua del grifo. La Coca-Cola me cogió talludito. En la nevera de mi primera vida, había barras de hielo en su depósito; luego apareció el famoso frigidaire frimotor Westinghouse y ahora la cadena del frío no se rompe desde Groenlandia hasta mi congelador. Pero todo el pescado está parasitado por el anisakis.
Los climatólogos buscan respuesta a la desertización. Los casquetes polares desaparecen. Nunca me he sentido más perdido que en Islandia. Me salvó un cocinero granaíno que me propinaba ¡doce! cigalas por noche.
De seguir las cosas así volveré a mi aljibe primigenio. Me basta con que el agua me llegue a las tetillas. Siempre habrá algún galápago que me dé conversación.
Escribo bajo la luz de la luna llena. Por primera vez. Hacía tiempo que no hacía algo por primera vez. Luz de luna que hidrata mi alma. Soy yo: mucho pasado, poco presente, ningún futuro.
El jardín es agua cerrada, que corre cuando cantan las acequias. Unas alcayatas sujetan mi pasado entre las ruinas de mi inteligencia. Apenas. Oigo el mar. Está bravo. Me calma.





ZZZZZZ…



«Tengo el corazón a oscuras,
mi calle está sin faroles,
en cambio tu plazoleta
resplandece de hermosura ».
Estoy desnortado… El delfín no ha vuelto.
Las religiones reveladas son peligrosas. Prefiero las que se transmiten oralmente, sin libros sagrados. Busco la etimología de islam. Significa sumisión. Mi compañero pilarista JMª Aznar, en septiembre de 2006 y en Washington, dijo esta perla «…yo nunca he oído a ningún musulmán pedirme a mí disculpas por haber conquistado España…». Decido sentarme a la puerta de casa a ver si un fenicio, o un griego, o un romano, o un suevo, o un vándalo, o un alano me pide perdón y me da un ósculo de paz.
Señoras y señores: me acabo de quedar sin una gota de sangre en los bolsillos. Un sabio de la universidad de Oxford -Stephen Oppenheimer- va y me demuestra que los íberos del Norte de España son los principales ancestros de las actuales poblaciones británica e irlandesa. ¡Con lo mal que me viene ahorita ir al número 10 de Downing Street a pedir perdón al Tony Blair! ¡Vaya por Dios!
Con las tormentas los caracoles han salido al jardín. Mis perritas juegan con ellos y con los enormes sapos benéficos y rugosos.
El baño de la luna de anoche me ha dejado lunático “perdío”. Hasta nueve veces me desperté y ahí estaba la luna. Quiero ver ahora mismo “Le genou de Claire”. Será el regalo de la luna de agosto.

ZZZZZZ…


«Todas las mujeres son iguales. Sólo las diferencia su sentido moral» dice Röhmer. Las mujeres son territoriales. Los hombres cazadores o nómadas. No sé, yo me conformo con una esfera de libertad cada vez más reducida. Pero mantengo algunos principios. Encerrados en la caja negra de mi memoria.
Con palabras de buena crianza voy a poner una enmienda a Röhmer. Un neurocientífico por nombre Damasio, último premio de investigación Príncipe de Asturias -revista Nature- demuestra que el sentido, el juicio moral, depende, muy mucho, de las emociones. Las personas que tienen dañado el córtex prefrontal ventromedial tienen alteradas seriamente sus emociones -como la compasión, la vergüenza y la culpa- relacionadas con los valores morales. Y lo que es más curioso: la inteligencia, el razonamiento lógico y el conocimiento de las propias normas éticas son normales en esas personas. ¡Que si quieres arroz Catalina!
Aguda, estrecha, lisa, frágil, la rodilla de Clara. Ella tomó mi gesto de deseo como uno de consuelo.
He perdido la cuenta. De los días. Estoy fuera de tiempo. Ucrónico. Y de lugar. Utópico. Nunca he estado en fiestas abiertas. Sanfermines, Fallas, Feria de Sevilla, El Rocío. Jamás estaré, y no por agorafobia, sino porque no tienen meollo. Mi única obligación constitucional es seguir vivo. Más o menos. Nada ni nadie me obliga a leer prensa. Ni a ver televisión.
El mar ruge contra el cabecero de mi cama. Me oigo decir en sueños: «dale a Clara los huesitos de mis ronquidos». Mañana hará un día relindo.
Clara y Tao duermen en paz. Escribo sobre su falda fugitiva. A duerme y vela:
− ¿por qué te has vestido?, me preguntó.
− Creo que vas a dejarme y no quiero que me pilles en bata, replico.

ZZZZZ...
Las dunas de la playa atlántica me curan heridas de cuerpo y alma. Bayona es preciosa. Me he reconciliado con ella. No queda nadie en las dunas de l´océan.
Röhmer dice que «la mujer no es parte del mobiliario». Yo soy parte del engranaje de un invento absurdo y reciente. Hace pocos años no había oficinas. El trabajo se hacía al aire libre.
Cuidado con el pronombre personal de pri- mera persona. En la China imperial el carácter Ke, que significa “huésped”, se usaba también para señalar a la primera persona, al yo. Me gusta. Yo puedo ser mi propio huésped.
Vuelvo al Tao. A poquitines. Volver a casa era mi forma de decir «te quiero…», pero esa es otra historia; conocer la respuesta no es poseerla.


La rosaleda del Retiro ya no se riega con agua potable. Ahora se riega con agua reciclada y por goteo.
El agua cerrada no puede competir con un ciclón tropical. Pero puede ser más personal. Tal y como pasa en literatura. Un escritor lo es por su universo personal, no por el grado de consumo de sus libros. Nulla ethica sine aesthetica.
Escribo porque me da la realísima gana. ¡Ea! Algunos me tachan de esotérico. Otros, de hermético. Así es, si así os parece. Confieso que los secretos pueden ser revelados, porque nadie los cree. Con las mentiras es preciso ser muy cuidadoso, pues la gente tiende a creerlas. La mentira atrae. Es como el alcohol: siempre te estás recuperando.
La verdad secreta es como el agua cerrada. Abres el grifo y todo el mundo se lava sin dar importancia al hecho milagroso de que brote agua en un apartamento de un vigésimo primer piso en Murcia, donde no llueve desde el tiempo de los moros.
Si en la tertulia del bar del hotel Velázquez proclamo que he sido chofer de Marilyn Monroe, nadie me creerá. Por contra, todo el mundo encontrará natural que manifieste mi admiración por Alain Delon, a quien doblé en algunas escenas de la película “La piscina”.


ZZZZZZ…

Los republicanos USA quieren obligar a todo el mundo a vivir como ellos. No saben que los imperios caen y las costumbres permanecen. Hay esclavos que quieren parecerse a sus amos. Otros pensamos que del amo y del mulo, cuanto más lejos más seguro. Los presidentes de EEUU quieren que los americanos ahorren y paguen sus deudas…en la siguiente legislatura. Mientras tanto, que consuman para que crezca la economía y volver a ganar en las urnas semivacías.


Desde el boicot fraticida procuro pedir en los restaurantes de Madrid vino del Priorato, agua de Vichy Catalán y crema tostada de postre. Madrid, poblachón manchego lleno de palurdos y mequetrefes, odia a la periferia. En Venezuela, lo que no es Caracas, se llama “el interior” de la República.
En España, fuera de Madrid no hay salvación. Como si no tuviera su miga una buena ensalada de habas, la fideuá, la escalivada, el pan amb tumaca. ¡Visca l´Ampurdá!
En Claudio Coello 38 usaba sábanas mojadas en agua cerrada para bajar hasta el fondo del patio donde habitaba el pato.
Hace días que mi hermano muerto no me dice nada. Cuando vuelva le diré que me cuente todo, que no tengo prejuicios, que aceptaré el resultado de sus exploraciones.


ZZZZZZ…

¡Kiquiriquiiii! ¡Más canta el gallo que la perdiz! El hombre mayor se tiñó las canas para ver de lograr que su joven acompañante le tratase de primo, en vez de tío.
Es “La chica del atardecer”, de Dino Risi. El hombre mayor pregunta a su joven amante:
− ¿Quieres hacer el amor?
Ella responde:
− ¿Con quién?
Veo/oigo/leo: “Comizi d´amore”. Un documental de Pasolini hecho en 1964 sobre la sexualidad de los italianos en los años 60. Dice uno: −«como poeta he transgredido todas las normas. Como viejo sólo puedo obedecer la ley de la muerte».
El escritor cubano Senel Paz, guionista de la película “Fresa y chocolate”, cuenta que, cuando triunfó la revolución de Castro, se cerraron en Cuba los prostíbulos. Y añade «…y claro, los muchachos no sabían qué hacer y se beneficiaron las chivas. En el campo eso tiene una normalidad…».




El puticlub se llamaba “Húmedo”. Es casi un pleonasmo. Sería por las goteras, supongo.
Un amigo, zahorí radiestesista, se empeñó en que en aquel patio de nuestra vecindad de Claudio Coello había un gran manantial de aguas termomedicinales. Sostenía que bastaría con cavar unos pocos de metros para que brotara un chorro tan hermoso como rentable, pues daría para embotellar allí mismo mil doscientas cincuenta botellas de 0,75 centilitros cada hora.
Yo no tenía un duro, que mis ahorros estaban enterrados en el huerto inmediato. Peor aún, debía un pico por la última película que habíamos rodado en super 8mm. Yo había sido su productor, guionista y actor de carácter. Ganamos no se qué vaina de premio en el magno festival de Villaviciosa -¡qué nombrecito!- de Odón. Total, tenía más deudas que una puta en Cuaresma.
Mi amigo el zahorí era un optimista irredento, pues tenía el cromosoma de la risa floja. No veía yo cómo ni cuándo meter mano al patio, o a la cartera de algún palomo cojo. Mi menda conocía a un zurito apropiado para socio capitalista, pero venía de ser desplumado por Emilio el Moro en una partida de póquer sintético de recuerdo imborrable. Es real- mente desagradable hacerse pobre.

La gran partida comenzó el 22 de septiembre de mil novecientos tantos, fecha de mi cumpleaños. En la casa de campo de nuestra pequeña finca de Brunete. Participamos como puntos principales el Moro, la Mona, el Lupas, el Ron y un servidor.
En los días previos discutimos las condiciones técnicas del póquer, y la financiación y logística del encierro de aquel fin de semana. Como asunto de mayor cuantía se estudió si invitábamos o no a las mozas respectivas.
Recaudé a duras penas lo suficiente para comprar unos kilos de chuletitas de cordero, en el viejo mercado de la Paz. La parte espirituosa del asunto corría a mi cargo, puesto que el hijo del Ministro de Industria había mangado en su casa una caja de doce botellas de vodka polaco llamado Wyborowa -el del bisonte y una ramita de hierba en la botella-. Y me la había pasado a cambio del teléfono de una capulina.
La partida comenzaría a las 20 horas de un viernes y terminaría a las 24 horas del domingo siguiente. Cada tres horas un descanso de quince minutos, tiempo necesario y suficiente para visitar el cuarto del agua cerrada, darse un baño en la piscina de agua cerrada y/o hacerle arrumacos a su ninfa, en el bien entendido de que cada uno a su churriana.
A propósito de faldas. Después de largos debates, que hoy podríamos considerar de contenido altamente machista, se decidió, por un simple voto de diferencia, que fue el mío, que ellas vinieran. Como yo ponía la casa mi papeleta fue dirimente. Argumenté que la presencia femenina siempre es grata, que quedaría condicionada a su promesa de no mirar durante la partida y que ellas evitarían, si las cosas se complicaban, que saliéramos a tiros. No aludí a cuestiones sexuales, implícitas en mi larga exposición.
Antonio Ron se llevó a una chica que trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, en la calle General Mola casi esquina O´Donnell. El Moro y la Mona sendas novietas de su escuela de arquitectura. El Lupas, que era feísimo, se quedó in albis, como siempre, y yo contribuí con la presencia arrebatadora de una australiana de tamaño natural. La había conocido en una cervecería -the lion red- de la calle Hurtado de Mendoza. Trabajaba de camarera para pagar sus estudios en España. Vivía en un apartamento a la vuelta de la esquina, al lado de donde hoy mi maestro oriental tiene su clínica. El pub sigue existiendo. Ella era un poco “frigidaire”.
Como me estoy cansando de tanto detalle diré que no hubo muertos ni heridos graves, que terminamos todo el vodka y todas las chuletitas, que yo me quedé all square, y que el palomo zurito perdió un platal. Incluso hubo de firmar dos pagarés y dar en prenda su abrigo de paño inglés con cuello de astracán ruso.
La madrugada en que finalizó la partida, el Ron y yo esperamos a que se hiciera de día para ir al hipódromo de la Zarzuela a ver los entrenamientos. Teníamos mucha fe en un caballo que se llamaba Maspalomas, propiedad del Marqués de la Florida.
Pero aquel otoño ardían las pérdidas, que diría Gamoneda, maestro.


ZZZZZZ…


Miércoles 30 de junio de 2004


Vuelvo al lápiz y papel. Escribo en el vuelo IB‑3882 que me lleva a Atenas. Atracaré a las mil y monas, pues a la horita de retraso debo sumar otra más por el local time de Atenas.
He sido testigo, auditivo y olfativo, de un comportamiento que todo lo dice sobre el paisanaje que nos circunda. En Barajas entro en los servicios antes llamados de caballeros y ahora identificados con el ideograma de un hombre asexuado. Sólo hay ocupada una cabina de retrete, de una larga ristra de ellas, vacías todas. Mientras me lavo las manos, suena el móvil del hombre sentado en el trono. Atiende la llamada y conversa a voz en grito entre cuescos y retortijones de las tripas. ¿Se puede cagarrutear y hablar al unísono? Se puede, se puede...
Leo en El País que la primera palabra que el hombre pronunció fue “no”. Seguro estoy. Si me hubieran consultado los científicos, les habría ahorrado años de esfuerzos. Enrique, Bea y Lourdes me lo enseñaron hace tiempo.
El pasado fin de semana estuve en Chiberta -Anglet, Francia- a veintidós grados de humana temperatura. Clarita jugó tanto y tanto en la playa, buscando las piedras planas que yo hacía botar en la lámina de agua que lame la orilla de áureas arenas, que terminó con las almohadillas de manos y pies rozadas y agrietadas. La curamos con aloe vera cien por cien puro. ¡Mano de santo, oiga!
Al llegar a Madrid, en el avión de Hondarribia, sufrí el infierno del Dante. Aparcó el aparato en un secarral cerca de donde no hay más aeropuerto. Me bajaron por la trasera de la aeronave, cuyas turbinas de cola echaban fuego líquido sobre mí y otros condenados por la cosa del cuerpo místico. El bus está recalentado por el sol de la terrible estepa castellana a 212º Fahrenheit. ¡Ay de mi dulce Aquitania!
Camino de Atenas manduco en la aeronave mi magra y sosa comida de dieta y me echo al coleto la botellita de aceite de oliva virgen extra Carbonell que me dona Iberia. ¡Gracias! Son 20 mililitros de aceite y no quiero desperdiciarlos chorreteando el plato. Para que se lo beba el lavavajillas, me lo trinco yo hocico abajo.
En Venecia hay un “psicópata cultural” que da martillazos a obras de arte hasta donde su brazo alcanza. Parece ser que el muy cabronazo elige bien y sabe mucho de escrituras sagradas. “Ataque a martillazos contra Venecia” intitula así El País. Hombre, tampoco conviene exagerar, que dijo Sara Montiel. La policía cree que es un hombre alto, porque un señor bajito no podría golpear con comodidad donde el vándalo lo hizo. ¿Y si se sube a la chepa de un colega? ¿Y si lleva una escalera plegable de IKEA?
Mañana tengo cita con mi amigo el banquero griego Demetrios Mantzounis. Nos mandamos mensajes electrónicos cada uno en nuestra lengua. Me divierte intentar descifrar el griego moderno.
Volamos al 78 por ciento de la velocidad del sonido. Son 2.500 kilómetros los que separan Madrid de Atenas y gastaremos 9.500 kilos de combustible, dice el Sr. Comandante de la nave.
Valencia- Palma- Cerdeña- Crotone- Keffalli-nia- Agrinion- Atenas. A treinta mil pies de altura.
Luna casi llena. El tinto Beronia crianza 2001 no está mal. El “joróscopo” de hoy me vaticina “mal talante”. ¿Qué puedo hacer contra la conjunción astral?
Los cefalópodos -del griego kefalí, cabeza y podos, pie-, son los invertebrados más inteligentes y grandes que se conocen. Lo dice el director de los museos científicos de A Coruña.
“Me se” olvidaba. Al subir al avión, sentado ya en mi seat, presencio una zaragata, muy bien llevada, por cierto, por la sobrecargo. Una señora fondona, intenta subir a bordo un chisme de gran volumen. La sobrecargo explica cortés y fríamente que no cabe. La gordinflona dice que es una nevera con ¡órganos vivos! ¡Conmoción! Examen de documentos. De órganos, “nasti”, que diría un chuleta. Se trata, finalmente, de una nevera con medicinas. Paso libre a la gorda y a sus drogas. Maldice por el pasillo: «que no se vea usted en situación como la mía...».
Recuerdo que de muchacho me impresionó la malaventura que oí a una gitana en Goya esquina Claudio Coello. La nieta de los faraones gritaba a un payo: «mal de ojo te dé Lucifer y así revientes como un sapo...».
Llevo casi tres horas en el avión. ¡Qué “hartura”! En el video de a bordo sale un documental sobre La Habana. Mi abuelo Valeriano trajo de la guerra de Cuba “las fiebres”, que al fin y a la postre le mataron. Sería la fiebre amarilla, digo yo. Quiero volver a Cuba.
La mitad del pasaje ha volado en una pura dormidera. Yo estoy ahora mucho más despierto que mañana a la hora de levantarme. La señora de a
côté tenía el pelo cardado y roncaba como un Messerschmitt.


ZZZZZZ… ZZZZZZ…



Atenas jueves 1 de julio de 2004

Escribo mientras ceno en el jardín del hotel Milton Athens. El restaurante se llama Milos −estia- torio− y me lo ha recomendado mi amigo Demetrios, que es un tío cabal. En la mañana fui a su despacho en el Alpha Bank y me colmó de regalitos olímpicos y atenciones.
Como quiera que los policías atenienses están en huelga, y el tráfico de “mírame y no me toques”, me acerca al hotel un mecánico del banco en una moto BMW más grande que el caballo del Espartero. Me enlacé al jinete bancario con ansiedad de amante porque, siendo ésta la tercera vez en mi vida que subía de paquete en una moto, no quería caer por tierra, como en las dos anteriores.
Un servidor, en su inocente desconocimiento de las leyes de la física, pensaba que el cometido del paquete era volcarse hacia el lado contrario al que se inclinaba el piloto, por la cosa de compensar las fuerzas centrífuga y centrípeta. Resultado: cuerpos a tierra, rodillas y codos escoriados y la promesa de no subir más nunca a un artefacto con motor y dos ruedas.
Noche griega. El camarero, en un castellano potable, me dice que aprendió nuestra lengua en la cama, con una argentina. Le digo que es el sistema más fácil y económico. Se queda pensativo. Luego, estrechado a preguntas, el mozo de comedor, bien plantado y guapito de cara, me confiesa que también aprendió así el francés y el alemán y el inglés; y nosotros, en España, sin hablar de verdad ninguna lengua viva.
Se oyen gritos atenienses. En este preciso momento Grecia se juega su pase a la final de la Eurocopa. ¡Allez la Grèce! La camarera greca me dice que su corazón late por el match de fútbol. ¡Qué des- perdicio! El camarero, medio macarra él, me cuenta que ha dejado a la argentina por una yankee, que fue modelo y está muy buena pero…que no tiene comunicación con ella después del acto… Se van mañana a San Francisco. ¡Que Dios les bendiga y se apiade de él! Ella no me preocupa. Primero, porque no la conozco y segundo, porque se lleva a su apolo a su tierra.
Más tiran dos tetas que dos carretas.
Un ciprés oculta el plenilunio. O ella se esconde tras el enhiesto árbol. Me obsequian con un vino dolcetto de Samos. ¡Qué agradable! Es de uva pasa, pero blanco. Subo al penthouse bar a rematar la noche. «Con un café con leche y una ensaimada, rematas una noche de cabaret» reza el tango.
En el ático ateniense la copa no es simétrica. El borde el vaso es más alto por un lado que por el otro. Amplifica los efectos etílicos. Camareros no hay. Están viendo el partido en minimalistas aparatos de TV. 0-0. ¡Allez la Grèce! Viene la prórroga. ¡Sait´on jamais!
El taoísmo sabe que la embriaguez te hace lú- cido, libre, sin peso. En China el vino es elixir de la inmortalidad. Un filósofo Zen escribió sobre la resaca. «Te parece que no te encuentras bien. Tienes la mente llena de “malas hierbas”. Si consigues no combatirlas ellas también pueden enriquecer tu camino hacia la luz».
Para mí que ese buen hombre quiso decir, traducido al lenguaje del funesto Occidente, que lo peor de la resaca no es la molestia física, sino la puñetera culpa. En resumen: cantidades industriales de té verde y de agua con limón y…buscar el lado espiritual del hecho de sentirte hecho unos zorros.
Me levanté de los manteles consolado y confortado. La luna griega es casi tan rotunda como en Murcia. El poderoso influjo de Afrodita… Marca un gol Grecia. El delirium tremens. Cohetes, bocinazos, abrazos colectivos. Me recojo en mi habitación -1006- y cierro bien puertas y compuertas. El sueño es una rosa, se dice en Persia.

Atenas viernes 2 de julio de 2004

Instalado en el main lobby del Hilton Athens bebo té verde y natural mineral water. En una hora marcharé al aeropuerto que se llama ahora “El Venizelos”.
La comida de trabajo de ayer se celebró en un comedor del hotel llamado Thalia. «Estas que me dictó rimas sonoras, culta sí aunque bucólica Thalía…». Cito de memoria. Par coeur. Mis colegas no sabían de la función protectora e inspiradora de la diosa griega sobre la poesía. Vamos, ni puñetera idea sobre quién era Thalía.
Las griegas han mejorado y muy mucho. Se ven hembras guapas por la calle. Antes, no. El hotel es fantástico. Servicio y cocina también. ¿Alguien da más? Si me pierdo en Atenas, me buscáis en el Hilton.
En consciente homenaje a mi señora esposa, acabo de hacer el acto más raro de mi vida. Siempre refunfuño de su manía de comprar posters en los viajes. Pues bien, acabo de comprar uno, con su canuto de cartón incluido. El reproche viene de que abulta mucho y es incómodo de transportar. Pues aquí me tienen, con un pedazo de póster/canuto que no se lo salta un galgo.

Domingo 4 de julio de 2004

Volver a Madrid, desde la capital del Ática, me llevó todo el día de ayer. Retraso en la salida, retraso en la escala en Barcelona. Llegué con un cansancio infinito, que me he quitado tendiendo la raspa once horitas.
Madrid está asqueroso. De calor, de sucie- dad callejera y de malas maneras. Rebajas en El Corte Inglés. No se puede salir a la calle. En la noche, la temperatura apenas desciende. Fachadas y asfalto guardan celosamente el calor acumulado por el día. Así cuerpos y almas hierven, incluso de madrugada. Siempre he pensado que en julio se asesina poco… ¿Qué podría hacerse para mejorar esa estadística?
Sólo desde la holganza y el aburrimiento, des- de el «no se qué hacer», puede surgir el acto creador. “El tiempo muerto y el vacío de sus horas” (Wang Wei, 1634-1711).

ZZZZZZ…

Le pregunto a mi hermano muerto por la eternidad y me dice que, hasta este momento, no dispone de datos suficientes. «Ha pasado poco tiempo aún», me dice. Y eso que murió el primero de marzo de mil novecientos noventa y nueve.
A ver si consigo transmitirle un diálogo que vengo de leer. Idan Segev, neurobiólogo, va y dice:
− «Dios es una invención del cerebro. Si yo fuera capaz de construir un robot con un cerebro tan complejo como el mío, seguro que creería en Dios».
Pasko Rakic, otro genio, le responde:
− «Muy probablemente, el robot pensaría que su constructor es Dios».
Las religiones monoteístas necesitan de la pulsión de la muerte. Y de la culpa. Es mejor renun- ciar aquí y ahora para asegurarse un más allá, te vienen a decir.
Sabemos que los animales no tienen religión, pero quizás sí alguna forma de paraíso. Se lo merecen por querernos y cuidar de nosotros, sus amos, con la fe del carbonero y la fidelidad de las antiguas mujeres.
Spinoza, panteísta él, imaginaba que si los animales crearan su Dios, lo inventarían a su imagen y semejanza: con grandes orejas para el de los asnos, una trompa para el de los elefantes y un aguijón para el de las abejas.

Conozco a un escritor de moda que oculta en su buche un secreto. El éxito proviene de que sabe escribir. En cambio ha olvidado leer. No es una figura literaria, sino que por mor de algún vericueto o circunvolución de su cerebro, sabe escribir que la letra “l” con la letra “a” componen el artículo “la”, pero, por contra, si agarra un periódico su mente no retiene que la “l” con la “a” forma el susodicho artículo “la”.
Siempre he pensado que los escritores deben leer poco para no contaminarse y para no desanimarse después de leer a Góngora, pongo por caso. Pero lo de mi amigo, el escritor que vende y vende, es aún más radical.
En la madrugada una emisora de radio francesa me cuenta que cerca de seiscientos millones de personas no saben leer ni escribir. No hay estadísticas sobre cuántas personas saben escribir, pero no leer.



Dubrovnik
Mi lumbago y yo viajamos a Croacia. En el hotel de Dubrovnik pregunto por la sala de reuniones. Me atiende una croata maravillosamente guapa. Por la terraza que da al mar pasea otra damisela preciosa. Hoy puede ser un gran día. ¡Duro con él! Asisto a una reunión del Comité Ejecutivo de la Federación Bancaria de la U.E.
Rally (Reino Unido) lleva la libreta Moleskine -un taccuino legendario- que yo compré en Vinçon, en modelo equivocado. En vez del ruled notebook me llevé el japanesse pocket album. Entra en juego una traductora que habla francés peor que yo; no se entiende un carajo.
En la habitación han dejado como regalito un Penkala, Budapest. Es el “lápiz mecánico” más antiguo del mundo (1911). Es precioso, pero no acierto a comprender su mecanismo que, por otra parte, parece escueto.
Navegan barquitos para turistas. De cascos elegantes, achatados, viejos.
Guido (Bélgica) no sabe hacer funcionar el micro. Que no le funciona el aparato, vamos. Sólo hay uno por banda. Y la mesa es enorme. Toma la palabra Mario Moreno Cantinflas (Cyprus. Chipre).
La isla de enfrente está cubierta de cipreses, pinos, olivos e higueras. De genistas que estallan de amarillo. Y de lentiscales
Observo a mis colegas y a otros animales. El polaco: Jerry Lewis; la francesa: la gorda se duerme; el irlandés: un peso pesado, la gran esperanza blanca; el islandés: se quita los zapatos y encima le pago el taxi; el danés: le ha dado “un aire”, se ha quedado horas con el brazo levantado y un boli en la mano -no pide la palabra, es un aire.
Ya es mañana, y hoy va de trabajo con los países asociados a la Unión Europea. Albania, Bulgaria, Rusia y otros. Rumania también. Mi colega rumano ha viajado once horas seguidas en bus. Supongo que tendría retrete. Es “clavaíto” a Ceaucescu. La chica búlgara tiene rasgos orientales y es estática como la Preysler. Hace bochorno, para compensar el frío de anoche durante la cena en una terraza al mar Adriático. Las voces de los cantores croatas eran preciosas, bien timbradas y con tonos que se doblaban y superponían.
He advertido a la asociación croata que me borre del programa náutico de mañana sábado. El “jodío” lumbago me dejará en tierra. No pienso mandar a mi espalda a luchar contra los elementos.
Trust and credibility. Todos los países presumimos de códigos de buenas prácticas, precisas legislaciones antiblanqueo, severas leyes y lindos códigos de buen gobierno. ¡Qué bonita es Barcelona, perla del Mediterráneo! ¡Y los pajaritos cantan y las nubes se levantan!
Independencia. Professional ethics. Competencia. ¡Viva España! ¡Transparency! Al grito de transparencia van y corren gruesas cortinas para oscurecer la sala de reuniones y que el grande italiano del norte, Zadra, nos proyecte unos gráficos. Y yo me quedo sin ver el mar y los barquitos venir por este brazo del Adriático.
Mi colega lituana, morena de pelo y muy clara de piel, tiene unas facciones correctas y proporcionadas. Cuando se ponga de pie observaré prudente y juiciosamente el resto. JF Pons, Francés que reniega de su origen español, sigue hurgando en su napia. Tiene vocación de ingeniero de minas. A mí me hubiera gustado ser catedrático de biomecánica vertebral en el departamento de quinesiología de la universidad de Waterloo. Y así tener tiempo de escribir un tratado contra los filósofos, los descreídos, los epicúreos, los peripatéticos y los estoicos. ¡Mecachis en diez!

Dubrovnik II

Anoche, de vuelta en el hotel, un enorme y viejo velero de dos palos y casco de madera estaba fondeado frente a mi habitación. No había luz en cubierta, ni música ni champagne, ni tías en paños menores.
Esta mañana abro el ojo y busco el barcote. Zarpado había ya.
Si los ricos y famosos que navegan en lujosos yates por el Adriático se acuestan cual chachalucas y se levantan como campesinos, ¿para qué coños quieren ser ricos y famosos? Los ricos, para cumplir su función social, deben ser holgazanes, lujuriosos y pantagrueles. Así reparten sus caudales.
La chica de Estonia coloca su ordenador personal a medio palmo de sus narices. Yo hago fotos al mar y a Dubrovnik con mi pequeña CANON compacta. Así llamada sin que yo sepa la razón. Mi compay croata es un monstruo de la palabra. Sabe todas las lenguas. “Idiomas y talentos” decían antes los rótulos de las carnicerías que vendían lenguas de reses y sesos de corderos.
Me hace raro oír a Mario Moreno Cantinflas disertar sobre las normas internacionales de contabilidad. ¡Qué discurso habría hecho el manito original!
Comparto mesa y buffet con los colegas turco y albanés. Los alimentos, bien gracias. La conversación genial. Ellos en inglés y yo en francés. ¿Fingíamos entendernos o lo hacíamos realmente por intercesión del Espíritu Santo?
Mi colega Ulla, de Suecia, me pregunta qué escribo con tanta unción. Le digo que preparo una importante reunión para el lunes. La ex-rusa blanca se ha escaqueado de la reunión de la mañana. Acabo de pillarla sudorosa y contenta, con compritas y paqueticos de souvenirs. Todos amamos las pellas, pero algunos las practicamos mejor que otros.

Lunes 31 de mayo de 2004

De nuevo en casa certifico que los vencejos de mi calle son más pequeños que los croatas. ¡Mis colegas creían que eran golondrinas! Si serán pendejos…
María, la austriaca, se lesionó una rodilla en la excursión adriática náutica. Lourdes y yo trajinamos por Dubrovnik. Por el lado soleado de cada calle. Vimos varias bodas en iglesias católicas. Curas y monjas, en las escalinatas, recibían a los novios engalanados con trajes regionales. En cuanto te descuidas cantan canciones con laúdes, mandolinas, bandurrias y acordeones. Cantan y beben.
¡Ah! Los cuatro casinos que hay en Croacia son de los hermanos Franco, gallegos ellos.
El director del casino del hotel Excelsior en Dubrovnik es de Murcia. Se come bien por allá. Verdura, ensaladas, pescado y pasta.
Me regaña un artesano local. Vende joyas y azabache. También prendas con granatitas. Reparo en una vitrina con monedas antiguas de la república de Dubrovnik. Preguntado por ellas, el dueño se puso muy digno y me dijo que hay cosas que no se venden, que llevaban seis generaciones en su familia y que había hecho prometer a su hijo que jamás las vendería. Yo sólo quería un recuerdo numismático y comparto con el dueño que el cariño verdadero ni se compra ni se vende.
En Madrid hace calor y yo tengo astenia, primaveral supongo. Me ha entrado la ”conformiá”, como dicen en Granada. Falta menos para agosto. Veo que las gentes normales no tienen nada de excepcional.

Noto que la edad apresura mis gustos y mis disgustos. Me queda menos tiempo de tener paciencia, y las personas, la mayoría, no me procuran materia de esperanza. Me refugio en mi escritura, que busca exactitud y economía. Pocas palabras para pocos lectores. Se precisan pacientes lectores que lean con sosiego.
Con la calma que yo perdí, rota en pedacitos, el día en que Clara me llamó desde la isla de La Reunión. En aquel entonces Clara era conservadora jefe de un enorme parque natural. Llamaba para invitarme a conocer su paraíso perdido y, de camino, para que asistiera a su boda, allí mismito, con mi rival francés.
Entre ruidos e interferencias grité a Clara: «recuerda que nunca es necesario decir que sí». Añadí: «¿y yo»? Clara respondió: «ya eres mayorcito y sabrás arreglártelas».
Clara había inventado un sistema para crear una capa de estructura vegetal encima de la tierra que está debajo del bosque. Se siembra soja que no se recoge y se deja pudrir. El invento ahorra plagas y el petróleo que mueve la maquinaria pesada. Luego la selva crece sin hongos ni otras calamidades, sobre la capa de las matas de soja podridas.
Resulta que mi vida había permanecido en el filo de una navaja biotecnológica. Y que había caído del lado tonto. Comprendí que los malos tiempos no habían hecho más que empezar.

Domingo 18 de abril de 2004
Madrugada

Con cierta desgana, leo en “El bandido” de Robert Walter -Siruela, 2004- que «el bandido era en el fondo un hombre de principios, pensaba de vez en cuando en cómo organizarse, esto es, en la manera de adaptarse, mal que bien, al orden de la sociedad».
Los bandidos son tiernos. A diferencia de nosotros los burgueses, que a menudo soñamos con la gran explosión del orden que nos constriñe, ellos anhelan ser queridos por la sociedad e invitados a los programas à l´eau de rose de la tele.
¿Quién es el guapo que se atreve a ordenar en su testamento este epitafio para su tumba?: «No creo nada. No temo nada. Soy libre».
¿Cumplirían nuestras queridas familias nuestra última voluntad? Por el contrario, el bandido-tipo desea una lápida con inscripción de este tenor: «Que Dios me perdone». En Ginebra, en el cementerio Plainpalais, la tumba de Borges tiene grabado, en sajón antiguo: «No tengo miedo». «And na forthdan ne».

La verdadera libertad es la del misántropo, sobre todo si está muerto.

ZZZZZZ…

Las lluvias de agosto han hecho florecer, en las hondonadas arenosas y médanos de oro del golf de Chiberta, al abrigo del mar y del salitre, macizos de diminutos claveles de color lila y de azucenas blancas.
La mezcla de olores de estas flores salvajes me transporta a mi niñez, a los veranos levantinos en la Dehesa de Campoamor, en cuyas dunas también nacían azucenas salvajes que embriagaban mis sentidos y exaltaban mi libertad provisional. Breve y dulce libertad.

¡Oh suave noche!
¡Oh calma venturosa!

Desde los tiempos antiguos me gustan las piedras semipreciosas. La tanzanita, piedra azul violeta de los guerreros Massai. La turquesa iraní que resguarda del mal de ojo, aumenta la sexualidad y protege corazón y arterias. ¡Ah!, y de la picadura del escorpión. El color de la turquesa es el celeste claro. La turmalina de Brasil. El olivino de Lanzarote. Cada piedra encarna a la persona que me la regaló.
Las granatitas de Dubrovnik. Los ópalos australianos. Los jacintos de Ceilán. El maravilloso jade de Guatemala. Desde La Antigua mandé a Clara mi corazón guardadito en una cajita de jade negro. Nunca me lo ha devuelto.
Colecciono piedras que pierdo luego. Tras- lados de casa, lugar y país. Divorcios. Incendios, terremotos, inundaciones, limpiezas generales de orden doméstico. Todo se confabula contra el coleccionista. También la muerte, que invita a los herederos del coleccionador a malvender de prisa y corriendo lo acopiado por el difunto. Cualquier almoneda vale.
Hace no tantos años tuve en mi mano un medallón de oro de gran porte. Tenía grabado el nombre de un excelentísimo ministro de Franco, en su condición de consejero del banco Exterior de España. Me lo vendía, a precio de gallina flaca, uno de los verduleros del mercado de mi barrio. No lo compré. Asco me dio. ¡Puf!

Recojo piñas en los bosques de pinos que Napoleón III ordenó plantar en Las Landas, para sanear pantanos y desecar marismas. En el invierno no y para que prendan bien en la chimenea los leños de haya, no hay mejor sistema que las piñas landesas. Huyo de las pastillas químicas de Carrefour.
En búsqueda televisiva de una película que tiene buena pinta, me detengo en un canal que no es. Un empresario va y dice que «lo hemos explicado por activo y por pasivo». Ya se nota que es empresario; probablemente de la construcción. Siempre se ha dicho “por activa y por pasiva”, supongo que refiriéndose a la manera de construir una oración y no al balance de una sociedad anónima. ¡Qué horror!
¡Maldición! El club del ladrillo entra en los consejos de administración de los bancos, dicen los papeles.
Mientras escribo a la hora en que la noche se resiste a dejar paso a las claritas del día, Tao me trae en su boca, indemne, a Jaime, el sapo que vive en nuestro jardín. Rescato a Jaime de las fauces de mi teckel, de pelo raso y de color negro y fuego, y obsequio al batracio con una ducha compensatoria con la manguera de la piscina.

ZZZZZZ…

Röhmer lleva razón: «Somos viejos cuando ya no sentimos la necesidad de seducir. Seducir por seducir…no importa cómo acabe…»
Clara, cuando estaba con un hombre, siempre mantenía la voluntad de preservar su soledad. Para mí lo peor ha sido, y es, aguantar a los que de ella se enamoran. Alguien, y tengo un sospechoso muy prometedor, ha corrido el rumor de que yo entiendo a fondo a Clara y que soy su único confidente. Por ello, y desde hace tiempo, nunca hablo de ella con nadie. Sólo conmigo mismo, cuando bebo. Ya no somos inocentes.
El amor será, es, efímero. Pero, en verdad, yo quiero a Violante desde Atapuerca.


En nuestra casita de Chiberta, desde el ventanal del salón, contemplo, en la casa del fondo del jardín, una bella figura de mujer reclinada en un diván rojo. Está embarazada y respira paz. Sonríe para sí misma.
En aquel entonces, visitando el Machu Pichu, Clara me confesó: «Nunca me ha gustado que los sentimientos interfieran demasiado en mis relaciones sexuales. El sexo es sexo. El amor, moral y costumbre. Y la libertad está por encima de todo. El sexo llega de cuando en cuando. La libertad está siempre conmigo».
Alguien dijo que ser fiel, es fingir que el tiempo no existe. A mí me sale más bien que ambos somos el tiempo que no existe.

En el hueco del día, vida tranquila. Sueños revueltos y pesadillas de amanecida. El cerebro navega solo, sin la hoja de cálculo ni las pautas que nos han sido impuestas desde pequeñitos.
El día es prosa. La noche poesía. Abro mi libro en el cielo estrellado.

Bruselas, viernes 7 de mayo de 2004

M. Pons, de Francia, continúa su afán de hacer pelotillas con los mocarros.
La gorda francesa, ex-rusa blanca, me mira fijamente. ¡Qué lástima que no sea la Casta o incluso la Deneuve! Veo un tío nuevo y feo en el sitio de UK Tiene su cara pegada a una gran nariz. La austriaca lleva un Jaeger-le-Coultre reverso con correa de acero. ¡Precioso!
Para la historia: he sido recibido con una ovación cerrada. La reunión en la sede de la Federación Bancaria de la UE, había transcurrido durante una hora y media sin luz, micros, ni traducción. Llego yo, directamente del aeropuerto, subo los seis pisos a pie, ya que tampoco hay ascensor, entro en la sala et voilà: ¡la luz se hace! Me he sentido como un pequeño dios creador.
Nicklaus, futuro presunto despedido, tiene cada vez más cara de nazi. Massemberg, también alemán pero más normal, si ello es posible, afirma que discutimos sobre una nebulosa. Desde hace 15 años, pienso yo.
¡Atiza Gorostiza!, la gorda ex-rusa se muerde las uñas con fruición. Tiene pelos de mujer gorda salvaje, como diría Guillermo Brown.
El llamado Director Financial Markets Policy del Ministry of Finance, Mr. Ter Haar, de Netherland, es joven y feo. Se le va el ojo izquierdo. O sea, que es bizcochete.
¿Será Nicklaus un sátiro? Celeste, su secretaria, es rubia y bella. Me temo que sufre de malos tratos. Celeste se parece a Jessica Lange. Un pavo que no identifico relaciona el resurgimiento del fraude fiscal con los atentados terroristas. Bien visto. Me he equivocado de tipo bisojo. El ojijunto es un asesor de la Federación. El tal Ter Haar es un holandés con pelos de loco. O de loca, quizás. Las dos Marías, austriaca y húngara, están dormidas. Mullen y Bömcke, durmiendo. Ya saben, no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.
Progresser a tout vapeur. No había oído la expresión. Me gusta más que “a toda máquina”.
Il faut essayer “d´accorder le violon entre eux”. Se refieren a los Estados Unidos y a las normas internacionales de contabilidad.
Pons no me cede el paso en el acceso al comedor. Además de sacamocos es tonto del culo. Quiere que apoye su candidatura a la Secretaría General de la Federación y no me hace la pelota. ¡Habráse visto!

Clara, entre mil afanes, es una reconocida ni- ponóloga con gran cartel en poesía haiku. Aquella tarde con viento forano, se esforzaba en que mis entendederas comprendieran el wu-wei del taoísmo:
«No es tan difícil», me decía con su voz adelgazada por la manga de viento. «Se trata de no hacer nada que no sea espontáneo…».
«Mira, en Japón sólo hay una regla moral: no alterar la armonía de nuestra propia mente, del propio cuerpo, de los seres animados o de las cosas inanimadas…» susurraba Clara.
Y seguía, con su acento de piel de hembra:
− «Escucha: "No dijeron palabra
el anfitrión, el invitado
ni el blanco crisantemo"»
Asentí, con ojos de lluvia.
Y añadió cimbreando su media voz: «el sol es sintoísta; la luna llena, budista; la roca, zen; el viento, animista; la montaña, sintoísta; el rocío, budista y así y así y así…».

Hoy, entre luces, en la línea del cielo que recorta la calle de Lista, una bandada de vencejos sobrevuela el edificio Beatriz. Será porque se barrunta ya la primavera. Una nube rosa se desmenuza en la brisa.

ZZZZZZ…

Mi padre, como todos, comía siempre en casa. Ahora, con la cosa del desarrollo económico y del trabajo a la americana, los profesionales almorzamos habitualmente fuera del hogar. Hay que atracarse a diario de ostras y bogavante para poder llevar las lentejas a casa.
Mi hermano muerto cree que yo nunca supe entender con normalidad sus sentires. Y que por eso yo soy el raro. Puede que lleve razón. También dice que escribir es anómalo y que aún lo es más defender a la banca, institución odiada urbi et orbi, al menos en los países católicos. Acusa:
− ¿Cuántos españoles escriben? ¿Cuántos defienden a la banca? Tú haces las dos cosas. ¿No estarás un poco “chalao”?.
Respondo usando su argumento favorito:
− Soy un profesional. Además, no hago las dos cosas juntas. No escribo literatura probancaria.
Mi hermano muerto era de los convencidos de que Montesquieu no identificó adecuadamente al cuarto poder, que no es la prensa sino la banca. Según él.
A la sazón, José Ignacio leía y creía fielmente a los periodistas a sueldo del banquero intervenido. Le dije a mi hermano:
− No te equivoques, la verdadera mafia de hoy en día no es la siciliana sino el mundo que gira alrededor del suelo urbanizable. Promotores-cons- tructores, concejales de urbanismo y los hombres del maletín.
Profeta que es uno.

Donde está mi hermano muerto no hay lágrimas ni gritos, al menos no como los de aquí. De vivo mi hermano muerto usaba colonia Aramis, que detesto. Y ropa interior de color, ahora de moda, antes algo hortera. Un precursor, vaya.
Yo no oigo bien a mi hermano muerto pero entiendo lo que quiere que cuente. Más o menos. Que siempre fue buen padre, cosa evidente, y que era un buen profesional. Pregunta lo mismo de siempre:
− ¿Qué dice la gente de mí?
La cuestión de qué se comentaba de él me la planteó en vida todos los días. Durante los años que compartimos el dormitorio más pequeño de Claudio Coello la preguntita me tenía harto. Cuando se fue a Canarias sólo podía formulármela las veces que charlábamos por teléfono. Se desquitó el mes de agosto que compartí con él en su primera casa tipo Rosebud. En Lanzarote, Caletón del Barranquillo. Insistía mañana, tarde y noche:
− ¿Qué se comenta de mí?
Tiene su miga que mi hermano muerto se preocupe por las cosas de esta vida, si bien es cierto que desconozco cómo es la otra. Igual sobra tiempo para eso y para todo lo demás. Ya veremos. De momento pienso que es mejor un mal pleito que un gran funeral.
En nuestro reencuentro en esferas distintas ofrezco a mi hermano el regalo de mi memoria, y me contesta:
− La memoria sigue en el cuerpo.
Circunvuelan mis pensamientos. Un escritor es un espía de sí mismo. Por eso yo espío a esa persona que vive en casa, escribe en mi mesa de caoba y duerme en mi cama. Igual sucede que cada alma habita en dos cuerpos. O que un cuerpo tiene dos espíritus.

Me miro al espejo. Veo una imagen que se parece más a mi hermano muerto que a mí. También si le observo en fotos. ¡Cada vez me parezco más a él! Era un hombre atractivo, me dice Elena. Yo creía que era más feo que yo. Remiro la foto de mi carnet del Colegio de Abogados. Es cierto. Me parezco más a mi hermano muerto que a mí mismo. ¿No será que yo soy arquitecto y él era abogado?
¿Bajo qué tierra quiero yo yacer? ¿Qué pasos querré entonces escuchar? ¿Qué tal una buena incineración? Total, lo que no va en lágrimas se va en suspiros.
Según escribo sobre mi hermano, siento que me observa menos. Me deja hacer. No corrige, no apostilla. Apenas me dicta cosas. ¿Quizás aprueba estas palabritas mansas? ¿O es que hay luz y belleza en el otro lado?
No quisiera entregarme a su merced. Mi querido hermano muerto era desconfiado y astuto. Presumía de astuto, de saber cuántas púas tiene un peine.
Por una vez, mi hermano muerto se portó co- mo un hombre confiado. El cuento lo cuento como me lo contaron.
Instalado mi hermano en Lanzarote consiguió plaza como arquitecto municipal en Arrecife. Vivía provisionalmente en Los Fariones y su estudio estaba en la capital de la isla. Mari Carmen, su secretaria de bello acento canario, estuvo a su lado desde aquellos primeros años isleños hasta que José Ignacio volvió a la península. Era comúnmente aceptado que Mari Carmen, soltera, estaba enamorada de mi hermano, a quien intentaba cuidar y proteger.
El segundo de a bordo era Domingo, aparejador o delineante. Las cosas marchaban viento en popa y mi hermano se convirtió en el arquitecto principal de la isla. Por ello no tardó mucho en producirse lo inevitable. Es decir, el choque de dos trenes expresos en mitad de un túnel. César Manrique versus mi hermano.
En la tertulia de Arrecife se empezó a comentar que Domingo perdía aceite. Los tertulianos, gente de orden como el señor notario, el cura párroco del lugar, el señor boticario, el señor registrador de la propiedad y otros ilustres fósiles, hicieron ver a mi hermano, con la indelicadeza propia de unos tiempos en que ser homosexual estaba dentro del Código Penal, que debía aclarar la situación. Mi hermano el que no está aquí, pero que no está sólo en mi memoria, luchaba por encontrar la manera precisa de abordar con Domingo tan cruda cuestión.
Un día de cielo panza de burra mi hermano, se tomó medio whisky John Haig con agua mineral Firgas y llamó a su despacho a Domingo.
Mi hermano:
− Domingo, perdóneme pues no sé cómo atacar un tema… Dicen que, de alguna manera, en fin, que en cierta medida, a Vd...., vamos a ver... ¿cómo lo diría yo?, bueno pues que...le gustan un poco los hombres.
Domingo responde:
− ¿Cómo un poco? Don José, me gustan a rabiar.
Mi hermano se portó estupendamente. Dio por zanjado el asunto y así lo comunicó en su tertulia.
ZZZZZZ…


Le digo a mi hermano:
− Una cosa es si existe o no “la otra vida”, y otra distinta es que todos queramos tener otra vida distinta, ¿mejor?, de la que llevamos.
Añado:
− Creemos tener derecho a una segunda oportunidad, pero ¿existe? En San Lucas se habla de espíritus y fantasmas. Pero Simón Díaz, el compositor venezolano, dice que no hay otra oportunidad. Caballo de gran sabana… Lázaro regresó del mundo de los muertos con la memoria perdida.
Espero respuesta. Mi hermano no la tiene o no me la da. Me deja solo. Como cuando murió.
En Canarias tuvo un criado que se llamaba Máximo y era de Sos del Rey Católico, provincia de Zaragoza. Fumaba puritos de las islas, sin parar y sin usar las manos. Guisaba con la tagarnina instalada en la comisura de los labios y la ceniza caía en la tortilla, que era lo único comestible que cocinaba.
Máximo era bajito y feo. De Lanzarote le convenía su estatus de puerto franco. Lo demás, clima incluido, no le gustaba. La carne era importada congelada. Todo era importado y congelado. Las europeas del Norte también eran importadas, pero no todas estaban congeladas.
¿Reflexionó mi hermano sobre las superestructuras de la religión y de la raza? ¿Había leído algo de Freud? ¿Por qué prefería valkirias a manchegas? ¿Por qué me acusó un día, a mí, de ser un play‑boy? ¿Qué le contó la chica suiza de mí? Después de aquella noche de amor y lujo en el Hotel Fénix , Jacqueline me dijo:
− Transpiro, toso y tengo fiebre. Soy una mujer como otra cualquiera.
Ella, que era la segunda o tercera mujer más bella del mundo. Del mundo por mí conocido. Lo cierto es que mi hermano me prohibió llamar a la chica suiza. A Jacqueline. Y yo, cuitadiño de mí, obedecí. Ni tan siquiera tuve tiempo para superar la gran prueba de una pareja: tirarte un pedo delante de ella.


Advertí a mi hermano muerto que en la banca tradicional existía la norma de no financiar ni minería ni inventos. Le entró por un oído y le salió por el otro.
Antes al contrario, mi hermano decidió comprar muchisísimo terreno en la parte más desértica de la isla, porque estaba lleno de klinker, elemento imprescindible para fabricar gres cemento portland. Supongo que perder dinero no perdió porque compró centenares de hectáreas. Tampoco sé si el famoso klinker llegó a extraerse. Yo pensaba que, al fin y a la postre, si aquello no funcionaba, se construirían torres en esas hectáreas perdidas de la mano de Dios.
Caigo en la cuenta de que mi padre también hizo sus pinitos en la minería, pues fue socio de unos amigos suyos, naturales de Cieza, que tenían minas de carbón por Puertollano. Las hulleras tenían los piadosos nombres de Santa Cristina y Santa Isabel.
Los últimos años de mi hermano difunto estuvieron dedicados a patentar en todo el mundo una cosa que, a fe mía, ya existía. O sea, que era un invento ya inventado.
Su ocurrencia se llamaba Girex, artefacto que, a la pata de la llana, consiste en algo que gira permanentemente sin necesidad de ser enchufado a la corriente eléctrica. El aparatico, que José Ignacio presentaba revestido de piedras duras de esas que venden los indios en Canarias, -amatista, cuarzo, ónice-, giraba sin parar porque acumulaba energía en un pequeñito panel de celdillas fotovoltaicas. O lo que fueran o fuesen.
Se cabreó conmigo cuando le dije que nunca Vuitton pondría en su escaparate un bolso girando como planeta necio, o borrico de noria. Entre otras cosas, porque dar vueltas sin parar es cansado y marea.
Viajó mi hermano muerto de acá para allá contratando bufetes de abogados para que registrasen su invento. Así lo hizo, o lo intentó, en Estados Unidos, en Brasil y en varios países de Europa, Suiza incluida. En Brasil se compró uno o dos pisos en la playa de Copacabana. Cuando me dijo que se había comprado apartamentos en Brasil, entendí que era en la avenida de Brasil del madrileño barrio de Chamartín. Pero no, los inmuebles radicaban en la República Federativa de Brasil. Normal.


En Caracas José Ignacio salió a cenar con una chica venezolana amiga de unos amigos. Volvió contento.
Contó que era una mujer muy interesante porque sabía artes marciales y llevaba en su bolso un artilugio metálico que se encaja entre los dedos de una mano y, si aciertas a atizarle al agresor, le tienen que dar la incapacidad laboral permanente. No me comentó ningún otro aspecto de la personalidad física o química de la chica en cuestión. Lo que apreció de ella es la seguridad de poder disfrutar de la noche de Caracas, ciudad conflictiva donde las haya.
Durante nuestra etapa universitaria, mi her- mano jamás comentó la situación de la España franquista. En los años siguientes tampoco conocí su pensamiento político, aunque hay datos. El primero es que fue concejal del Ayuntamiento de Lanzarote, unas veces por algún partido local y otras por alguno nacional, siempre a la derecha. Me parece que nunca compraba El País. O sea, que de izquierdas no era. ¡Naturaca Paca!


Viajo a Granada para asistir a una boda. Me llama la atención la belleza de las crías de mis primas. Ganan a los varones en galanura, en inteligencia y, frecuentemente, en estatura.
Me preguntan con insistencia por Clara y yo les enseño las fotografías de Clarita, mi queridísima jack russell. Una de ellas, con picardía, me dice que algunos rasgos de Clara son míos. Pero quiere saber más. Quieren ver a Clara representada como abuela. O sea, que escriba sobre la Clara de hoy.
No puedo asegurar cómo serán las personas de mis próximos relatos. De momento a mí quien se me aparece, con sus nuevos rasgos, que yo creía míos, es mi hermano José Ignacio, y a él debo mi escritura de estos días. Mi hermano murió pensando que no le ayudamos lo suficiente. Es posible. Pero no se dejaba.
Estoy en el hotel Alhambra Palace. En la cena de celebración del matrimonio comparto mesa y mantel con señoras leídas y escribidas. A la altura de la lubina al hinojo va una de ellas y me suelta un sermón sobre cómo llegar a la fe a través del conocimiento. Me porté muy bien y no quise hablar del encarnizamiento de la escolástica contra la ciencia y la razón moderna. Heráclito, con su preocupación naturalista, no recurre a una divinidad para explicar los fenómenos naturales. Hegel, en su “Diario por los Alpes de Berna”, recuerda a Heráclito: “esto es así”.
Cambié de conversación piropeando a la señora y haciéndole ver que había notado que su marido llevaba un precioso Pathek Philippe en la muñeca. La dama agradeció mi ayuda para salir de los laberintos del jardín del conocimiento que conduce a la fe. Me dijo, orgullosa, que el reloj se lo había regalado ella. Si vuelvo a ver a la señora que tiene un ce- rebro que tiene fe, igual voy y le explico un cuento japonés. El del hombre espiritual que se conecta con lo sagrado por medio de sus sentidos y no con la razón. Por cierto que los paganos creían en los dioses del campo. No eran ateos. Eran politeístas, que es otra vaina.
No sé qué piensa de Granada mi hermano muerto. Él, que fue el primer hermano que nació en Madrid, ¿está preñado, como yo, de un sentimiento de amor/odio hacia la tierra de nuestros padres y abuelos?
A mí me gusta la tierra de labranza tanto si es de pan llevar, como si es de vega. En la Granada de hoy ya no queda vega pues han sustituido los pimientos, habas y berenjenas por torres muy altas y muy requetefeas.
Me cuesta ir a Granada pues a ella llego melancólico, en ella me vuelvo iracundo, los recuerdos de mis muertos me persiguen y, dos o tres días después, tengo que salir de allí o hincar el pico.
− ¿A qué huele lo sagrado? pregunté al poeta haijin.
− Lo sagrado huele a este mundo, me contestó.

ZZZZZZ…


Domingo 6 de junio de 2004
Martín Amis (Oxford, 1949), en la feria del libro, dice que «cuando uno tiene una discusión con su padre, la mantiene toda la vida, incluso después de muerto (el padre)». ¡Qué verdad tan verdadera! Algo de eso hay en mis relatos de infancia.
Otro que viene a firmar al parque del Retiro, un italiano llamado Diego Marani (Ferrara 1959) va y dice otras certidumbres sin disputa. «Es más fácil cambiar de religión que de lengua». «Aprender un idioma extranjero es un acto de travestismo…la lengua nos construye…incluso físicamente…». Seguramente la crudeza del estilo de la escritora húngara Agata Kristof proviene de que, exiliada de su país, escribió su gran novela en francés, que no era su len- gua materna. “El gran cuaderno” se llama esa obra. Dura como la vida misma.
Al hilo de media noche rompe una tormenta por el sur. Clara tiembla. A Tao no le conmueve. Cuanto más valientes son los canes, más temen a los “elementos”, que dijo Felipe II, el rey que fastidió para siempre a la unión hispanolusitana. La capital, en Lisboa ¡puñemas! O como mal menor, en Barcelona. Elegir Madrid fue un insulto a la razón y a la geopolítica. Y a la lógica climática. La tormenta rola al este.
Muy bien Anthony Hopkins en la peli de Oliver Stone sobre Nixon (1995). Este era un liberal, comparado con el burro de Bush. Nixon siempre ter- minaba sus intervenciones ante los mass media con el latiguillo «Dios bendiga a América y bendiga a cada uno de nosotros». Ahora, los occidentales se quejan de que el Islam mezcla política y religión y que sus Estados son teocráticos. Caudillo de España por la gracia de Dios. Yo preferiría un presidente de gobierno Zen.
El calor y las calles mojadas en la madrugada me recuerdan a los exámenes de junio. ¡La manga riega que aquí no llega! Recomiendo a los estudiantes que hagan todas las trampas que puedan. Los estudios no sirven para nada. Sólo el título, y eso pa- ra el primer empleo.
Memorizar el pasado…memorizar lo que no es cierto o lo que quieres olvidar. La memoria es inevitable. Es un sino fatal. Es un fardo que llevo a cuestas. Tengo memoria a pesar mío. Se cuenta que Truman Capote retenía el noventa y cuatro por ciento de todas las conversaciones en que participaba.
Clarita tiembla otra vez. La tormenta ha vuelto, viene relampagueando y el lucero no amanece. A mi me da miedo su miedo. La abrazo y acaricio. Sigo escribiendo. Mi amigo Tito Fernández me da su clave: «Para enseñorearse del artificio de la elocuencia», según Cervantes escribió en La Galatea. No me gusta el artificio literario. No me convence.


Jueves 20 de mayo de 2004
Mañana
Esta mañanica los vencejos son de plata.
Desde mi balcón, reparo en que los inmigrantes se mueven más deprisa que nuestra gente. Será la necesidad. Mi calle huele a churros y porras.
Elementos más “resistivos”, dice un científico en la radio. Habla de nanotecnología. Pero no sabe que en castellano se dice resistentes. ¡Señor, Señor, qué cruz!

Jueves 20 de mayo de 2004
Noche

Oído en la rue camino de mi despacho. Una chica cuenta a dos amigas: «y le estaba chupando la p… al tío con el dolor de ovarios que tenía...». Reality show callejero.
En la calle Hermanos Miralles un ecuatoriano dice a una señora: «en casa me falta un poquito de comprensión».
Se acerca la boda democrática del príncipe gigante en el país de los enanos. Un amigo invitado al evento tiene una sola preocupación. Duda si es protocolario llevar paraguas plegable en un bolsillo del chaqué. Le digo que es ocasión pintiparada para mojarse con hidalguía. ¡”Vamoshombre˝!

Sábado 22 de mayo de 2004
Tarde

¡Ya se han “casao”! La Leti con el príncipe gigante.
Calle Marqués de Villamagna al fondo veo unas “torretas”, que dicen en Murcia. Los altos y arrebolados nimbos de tormenta, están preciosamente dibujados en el cielo purificado por la tromba derramada sobre la catedral-pastiche.
El barrio de Salamanca odia este matrimonio morganático. Vallecas aplaude. No es difícil saber quién lleva razón. Voz del pueblo, voz del cielo.
La culminación de esta democratización de la familia real española sería como sigue. La Leti pare dos o tres retoños “espabilaos” con la nueva sangre. Años después, los todavía príncipes van y se divorcian en el juzgado correspondiente. La Iglesia se “chincha” porque el príncipe es un español más que usa la ley de Paco Ordóñez. Happy end: reinante Felipe, se casa ya cincuentón con una hija de la Paltrow, más guapa aún que la madre. ¡Ooolééé!
Carlos Fuentes acaba de terminar su libro “Contra Bush”. Es un diario de la presidencia de ese «salvaje, agresivo e ignorante». Lo dice el premio Cervantes y Príncipe de Asturias. En la entrevista cuenta que Clinton es un gran lector. Que lee hasta las dos de la madrugada. Y que Bush se acuesta a las 10 de la noche. Que es la hora de las gallinas.

Domingo 23 de mayo de 2004

Me arreglo con parsimonia. Escucho radio hispana FM. Programa “la hora del despecho”. Una ecuatoriana llama cabreada. Su consulado no tramitó su pasaporte a tiempo de acompañar a su padre en su tránsito de Guayaquil al otro barrio. Interrumpe la queja un anuncio de frutas importadas: plátano macho, tomate de árbol, yuca, mangos, “tremendos” zapotes, guayaba agria, papas chicas, lechozas. Bello.
Cuenta el locutor, colombiano, que entrevistó ayer, día de la boda del príncipe gigante, a unos mendigos de la Gran Vía. Y dice en buen castellano que «a los mendigos la boda principesca les jodió bastante el día…». Allá “bastante” es “mucho”. O “muchísimo”.
El único invitado que no se montó en el bus que transportaba a los convidados a la boda del siglo, desde la fea catedral al bonito palacio, fue el príncipe de Gales. A pie, bajo un “palo de agua”, protegido por un paraguas prestado y por él mismo sostenido. Me cae muy bien ese hombre. Igual se marea en autobús, como yo. Diana de Gales, era más simple que el mecanismo de un chupete. Fiel sólo a los bolsos de Hermès, principalmente al Kelly.

ZZZZZZ…


…Ni el pájaro más triste se lamenta;
el mar no se oye, el aire está parado.
(Anónimo S.XVII)

Lunes 7 de junio de 2004

Hay menos vencejos y los que hay vuelan tontilocos.
Los petardos son un mal endémico en España y, además, asustan a Clarita. En Argentina, desde la época de los atentados montoneros, están prohibidos. Tiramos cabras vivas desde los campanarios y matamos miles de toros al año, eso sí, después de torturarlos en los cosos. ¡Y glorificamos imágenes tan violentas!
Más bares hay por habitante que en cualquier lugar del mundo. Todo bar, antes de tener la licencia de apertura, luce ya la pegatina de “prohibido perros”. Se pueden llevar niños con toses y mocos cual monos aulladores que se persiguen entre estratos de cabezas de gambas, palillos de pinchar berberechos y conchas de mejillones al vapor. Se escupe en la calle encima de los vómitos de los litroneros menores de edad. En las farmacias escuchas, velis nolis, la retención de orina del ciudadano que te precede en la cola o los mareos que le producen las piedras de su ”visícula” al que te sigue. Sin embargo, tenemos las leyes más protectoras del honor y la intimidad, valores que no apreciamos. Cualquier hijo de vecino te puede describir minuciosamente su sarpullido en zona erógena.
Mi Clara y mi Tao son fieles, discretas y respetuosas con el deber de secreto bancario de su amo. Visto/oído ahora mismo al Gran Wyoming: «¿ejemplo de oración pasiva?: “ahora me toca a mí debajo”».

Martes 8 de junio de 2004

Un periódico dice que «en Madrid y alrededores cayeron ayer, en cuatro horas, cerca de cuatro mil rayos…». Albertito y Esperancita deberían tomar medidas. Por ejemplo, mandarme de vacaciones a mi casita de los Pirineos Atlánticos. Allí también caen rayos, pero es la tierra natal de mis dos perritas, hace menos calor, todo es más verde, hay mar y bosques y…a mí me importa poco el rollo político francés. Allí es más fácil eludir la política española, que es otro coñazo pero más desabrido y puertohurraqueño. Por el contrario, sigo con interés la política local de Anglet, enormemente respetuosa con el medio ambiente y evidencia que los impuestos que allí pago se gastan bien, en mejoras que mi familia y yo disfrutamos.
Veo/oigo una película muy buena en el canal+11. Se llama “Croupier”, 1998, Francia-Irlanda-Reino Unido-Alemania. Obligatoria para quien quiera saber algo del juego, sus probabilidades y la importancia de los números en nuestra vida. Y del alma humana.
Los ruidos que emiten los cuatro borrachos habituales del bar de enfrente, llamado “El puerto del Escudo”, suben hacia mí. No me incomodan. Comprendo su problema y tengo alternativas. Mi sueño no depende de ellos, sino de mis “cavernas interiores” -Sade-.




Viernes 11 de junio de 2004
Mañana


Dos días sine línea. Antes de coger el avión para Murcia dejo constancia de novedades albriciadas. La obra de la chimenea de la casa de Chiberta está felizmente concluida. Anteanoche canté dos bingos y una línea, los tres premios sin compartir con ninguna dama viciosa, bingueramente hablando. Gumer, medio año después, ha conseguido la funda del Volvo. Danielito, el de Suárez, me comunica que la correa de piel del Jaeger-le-Coultre ha arribado a puerto.
Luzco la condecoración de la orden de La Trainera, en su grado máximo. Cené anoche con Pedrito y con Andresito Casar. Hacienda, hace tres semanas, me devolvió lo mío. De Bélgica ha llegado volando una preciosa moneda de plata, homenaje a TINTÍN en su 75º aniversario. Desde febrero andaba tras ella. El catálogo sobre la obra de Liubov Popova, gentileza de la Juan March, es “difino”, con f, como pronuncian en Venezuela. El tronco del brasil trasplantado de casa a mi despacho está túrgido. Como pechos de silicona.
Anoche el dueño del restaurante La Trainera me enseñó su museo de pintura y escultura. Para acceder a la casa de los horrores cruzamos patios zarzueleros, subimos escaleras galdosianas, y franqueamos puertas arnicheanas. Las pinturas y esculturas me provocaron un hervor en la sangre que me quité con Absolut. Bebido, no por vía tópica. Don Miguel solicitó mi opinión sobre su venta y precio. Le aconsejé que done todo a una fundación para perpetuar su memoria. Se quedó pensativo. La fundación se podría llamar García‑Trainera y su dirección artística ser encomendada a Agatha Ruiz de la Prada, que tampoco es manca en cuestiones estéticas.
Júpiter protege mi signo. En resumen, todo lo importante va viento en popa. Naufraga lo accesorio: el orden político mundial, la moral social, la justicia, el derecho y la razón.


Viernes 11 de junio de 2004
Tarde


Escribo en el avión que me lleva a MU. El Cigala ha sido condenado por una falta de amenazas a una azafata. Entre otras lindezas dijo a la chica: «me cago en ti y en los de tu raza». El día de autos, El Cigala denunció que la azafata le había expulsado del avión «por motivos racistas». ¡Coño con Dieguito! Cantar, el gitano canta bien, pero de lógica anda chungo. Odia a las “payas”, pero no es racista.
Dice mi horóscopo para hoy: «Tres meses hol- gados le aguardan bajo el benévolo y protector beneplácito de la diosa Fortuna. Exprima los días y horas». ¡Toma Nati!
Aparece por la feria del libro el filósofo aleman Peter SloterDijk (Karlsruhe, 1947). Opina el cronista de El País que: «su estilo se define por su afán radical de evitar el tono de queja que caracteriza a la moderna filosofía. Y por su arrojo y energía». Bueno. Algo hay de eso. Mucho quejica. Se venden más calmantes que estimulantes. Supongo.
El Ayuntamiento de París prohíbe circular coches 4x4 durante los días o fases de polución elevada porque esos chismes contaminan más que los demás. «Los 4x4 no tienen nada que hacer en las ciudades», dice el teniente de alcalde de los Verdes franceses. Pienso igual. Me doblo de risa cuando veo la pastelería Mallorca de la calle Velázquez rodeada de BMW, Volvo, Range Rover o Porche Cayenne, todos 4x4. Probablemente son artefactos que nunca han pisado el campo.
Un collie alemán sabe 200 palabras. Recoge y elige el juguete que se le pide, de entre dos centenares de ellos. ¡Tráeme a Garfield! y hete aquí que lo trae, no al cerdito Babe. Clarita también lo hace. Y Tao está en ello. ¿Alguien piensa que Bush puede distinguir doscientas palabras? Yo solo le oigo decir strong, strong, strong. Es estólido sin saberlo.

Aeropuerto de San Javier. Murcia
Domingo 13 de junio de 2004


Llego al aeropuerto de la Academia General del Aire con gran antelación. Colas enormes de pasajeros. Vuelos a Birminghan, London STN, Dublín, Southampton, E. Midlands, London GT. Ingleses rubicundos en pantalones bermudas, con barrigas Guinness y la piel color cangrejo, por exposiciones al murciano sol. Hasta el borde, o más allá, del melanoma.
Me cuelo en la cola formada delante del mostrador que factura el vuelo IB‑8197 destino Madrid. El pavo del checking, cincuentón sobrepasado por la informática, teclea a duras penas el ordenador y me comunica que mi billete electrónico no ha servido para que figure en la lista de pasajeros. Insiste en que hay overbooking, en que él no puede hacer nada. Me voy a la oficina de Iberia, que está cerrada. Me dicen que el jefe está en la Aduana. Me salto una barrera de “no pasar” y a un agente privado de seguridad. Encuentro al jefe. Le conozco de muchos años y tantos vuelos, aunque sospecho que él no tiene ni puta idea de quién soy. Le digo que le encuentro rejuvenecido, delgado y con más pelo. Me invita a pasar a su oficina. Tampoco es ducho en las mañas informáticas. Pantalla va, pantalla viene. Diagnóstico: mi billete electrónico, con cargo a puntos de Iberia Plus, fue anulado. Solución: aunque el vuelo está completo y la lista de espera supera la treintena de personas, me emite una tarjeta de embarque, pagando, eso sí, un billete normal y corriente. Dejamos en tierra a un tal Sr. Rodríguez nosequé.
La breve estancia en Lo‑Pagán, sin Lourdes por vez primera en muchos años, me deja un sabor salobre en mis entretelas del alma. ¡Qué ruido, qué falta de modales, qué desprecio por la privacidad, por el reposo! Las conversaciones son a gritos y bruscos gestos. Bentleys, Porsches, Ferraris. Motos y aparatos de sonido mega‑bass atruenan el espacio aéreo. Tunning le llaman. Afortunadamente, una persona me salva las tertulias. Educada, culta y discreta. Vivió en La Habana del final de Batista y los primeros años de Castro. Mezcla de Isadora Duncan y Vanessa Redgrave.
A malas penas volveré. Y nunca en meses de calor, estruendo y focas humanas en porretas revolcándose en las charcas de los lodos.


ZZZZZZ…


Martes 15 de junio de 2004
Cerca de casa, a la hora en que los vencejos rasean a la altura de los rótulos de los comercios, los gemelos de mi pata derecha recibieron ayer el impacto de un huevecillo, no de vencejo, sino de gallina. Medio huevo fue a parar a la pernera derecha de mi pantalón y el otro medio a una señora que pasaba por allí. Mi pantalón al tinte, y la señora iracunda increpando al cielo. A mí me dio por pensar que yo también había hecho jaimitadas cuando niño.
Baker/Emme -Babelia del 12.VI.04- dice que «recordarlo todo es una forma de locura». Personalmente, aunque me esté mal el decirlo y mejorando a los presentes, yo no me creo loco por tener mucha memoria. Más me preocupa, y muy relativamente, el viejo dicho sobre la memoria y la inteligencia de los tontos. Es una cuchufleta de los que tienen memoria de grillo.



Martes 15 de junio de 2004
Tarde


A mediodía verdadero ha venido el mantenedor de mi acuario, que había sufrido gran mortandad de peces tropicales. Una vez saneado a fondo, hemos soltado 30 cariácidos cobre, conocidos por tetras cobre. Vienen del sureste de Brasil y alcanzan de adultos los 5 centímetros. Son peces de cardumen. El macho brilla en colores cobres, la hem- bra en plateado y es más “rechoncha”. Ésta última diferencia de género sin ningún afán peyorativo, pobrecitas mías. Son de carácter vivaz, alegre y pacífico. ¡Larga vida a los tetras cobre!
Vuelvo a Nicholson Baker, para traer el agua a mi molino de escribir: «Todo lo que se puede decir de manera abstracta sobre temas de gran trascendencia, como la belleza, el amor o la muerte, ya se ha dicho… Mi mundo narrativo se confina deliberadamente a la inmediatez de la vida cotidiana». Amén.
En llegando a casa, de recogida, oigo que una chica dice a su pareja: « ¿Y tú me hablas de mi madre? ¿Cómo te atreves? ¿Tú sabes cómo me trata a mí la tuya? Te lo diré yo, me trata como a una bicharraca».


ZZZZZZ…


Jueves 17 de junio de 2004
El calor vuelve. Aprieta y ahoga, no como Dios. Madrid alberga a nubes de catetos, ora autóctonos ora importados. Murcia es "pior". Allá cada cual hace “lo que "me" se viene en gana”. Y todos juntos aman el follón, el colesterol y el tabaco. Un zoco árabe es un lugar de recogimiento comparado con cualquier tambalillo murciano.
Veo un documental francés sobre la costumbre de algunas tribus del Amazonas y otras de la polinesia de comer las pulgas que parasitan a los humanos, empezando por las propias y siguiendo por las de sus hijos y demás parentela. Añade el documental que los árabes consideran que las pulgas tienen o atraen la baraka (suerte) y que el Corán prohíbe a los peregrinos a la Meca espulgarse los molestos parásitos chupadores de sangre. Entiendo más a los polinesios: al final se comen su propia sangre, o la del vecino, pero se quitan de encima al insecto”jodedor”. El árabe no come nada y sigue soportando la comezón. Me pica todo el cuerpo.


Viernes 18 de junio de 2004


Tarde
Todos los cursos, a estas alturas, son difíciles de rematar. El calor atocina la mente. Pasas, sin transición, de la conformidad al afogaramiento. Aumentan las enfermedades, reales o imaginarias. Las urgencias se colman. El músculo duerme, mas ¡ay! la ambición no descansa. Recupero la calma interior, ayer perdida sin motivo suficiente. ¡Que Oriente me asista!
Meriendo té blanco y yemas de espárragos heladas. El té blanco se prepara con agua hervida a 70 ú 80 grados, dejándose “infusionar” tres minutos. Para que las yemas de espárrago estén heladas basta con meter el tarro de cristal en la nevera. Recomiendo merendar así antes de cenar fuera de casa.


Sábado 19 de junio de 2004


A las tres de la tarde ha venido a casa un frutero andino. Educado y discreto, ha dejado la cocina llena de fruta tropical, traída del Anón Cubano. Me gusta la imagen y el olor de la fruta. A falta de un repartidor/a cubano, que sería lo adecuado, bueno es un ecuatoriano silencioso y cortés.
Escuchado en Francia por estos oídos míos que se ha de comer la tierra: «para ser tomates españoles, no están nada mal…».


ZZZZZZ…


Domingo 20 de junio de 2004
«Al verla con su amante los maté. A los dos. Por culpa de ese infame moriré». La hora del despecho de Radio hispana FM está hoy ”salvaje”. «El que peca y reza, empata». No sé quién lo ha dicho, pero tiene su médula. Otro: «no me digas que soy demasiado bueno para ti. Lo soy, pero no me lo digas».
El impulso de escribir surge de la infancia y del espacio, o espacios, en que aquélla transcurrió. Si no recuerdas nada de tu infancia, no veo cómo puedes escribir algo diferente de un comunicado de prensa o una crónica futbolera. Perdido estás si no conservas viva la memoria de la madre que te parió.
El pío-pío de los semáforos pro-ciegos apenas me deja oír al de los gorriones nuevos. ¿Por qué no baja el Excmo. Ayuntamiento el volumen del piar de los semáforos? Por lo menos de los de mi barrio-espacio-infancia. Además, una cosa es ser ciego, y otra, sordo.


Lunes 21 de junio de 2004


Refresca en el barrio y los vencejos de mi calle planean estratosféricos. ¿Hay pocos mosquitos o quieren picar alto, de tanto mirar los altos edificios?
Pasan por el TCM+ dos películas de la etapa americana de Fritz Lang. “Furia” y “La mujer de la ventana”. Edgar G. Robinson. Un tipo duro. «Un actor es un actor y un papel es un papel», decía. Mi parquísimo inglés me da para saber que window, en esta ocasión, no es “ventana”, sino “escaparate”. “Window dressing”, así se llama a lo que hacen los bancos con sus balances a fin de año: “efecto escaparate”.
Hace 25 años era fama que en el Banco P. se comía tipo convento. Comida austera. Verdura y pescado o carne a la plancha.
Por entonces los banqueros, en Zalacaín, Jockey o Horcher, se aperitiveaban con whisky con soda y bebían vino blanco con el pescado y tinto con la carne. Después del postre, tomaban café-café y be-bían cognac, armagnac o licor de pera Williams. Hoy comen en Jockey, que nunca en Zalacaín o Horcher, y piden comida sin grasa y sin sal. De aperitivo, el vino de la comida. Siempre tinto, también con el pescado. Copa, jamás. Hasta el punto que ya no pasan el precioso carro de los licores. Cigarrillos no fuma nadie. Puros habanos, algunos, los menos. Yo no fumo. Ni bebo nunca en las comidas de trabajo.
He almorzado en el Banco P. mejor que en Jockey. Coca light de aperitivo. Agua con limón natural en la comida, que ha consistido en un plato de judías verdes con espárragos trigueros y en una merlucita a la plancha. Todo sin sal. De postre piña natural marinada. Una taza de té y nada como pousse‑café. Un paseíto de Ortega y Gasset 29 a Velázquez 64‑66 y ¡hala! al Consejo General, que son tres días. Tres días y mil años con sus 365 noches. Que me den la licencia absoluta. Me apellido libertad.


ZZZZZZ…


Martes 22 de junio de 2004
Camino de la oficina veo que el Ayuntamiento de Madrid está podando los aligustres de mi calle que están en plena floración. Cuando yo era chico estas cosas se hacían antes de la llegada de la primavera, cuando la savia estaba adormecida. Hoy se poda entrado ya el verano. Los aligustres de mi calle tienen por nombre científico ligustrum japonicum. Será que son variedades manipuladas genéticamente, de manera que vienen preparadas para que la poda la decida el teniente de Alcalde y no la naturaleza.


Sábado 17 de febrero de 2007


Almuerzo en el mesón Casar con la tita Carmen. Me regaña porque escribo blandamente. «Así no vas a vender ni un libro» me amonesta. ¡Qué razón lleva!
Me cuenta que su marido, el Sr. Flores, recibió sepultura en el cementerio del Este, en la tumba de su familia. A los cuatro años de enterrado, los Flores vivos deciden que tienen que «reducir los restos» allí inhumados, porque alguno de ellos está a punto de “palmarla” y no hay sitio. La tita, viuda de Flores, se pone como una mapanare porque, en la exhumación, la osamenta de su difunto apareció muy entera. Ella lo atribuye a que lo enterró en el ataúd más caro del mercado, con su interior forrado de zinc.
Total, que el esqueleto del Sr. Flores fue convenientemente serrado para hacer sitio, en la tumba compartida, al pariente que estaba en cola para cruzar la laguna Estigia.


Martes 22 de junio 2004


Noche
Doy en la cuenta de por qué un ama de casa, que cuide de una familia de cuatro ó cinco miembros, canes incluidos, no puede tener una sola alteración negativa en los valores de sus análisis de sangre y orina.
Llevo una hora dando vueltas para preparar cena para mí solito. Advierto que la cena había sido prefabricada por mi santa. La hora se ha ido en calentar los alimentos en el microondas, buscar platos y cubiertos adecuados, enfriar bebida, abrir una lata de cerveza y un frasco de cristal con atún de almadraba. ¡Ah!, y me falta el postre. Y no hablo de recoger y fregar, que no lo hago.
Noticia de El País, sección Sociedad: “Los homínidos de Atapuerca de hace 350.000 años oían como los humanos actuales”. Discrepo. Es seguro que oían mejor. Que yo, desde luego. Un buen salvaje no tendría los tímpanos destrozados por el sonido tecno y el tráfico urbano.
Imagino este diálogo. La hembra de hace medio millón de años preguntó al macho: −«¿tan importante es el sexo?». El hombre medio humano contesta: «si, porque soy un puto cavernícola».

ZZZZZZ…


Miércoles 23 de junio de 2004
Esta mañana muy tempranico ya le estaban dando a la motosierra los arboricidas del Ayuntamiento. Oído en mi infancia en Granada: «a los niños hay que guiarlos derechicos desde chiquiticos, como a los arbolicos». ¿Cuándo nos dejarán de guiar y mutilar para ser libres? Yo estoy como un bonsái, bien podado y con mis extremidades retorcidas por alambres sociales, culturales y económicos. Y eso que soy un bonsái de lujo, con pedigrí y certificado de origen.
Manoli, la chica que limpia mi despacho, me pidió un relato de Claudio Coello 38, que había visto encima de mi mesa. Al cabo de unos días me felicita con énfasis y creo que convicción. Me ha dicho que el cuento «tiene golpes muy buenos».
Alguno de mis menguados lectores me dice que ese relato es entrañable, nostálgico. Justo Fernández me llama desde Tenerife: «yo no podría escribir así de mi niñez». Claro. Las pasaría putas, el hombre.
Persona importante y de gran criterio y gusto literario alaba mi estilo pero advierte distanciamiento y frialdad. Un amigo inteligente, de profesión arquitecto, cree que mi último relato es “ácido”. Vaya, vaya...
Agradezco humildemente todos los comentarios. El acto de escribir es higiénico. Como ésta, se practica en soledad. Sin embargo, no estaría bien llamarlo “vicio solitario”. Puede ser social. No tiene por qué ser practicado a hurtadillas. A mí me gusta escribir en restaurantes, mientras espero. Además, se puede rellenar cuartillas para intentar ayudar a los que sufren o, simplemente, lo pasan peor que uno.
«A ver si a mis 94 años me voy a poner enferma por primera vez…» me dice una querida anciana que nunca ha estado malita y ahora anda pachucha. Me lee con gusto, la muy coquetuela. No es lo mismo una pelota vieja, que una vieja en pelota, dijo un niño zangolotino. Le contesté que tampoco es lo mismo un tubérculo, que ver tu culo. Cosas de mi muchachez.

Jueves 24 de junio de 2004
15 horas

Película española de 1966 en el canal DCine español. Trabajan, y bien, José Suárez y Maruja Asquerino. Siento curiosidad por su pequeño trasfondo político, que me coge por sorpresa: hay-intercalados- breves diálogos en catalán. No se lo pienso decir a mis amigos ¡tantos! franquistas. Me dirían: ¡para que luego digas que era una dictadura!
El galán Suárez le dice a la Asquerino: −«anda, deja de dar la lata y vete a donde sea». Se trata de alejarla de la casa porque han llegado sus socios en un atraco bancario. Responde ella: −«para ir a donde sea hace falta dinero». Al tiempo, tiende la mano. Se despide y pregunta el chuleta de Suárez: −«¿a dónde vas?». Respuesta:−«al cine, a ver una de gansters». ¿Lo han cogido ustedes? Suárez le arrea un mamporro de los de antes de las leyes contra la denominada violencia de género. De pollito yo creía que los géneros clásicos eran el épico, el lírico y el dramático. A la zarzuela se le llamaba “género chico”. Ahora hay varones y varonas y personas y personos.
¡Arrea! sale una plaza de Barcelona con un montón de paisanos bailando la sardana. Y no era una demostración sindical del 1º de mayo, antes día de San José Obrero. ¡Este Franco tenía unas cosas! ¿No sería que él mismo confundía la libertad con el libertinaje?

Jueves 24 de junio de 2004

Noche
Veo “Lugares comunes” de Adolfo Aristaráin, que estrena el Canal+. ¡Es preciosa! Muestra la historia de un profesor de mediana edad, prejubilado a su pesar. Obligado por su magra economía, se muda al campo para cultivar lavanda y extraer su aceite para perfumes. El profesor escribe diariamente. Es hombre de letras. La voz en off me mece con sentencias y reflexiones justas. La casa de campo, o chacra, se llama “1789”, en tricolor pintada. Revolución, derechos humanos. Lindo, ché. El film es literario. Y a mí me gusta la literatura. Literatura dentro del cine. Y cine dentro de la literatura. Pero siempre con poca grasa, con poco artificio. Al grano.
Anoche un amigo/conocido, señorito y calavera, me dijo en serio que no quería vivir. Después de ser abierto en canal para hacer luz en sus arterias con varios bye‑pass, ha engordado 20 kilos, fuma mucho y bebe más. Relaciona su falta de voluntad para vivir ¡con la llegada de los rojos al gobierno! Así es la derecha de mi barrio. Irreductible. Sin más acá ni más allá.

ZZZZZZ…

Miércoles 7 de julio de 2004
Anteanoche vi la película documental de Oliver Stone sobre Fidel. Sin ánimo de ofender a nadie, pero con evidente riesgo de hacerlo, diré que el denostado reportaje a mí me ha gustado. Preguntado Fidel sobre el cine que había visto últimamente, destacó el trabajo de Gérard Depardieu en la película francesa “Vatel” dirigida por Roland Joffé que, situada su acción en la época de Luís XIV, trata de la preparación de un banquete de frutos del mar en el palacio de Condé, en Chantilly.
En el documental Fidel insiste mucho en el daño que el embargo y bloqueo americano a Cuba desde 1960 ha causado a su pueblo. Cuenta cosas interesantes y da su visión y versión de personajes como Kruschev, Nixon, Kennedy y papá Bush. Trata con respeto a Evita Duarte de Perón. A propósito de la reina de los descamisados argentinos diré que el banco Central de la República Argentina acaba de emitir unas monedas conmemorativas del 50º aniversario de su muerte que son preciosas.
También he conseguido y pagado otra moneda rememorativa emitida por la Monnaie Royale de Belgique, que homenajea a Hergé, creador del personaje Tintín en su 75º aniversario. Puesto que va de numismática terminaré de contar que mi colega danés me ha proporcionado dos monedas que el Nationalbank de Dinamarca ha acuñado con ocasión de la boda del príncipe Frederik.

Jueves 8 de julio de 2004

Me despierta la radio con un titular tremebundo: «dos niños presuntamente asesinados por su padre en Leganés». Se comprende que estas noticias deben ser manejadas con cuidado por la cosa de la presunción de inocencia. Distinto es que el periodista sea, una vez más, analfabeto. Los niños no han sido presuntamente asesinados, porque lamentablemente están muertos fehacientemente. Basta decir que el padre es el “presunto” asesino. Se me olvidaba el toque étnico. El padre es de raza gitana y la mujer paya.
Madrid respira. Accuweather promete dos o tres días más de suavidad. Tregua de temperatura. Así sea. No atino con película que valga la pena. Igual es mi desgana. “Spleen”. Mañana buscaré su significado exacto. También el de “serendipity”. ¡Qué largo y tedioso me está resultando este curso! Las horas pasan con lentitud profunda. Sin qué ni para qué.
En sueños, oigo mi voz que dice: «tiene que haber gente pensante y otra rodente». Viajo por el Sena en una barcaza, acompañado de Sartre y la Beauvoir.
Los economistas me ponen en borradores de trabajo vocablos/venablos: exportabilidad, anticiclicidad. Un amigo me aconseja: ¡déjalos! Si quitas aquéllas palabras, atacarán con otras. ¡Qué buen amigo y consejo! Desisto. Que pongan lo que quieran. «Ellos son negros y se entienden» decían en la Venezuela saudita. También: «tigre no come tigre».
Todos creemos que hay palabras de nuestras lenguas maternas no traducibles a otras. Hice la prueba con un amigo/banquero gallego. ”Saudade”. Propuse: añoranza, tristeza, melancolía, morriña. «No es eso, no es eso» me contesta mi amigo. Concedo. Pero...entonces diré que la poesía jamás es trasladable de lengua. Ni los sentimientos expresados con palabras, no con obras.
TV5monde. Tablillas sumerias de arcilla. Otras egipcias de marfil. Dicen que los ideogramas egipcios representan sonidos que nos llevan a conceptos/palabras. El desierto, el Nilo y barcas con vela latina. Como en el Mar Menor. Sólo un dios puede remediar el caos, dice en francés la voz del documental. O causarlo digo yo. Finalmente, los reyes/dioses egipcios también morían. Claro…
Sueño que evoluciono de demócrata genético a “demoácrata” cultural. Me gusta. Cada vez me contamino menos. Terminaré hablando sólo con mis perritas, que me quieren y exigen reciprocidad. Arvon, historiador del anarquismo, se convirtió al final de sus días al libertarismo, especie de ultraliberalismo. No tan lejos de Reagan.

ZZZZZZ…

Viernes 9 de julio de 2004
Hoy ya es mañana porque mañana ya es hoy. Escribo de madrugada, al correr de mi lápiz.
Cuando zagal, apareció en Claudio Coello otro de mi edad, sobrino de una tata. El chavalín se pasó una tarde “encabronado”, en un puro berrinche. El ambiente se tensaba por momentos. De pronto, el mocoso va y para de gritar. Ingenuo, le digo: −«¿ya se te pasó?». Me mira de igual a igual y me dice: −«no, estoy descansando».
Lo traigo a cuento por la actitud de Aznar, desalojado del poder y la gloria con deshonor. «Por tu mala cabeza te ves así». Este hombre miente más que da por Dios.

Domingo 25 febrero 2007

Ayer salieron a la calle, otra vez, las señoronas enjoyadas del barrio. Se manifiestan para echar a Zapatero. En su derecho están. Me miran con reproche. Porque llevo semi barba, porque sujeto El País en mi regazo y porque voy en dirección contraria.

Lunes 12 de julio de 2004

Nuevos datos sobre la prodigiosa aventura y desventura de la gorda de Lagasca número 53.
El primero es que el peso de la gorda va subiendo. Ya no se habla de 140 kilos si no de 150 ó 160, lo que aporta consistencia a la historia. El segundo, que añade verosimilitud, es que no fue el brazo articulado del coche de bomberos quien finalmente depositó a la gorda en su piso, sino la fuerza bruta de cuatro hercúleos bomberos quienes la subieron, en tresillo de tres plazas, por las escaleras del inmueble semi ruinoso.
A mí me divertía más la inserción aérea de la gorda vía balcón y brazo mecánico-bomberil pero, si mal no recuerdo, en mi anterior crónica expresaba dudas sobre la factibilidad técnica de la operación. Y digo factibilidad porque Manuel Seco me lo autoriza. También comparabilidad, ambos derivados sustantivos correctamente formados de sus adjetivos correspondientes, esto es, factible y comparable. Mi amigo Pedrito ha regalado a su hija, en su cumpleaños, un perrito con ”peregrí”.
Oído a dos señoras con poco oído: −«Tienes quitaesmalte?», le dice la una a la otra. Responde la dama: −«¿que si tengo cita el martes?» y añade: −«¿y con quién voy a tener yo cita el martes?».

Lunes 12 de julio de 2004

Noche
Acopio los útiles de escribir. El recado de escribir. Mi sacapuntas está desquiciado. Rompe y rompe, quiebra y quiebra las minas de grafito de mis Faber-Castell. Será la influencia del mes corriente. En julio se desatan las graves enfermedades, los divorcios se planifican, las pasiones se encalabrinan.
En la TV5, francesa, por supuesto, Jeanne Moreau vive un amor fou con J‑P. Belmondo. En blanco y negro y en el café llamado de la Gironde. «Nunca estoy segura de nada» dice la Moreau. Yo tampoco. La película es espléndida, pero...hubiera preferido a Trintignant en vez de a Belmondo. A cada uno su papel adecuado.
Es bonito ver comer, con apetencia, a una bella mujer. ¡Qué espalda tan airosa! ¡Qué cuello tan donoso! Me quedo con la imagen del bosque desnudo por el invierno. Y con la de Violante en su dehesa.

ZZZZZZ…

Martes 13 de julio de 2004

Noche
Ha vuelto el calor a mi calle. ¿Volverá mi malhumor?
Leo en El País que Helen Svedin, la mujer del madridista Figo, es cliente de la “estilista” (?) carioca Domitila, creadora de “minibragas bordadas en croché y lentejuelas”.
Júpiter, el gran mecenas del cosmos, atraviesa mi signo. Lo hace una vez cada doce años. Estoy aquí. Adsum. Presente.
Más que a Júpiter, yo atribuyo al elefantito de marfil con su trompa hacia arriba, el premio medianejo que me correspondió en la lotería primitiva del jueves pasado. Se trata de una escultura de 4,5 centímetros de alta, que tiene una masa neta de 0,036 kilos y da forma a un Loxodonta africano, que empolla con diligencia mis boletitos primitivescos.
Ayer soñé que este año no había vencejos. Estaba descuajado, como poeta sin versos. Espiaba el cielo de mi calle, sin asomo de pájaros. Me desperté y abrí el balcón. Quizás dormía aún. O todavía lo hago. El caso es que los luceros están desesperaítos de verme llorar.


Miércoles 14 de julio de 2004

Esta mañana le digo a la sustituta de la tata titular que ha vuelto el calor. Me contesta: «allá abajo está fresquito». Es una señora cubana que se llama Adela. Conserva el bello acento de la Perla de las Antillas y hemos charlado un rato sobre la situación de su isla, no sin dejar de señalar ambos que Batista, a cuyos hijos conocí y traté en su exilio de Madrid, era otro hijo de mala madre.
Por la calle una joven mamá, que empuja el cochecito de su bebé, dice por su teléfono portable: «Estoy de permiso maternal». No me voy a poner estrecho pero, dicho así, suena a que su madre le ha dado permiso para pasear al bebé. Supongo que es mejor decir «estoy de baja por maternidad». De todas formas entre morfemas, nucleares o afijales; lexemas y sememas, me basta recordar que en castellano las frases se forman con sujeto, verbo y predicado o complemento. No vaya a ser que arranque a escribir que el verbo ser es polirrizo y en él se encuentra una amalgama de lexema y de sinencia.
Para eso prefiero releer a Góngora, cuya pluma es de suyo complicada pero bellísima. «La dulce boca que a gustar convida…» caligrafió el poeta cordobés.

Miércoles 14 de julio de 2004

Tarde
Voy hacia el zacatín y pienso yo solito: «conozco uno a uno a mis lectores. Tengo tan pocos que los puedo contar». Algunos me procuran aliento: «Sigue. Escribe. Esto y aquello otro me gustó...». Más de tres coinciden: «lo mejor, Campoamor años cincuenta». Doy las gracias y medito: «voy “pa' trás”. Campoamor fue el primero...».
Y yo aquí, preso del verano, a 40º, en este Madrid rufianesco y de busconas de piscina de azotea.
Camino de La Trainera me reencuentro con José Luís “el matamuertos” y con Armando “el bolsista asturiano”. Son los restos del naufragio de Gitanillos y de Balmoral. Muertos están “Bolimbo”, Abogado del Estado, y el Notario, quien desfiló primero. Fede Leyva, vasco rentista, se refugió en la costa mediterránea y allí sigue. Pascual “el canario” vendedor de escaleras mecánicas -como la naranja- reaparece de cuando en cuando, me dicen. Los náufragos sobrevivientes beben en ”El lago de Sanabria” y/o en “La Celestina”. Del Teatriz se fueron cabreados porque el otro día unas gachises murmuraron: «ya están aquí los ancianos». Ninguno cumple ya los 70 y muchos...
Ya en el restaurante, un ejecutivo agresivo a côté de moi dice a una chorva de buen ver que «sólo de pensar en las vacaciones me estreso». No puede “una” ni cenar a gusto...
El pollo de al lado insiste: «pero... ¿a ti no te agobian las vacaciones?». Y dale, ¡qué perra! Pedrito no me acompaña porque «no tiene ganas de vivir». Le han “quitado” el carné de conducir, y sus múltiples hipotecas le asfixian. Por lo menos su hija tiene un perrito con “peregrí”. Por encima del hombro de un melenas corpulento veo/miro unos hermosos ojos negros y tristes de mujer mediterránea.
En un mocho de a 5,95€ compro un álbum “tributo” a Aute. Así lo dijo el vendedor, antes llamado dependiente. Le dije: −«¿homenaje?». Me dijo: −«no, tributo».
Un anciano le dice a otro: −«¿cómo se llamaba lo que echaban al rancho en la mili?». −«Bismuto» contesta el coetáneo. −«¿Sabes que me está haciendo efecto ahora?» añade el primero. Me lo cuenta Jiménez, el jefe de barra del restaurante de siempre. Ustedes perdonen, pero esto es lo que hay. Si quieren otra cosa, pues...Delibes, Pereda, Galdós...Góngora, Quevedo...Garcilaso.
Por cierto, me dicen que escribo como Ruiz Zafón. Juro por mi madre, a quien Dios tiene en su gloria, que no he leído una línea suya. Ni siquiera he sido presentado.
Honni soit qui mal y pense.

Jueves 15 de julio de 2004
Recuerdos de cuando yo era un “mico”: “apunta a un farol y mata a una vieja”; “lluvia de mierda en Tudela” (¿o era en Tolosa?); “˝cacafuti˝ a la romana”. Oído en el Rastro de Madrid: «no se vaya caballero, que va a trabajar la rata…»; “dos jodiendo y uno viendo”; “pinto, pinto, gorgorito…”, “Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía”. Cosas del territorio de la infancia. ¡Botaratadas!
Sigo con mis lectores/críticos. Algunos me dicen que no estaban en el escenario de mis recuerdos, pero que los suyos son parejos, incluso si se trata de épocas diferentes. Más de diez y menos de quince: que han leído mis relatos de “un tirón”. Que no podían parar. Otro: «no te he visto en treinta años, si bien al leerte me ha parecido oírte». De sincero y natural, dice. ¡Gracias! El mensaje más emotivo: «hice pausas adrede. Quería prolongar el placer». Sin comentarios. Una amiga con experiencia y sabiduría literaria y vital, me advierte: «Bien escritos. Pero... (¡ay de las conjunciones adversativas!) te autocensuras». Lleva razón. ¿Quién es libre?, yo no.
Ocurre a veces…en las calladas horas de la noche. Por una noche no fui peón…hombre volví y en ello estoy.


Lunes 19 de julio de 2004

Vuelvo a la rutina. De trabajar y de escribir. Yo, ahora, aquí, escribo. Es mi oficio. Hablo con la mano.
La chica de la película francesa, la que hace de dama joven, lee a T.S. Elliot. La Moreau no lee nada. «Sólo me interesa el dinero» dice al duro protagonista. Es una peli en blanco y negro, de finales de los sesenta o primeros de los setenta. Coproducción franco-italiana, por el reparto. Muy buena pinta. ¡Córcholis!: la Moreau lee ”L'étranger dans l’enfer”. Me equivoqué. Roma. Venecia. Es invierno. Nadie en la plaza del Duomo. Beben, fuman, fornican. No pegan ni golpe, salvo algún mamporro entre ellos. Juraría que el “prota” masculino es Stanley Kramer. La damita puede ser una muy joven Sylva Koscina.
¿Y yo quién soy? Ayer me invitaron a iniciarme en los ritos de una logia, de obediencia escocesa. No gracias, he contestado. Mi voluntad murió una noche de luna…
Al igual que llevo 53 años renunciando a mis deseos, así hoy me quedo sin el final del film. ¡Emoción, intriga, dolor de barriga! decíamos de mocosos.

El ruiseñor
Unos días no viene
Otros, dos veces.
Issa

Sábado 24 de julio de 2004

«En tiempos de las bárbaras naciones
colgaban de una cruz a los ladrones.
Ahora, en el siglo de las luces,
del pecho del ladrón cuelgan las cruces».
El maestro Haro dice que no sabe si es un epigrama de Eduardo del Palacio, o de Perri y Palacios, o de Ugo Foscolo. Si no lo sabe él, menos yo. Lo recuerda a propósito de la condecoración que en USA viene de recibir el innombrable.

Domingo 18 de febrero de 2007

Cuatro años después de la ilegítima invasión de Irak, el nene vallisoletano ha reconocido que allá no había armas de destrucción masiva. Y añade: «…tengo el problema de no haber sido tan listo de saberlo antes…». El alma del mundo está despavorida.

Domingo 25 de julio de 2004

Me veo en la imperiosa necesidad de confiar mis sospechas a mis presuntos lectores. Vienen de atrás. Al principio eran leves indicios. Hoy son cuasi certezas.
Allá va: un impostor me está suplantando. Escribe cosas parecidas a lo que yo pienso y anoto. La letra es semejante. Sin embargo, él utiliza pluma estilográfica y yo no, que soy el rey del lápiz. No puedo revelar hoy todas mis pruebas. Por prudencia, y para evitar comparecer ante una justicia en la que no creo. «La justicia es una vaca pastando en la democracia» dijo Zitarrosa.
Un tal mister Michel Thomas, judío polaco de noventa años, dice hoy en un "colorín" que «todos tenemos un impulso innato por aprender, que el sistema educativo mata...los niños son víctimas de una conspiración...por ley tenemos que mandarlos a una institución colegial donde tienen que “servir” durante años....».

“Maîtres nageurs des sauveurs pompiers”. Así llaman en Anglet a los vigilantes de la playa. El invierno pasado presencié sus entrenamientos y doy fe de su preparación física y competencia técnica. A Lourditas la sacaron una mañana de estío de la playa des Cavaliers. La corriente/resaca no la dejaba nadar hacia la playa. Fue una operación tranquila y limpia. Rescataron a media playa. Yo salí por mis propios medios, si bien la leyenda negra que me persigue dice que me subí en la chepa de un “chino” fuerte y rubio. ¡Qué más hubiera querido yo, que me costó un esfuerzo que ni pa' qué os cuento!

ZZZZZZ…

Domingo 18 de abril de 2004
3 a.m.
Ayer mañana un zote preguntaba al “más grande poeta vivo de USA” lo siguiente:
−¿Se puede hablar de una afinidad entre su poesía y la estética pictórica del expresionismo abstracto? (sic). John Ashbery, -Rochester, N.Y. 1927-, va y le contesta educadamente:
−«…mientras doy forma al poema no tengo la más remota idea de…qué es lo que va a quedar escrito al final».
¡Qué alivio! A mi me pasa igual. Con lo que escribo y con lo que hago. Chaque jour. En realidad, parece que estamos diciendo algo, pero no decimos nada. Chinpunkanpun, se dice en japonés. De la cuna al ataúd.
A la caída de la tarde concluyo mi segundo paseo cardiotónico del largo domingo. El de la mañana me lo propiné por la parte de los ricos. El de ahora, por la de los pobres, me ha llevado hasta la plaza de Manuel Becerra. Al desviarme un trecho de mi rutina recorro la calle de las Naciones, muy cortita para tan pretencioso nombre. En el ecuador de la calle un local de copas me envía un guiño cinematográfico. El antro se llama “El exceso de medianoche”.
Una vieja dama le dice a su joven acompañante: «…hoy en día tenéis mucha "competitibilidad"». ¿Querría decir competencia? ¿O tal vez competitividad? Que no es lo mismo.
Por la mañana leí una entrevista perpetrada a un tal César Aira «el escritor argentino que ha hecho de la provocación…un estilo» (sic). El Sr. Aira, después de decir con tino que «incorpora la realidad a la manera de un diario íntimo» se anima y espeta que eso le obliga «a una especie de artesanía de "verosimilización"…» ¡San Dámaso Alonso nos asista!
Un burro radiofónico afirma que quiere “mediatizar un dato anterior”. El hombre se esfuerza y matiza, que no mediatiza.


Miércoles 21 de abril de 2004

Laura Restrepo, escritora colombiana cuya novela “Delirio” acaba de recibir el premio Alfaguara, habla hoy en los papeles de «un chaval de clase media que iba a un colegio de niños bien y se cosía cada mañana el “lagartico”(cocodrilo) Lacoste en la camisa para parecer igual». Me gusta la imagen de la Restrepo, trotskista de colombiana familia multimillonaria.
Una parte de mí está en el proceso contrario al niño del saurio. Me gustaría parecerme poco a los que, en los ambientes y círculos que me rodean, se parecen a mí. Babbit -Sinclair Lewis- es el arquetipo del ciudadano medio estadounidense de mentalidad estrecha que aborrece ser distinto de los demás.
Nunca me agradó el refrán “cada pardal con su igual”. Prefiero los pájaros desclasados. Como el príncipe ha desclasado, hacia arriba, a Dª Leticia. Yo voy al revés: de bien en peor.

ZZZZZZ…


Sábado 24 de abril de 2004
Sábado al sol. ¡Cuándo mis lunes serán al sol! Ayer mi hermana perseguía chez soi a una moscarda intrusa con un pulverizador de laca para el pelo. Parece que mata igual que un insecticida y contamina menos. ¿Pourquoi pas?
Oigo decir en RNE a un mando de la tropa española que vuelve de Irak: «Estoy extraordinariamente “encantado” (sic) del comportamiento de nuestras mujeres, de nuestros hombres, de nuestros militares…» ¡Cónchales!: nuestros militares, ¿qué serán? No son ni hombres ni mujeres...¿serán “manfroditas”, como dicen en Murcia?


Lunes 26 de abril de 2004

Noche
Hoy los vencejos de mi calle están embriagados de calor, de mosquitos recién nacidos, de primavera con color de verano presentido. Uno de ellos ha estado a punto de cruzar el umbral de mi balcón. Mejor que no se haya atrevido o no haya acertado pues Clara, mi preciosa jack russell terrier, está empezando su celo semestral y hubiéramos asistido a la lucha de especies e instintos en este día de vino y rosas. Y de jazmines, que hoy tenemos un nuevo plantón de ellos en flor en la ventana de la cocina.
Fe de erratas:
donde dice:«La maté porque era mía»
debe decir:«La maté porque no era mía».
Es de Max Aub.

Miércoles 28 de abril de 2004

En la anochecida el cielo se ha roto de relámpagos y ha caído una manga de agua. Agua- viento de abril. Los vencejos de mi calle ya no rasean, que vuelan por cima de torres y azoteas. Antiguamente, y hoy todavía en algunos pueblos, se llamaban oncejos. Son aves de temporada que anidan en los aleros de los tejados.
Clara, tan valiente en sus juegos y vigilancias, tiembla empavorecida. Sabe que relámpago en el viento trae mucha electricidad. Se adosa a mi costado mientras me estiro en mi estera. Acaricio su lomo y le susurro que yo también tengo miedo. De las tormentas interiores.
En la cama leo/releo sonetos de Garcilaso: «…por hábito del alma misma os quiero…». Hábito no sólo es “costumbre”. También es ”vestido”. Garcilaso de nuevo: «por vos he de morir y por vos muero».

ZZZZZZ…


Jueves 29 de abril de 2004
Media luna creciente a la hora del stretching. El lucero de la tarde está muy cerquita de la reina de los noctívagos y lunáticos. ¿Por qué los oncejos son pocos y altos? Igual piensan que vuelve “l´ivierno”, como decía el labrador de Los Cipreses.
Lo más remarcable (sic) de la presentación en el Ritz de un nuevo libro escrito por un familiar prolífico y cercano, fue el enganchón que me hice, con resultado de un glorioso siete, en mi último traje italiano de Fancy Men. Sentado en el jardín sobre un sillón de mimbre, veo acercarse a una señora de 90 años, claudicante y mal sostenida por bastón con empuñadura de plata. Me levanto presto y caballeroso para ofrecerle mi enmimbrado sillón y ¡zaca! botón atrapado y desgagarro con pérdida de materia gris, que de tal color era el terno.
Mi tata, encargada de remediar lo irremediable, me recrimina: «existe un seguro para estos casos».

Domingo 2 de mayo de 2004

«Dejé a mis seres queridos sin saber yo de ellos ni ellos de mí». «Pasé a ser un emigrante contra mi voluntad»; «…y siento dolor de patria, dolor de amigos, dolor de amor». Oído en Radio Hispana FM en el programa dominical “la hora del despecho”. También: «Soy emigrante latino y mi sentimiento me hace llorar».
En la tienda de Isidoro Álvarez he manoseado un nuevo libro de David Lodge. La tesis del profesor es que en la novela contemporánea se va perdiendo la ficción literaria para ir más a la confesión, la narración de una vida, la visión singular. Aparece sólo la conciencia del autor y no tanto las conciencias de muchos personajes, como en las clásicas novelas del siglo XIX.
Estoy de acuerdo. ¿Por qué es así? El lo atribuye a que hemos perdido nuestras certezas metafísicas y por eso presentamos nuestro punto de vista singular, que nadie puede impugnar. Pienso que es mucho más difícil escribir “Guerra y Paz” o “Madame Bovary” que las novelas unipersonales de hoy. Y que las que son corales, contienen personajes de cartón piedra. En general. De todas formas, en esta etapa de mi vida, no quiero artificios literarios. Sólo memorias, diarios. Correspondencia, incluso.

ZZZZZZ…

Lunes 3 de mayo de 2004
En la cadena francesa TV5monde, pasan un documental sobre el Tibet. Sale un pueblito, con su monasterio budista, sus monjes y lamas y su Himalaya al fondo.
Creo haber entendido mal al documentalista, que habla en francés, sobre una conversación de fondo en la lengua local. Pego el oído: ¡es cierto! En esa aldehuela cultivan la poliandria. Todos los hermanos varones se casan con la misma y única mujer. Lo explica uno: es la manera de conservar indivisas la tierra, la casa, el rebaño de yaks y los ajuares… Si un hermano de los míos, cualquiera de ellos, se casa con Scarlet Johanson, podemos hablar…


Martes 4 de mayo de 2004

En el rito matutino del despertar escucho la emisora Intereconomía, en FM. Un analista bancario afirma que estamos a la espera de la “desencadenación” de un proceso de subidas de tipos de interés. Asustado por el palabro me paso al programa de música clásica de Radio Nacional de España y me conforta un motete compuesto para Luís XIV. Luego viene Albinoni. El locutor dice que esta pieza “reespuma” poesía, que es “suntuosa” y que su interpretación está llena de “virtusualidad”, o algo así. Se me acelera el pulso y me termino de despertar.
Supongo que “reespumar” quiere decir rezumar. “Suntuoso” es un adjetivo que significa: “magnífico, grande o costoso”. “Virtusualidad” me imagino que quiere decir virtuosismo. El otro día escuché que un fulano había elaborado una sinfonía “al término de su vida compositiva”. Otro dice que tenemos a un colega que está ”locutando” para la CBS.
Pues eso, que lean a Juan Ramón. ¡Bendito sea!

Martes 4 de mayo de 2004
Noche
Pasan por el canal 14 del plus una película, del año 64, de mi amigo del alma el director y cineasta Tito Fernández. Se llamó “Rueda de sospechosos”. Es puro cine negro y del bueno. Sale/traba- ja Ana Castor. ¡Atómica!
Aparece la Gran Vía de Madrid en la noche, justo cuando yo terminaba la carrera y la frecuentaba. También El Corral de la Morería, donde tantas veces cené invitado por el generoso Tito. Mi paga se- manal de 40 duros no me daba para corresponderle…
Después de los langostinos, el jamón y la merluza había póquer. La casa hacía de banca. Noches de whisky y rosas. “De la Casa de Campo lilas…” voceaban las gitanas por la “cá” de Alcalá.
En 1964 yo tenía 20 años. Un mariquita, entonces famoso, sale en la peli gritando en la comisaría de la zona de Sol: «¡a la bin, a la ba, a la bin bon bá, el Atleti ganará!».
Los crápulas de la peli, y los de carne y hueso, tomábamos chocolate con churros y anís en San Ginés, cerca del Eslava, al amanecer. ¡Oh témpora, oh mores!
También salen los combates nocturnos de lucha libre americana en el Price de la plaza del Rey. Hay acción en la venta de Manolo “el manzanilla” en la carretera de Barcelona. Michelena, sala de fiestas que conocí bien. Me gustaba. «¡Tienes más fichas que un dominó!» dice un poli a un macarra detenido en Sol. El comisario-jefe a un banquero «que no puede controlar a la prensa». ¡En plena dictadura!

Martes 20 de febrero de 2007

Casi tres años después vuelven a pasar por el canal + la película de Tito. Con la diferencia de que mi amigo y compañero del alma murió el verano pasado. ¡Le echo tanto de menos! Una tarde de paseo, del bracete, me dijo Tito que él andaba pagando aún polvos que disfrutó en los años cincuenta. Venían a cobrar los réditos las nietas de sus viejos amores. Me enterneció. Tito era un hombre cabal. Rodó cuarenta películas que son el acta notarial de aquella España casposa. Tito se doctoró en la universidad del Corral de la Morería.

ZZZZZZ…

Domingo 9 de mayo de 2004
“Nulla dies sine linea”. Me gusta la máxima, siempre que su incumplimiento no me acarree ningún sentimiento de culpa. Por mi culpa, por mi única culpa, por mi grandísima culpa, rezábamos de mocitos. ¡Qué disparate!
Alguien, quizás Héctor Alterio, dice en una película llamada “Semen” que «las mujeres son como los huracanes tropicales: llegan húmedas y calientes, y cuando se van te dejan sin casa y sin coche».

Martes 11 de mayo de 2004
Sine linea. Así venía siendo el día de hoy. Mi fósforo se agota en el despacho, corrigiendo escritos mal escritos por asesores que escriben raro.
Hace mucho tiempo viví un par de meses en un monasterio en el reino de Bután. El maestro explicaba con brillantez las reglas de la gramática tibetana pero, ¡no sabía escribir una frase correcta!
Hay dos razones para escribir mal. Falta de lecturas, la primera. La otra tiene peor remedio. Quien piensa mal, mal escribirá. Tampoco hablará bien. Se piensa con palabras. Se sueñan frases. Las imágenes vienen después de las palabras. En el principio fue la palabra, el verbo. Una palabra vale más que mil imágenes.
Dicen que la escritura es el arte de la memoria. Y la memoria, la conciencia de la muerte. El silencio llega. Con él me viene la gana de escribir.
Rompo el silencio doméstico para escuchar el ruido catódico. «Me temo que yo moriré sin cielo» dice Dalí en +2. Cambio de canal. En Telemadrid un pavo exige: «pido un castigo ejemplar. No la pena máxima, sino una superior…». Vuelvo al +2.
¿Por qué te quiero libre?... porque te quiero audaz y fuerte… Es la única manera de no tener la desazón típica de muchas parejas: el gesto desabrido, en trato forzado, la mirada torcida o, ese resentimiento al acecho. José Antonio Muñoz Rojas, maestro.


Jueves 13 de mayo de 2004
Después de cenar pruebo un exquisito oporto. Tawny de 10 años. La botella lleva grabado el lema “in hoc signo vinces”. Leo que las tropas USA incluían «cuarenta marines especializados en sodomía para torturar iraquíes». No recuerdo burrada semejante. Las buenas gentes de la derecha quitan importancia al asunto. ¡La guerra es la guerra! Por eso, justamente por eso, hay que terminar con las guerras, preventivas o curativas. No hay guerra justa. Es un cuento de teólogos. Como es un cuento chino decir que la economía de libre mercado fue inventada por los teólogos españoles. ¡Qué falsedad! El mercado es protestante. La democracia capitalista también.
¿Terminarán Bush y Blair respondiendo ante La Haya por los crímenes de la guerra de Irak?
ZZZZZZ…


Viernes 14 de mayo de 2004
Mi tata Felisa ha culminado, con gran éxito de crítica y público, una farragosa tarea doméstica. La cosa iba de visillos y cortinas. Al poner el broche final se ha vuelto y me ha dicho: «ha quedado de comercio». Otras veces dice «esto ha “quedao” “mondao”». De pequeño era frecuente escuchar: «me ha “quedao” ”diquelao”», suponiendo que no fuera “niquelao”, que creo que no. “Fetén” era castizo. “Dabuti” también lo es.
“Chachi piruli”, decíamos de críos. O que “al menda lerenda le gusta el turrón de almendra”.


Sábado 15 de mayo de 2004
Escucho en RNE que halcones peregrinos han anidado y criado en la torre del BBVA sita en la Castellana de Madrid. ¡Y luego dicen que la banca no hace obra benéfica y social!
Reveo “Lunas de hiel” de Polanski en el canal Cosmopolitan. El director polaco siempre inquieta con sus ambientes opresivos y degradados. Y sus personajes-límite. Peter Coyote borda su papel de escritor depravado y sin obra. Y la Seigner, en 1993, era, y lo es hoy aún, de una belleza turbadora. Injusta. Hugh Grant resulta empequeñecido como actor y como hombre. La Seigner parece/recuerda a ratos, por momentos, a Ava Gadner, “el animal más bello del mundo”. También a Rita Hayworth en Gilda. Mezcla apabullante y explosiva. Dinamita para el cerebro. El colmo hubiera sido que también se pareciese a la Silvana Mangano de “Arroz amargo”.

Martes 18 de mayo de 2004
Hoy, a sol caído, los vencejos de mi calle vuelan en formación. Termina así un día caluroso. Clarita y Tao se bañan en las fuentes del Retiro. Por sus “propias motos”, que dijo el otro en lugar de “motu proprio”. Por solecismo paleto se suele oír “de motu propio”. Que no, que no.
Me gusta mirar una película en la tele, sin sonido. Mientras, escucho a Bebo Valdés y ojeo la prensa. A mano mi block, como casi siempre. Las últimas gafas de sol que me he graduado son parecidas a las de Nicholson en la película que dirige Sean Penn y que aquí llaman “El juramento”. Aprecio mejor las interpretaciones de los actores extranjeros cuando mudos. Es decir, cuando veo pero no oigo, porque enmudezco el aparato. A los actores españoles no les entiendo con voz o sin ella. No vocalizan bien. No modulan. No les enseñan a “prenunciar” bien, que dirían en Granada.
¿Saben ustedes por qué los españoles no ha- blamos idiomas? Por el maldito doblaje. En Portugal nunca se ha doblado el cine. Resultado: allá todo el mundo habla inglés y conoce el francés. La puñetera “industria” del doblaje, tan elogiada en nuestro país, nos ha hecho analfabetos en inglés.
Hablando de doblaje. Acabo de oír en una película USA, que alguien es un hombre “energé- tico”. Será “enérgico”, digo yo.
Lo que no se puede ocultar, ni doblar, es la belleza. ¡Qué guapa era Natalie Word en 1960! −“Los jóvenes caníbales” de Michael Anderson−. Por cierto, parece ser que ahora las grandes actrices exigen que les doblen piernas, trasero y pecho en escenas tórridas. Eso es un timo. ¡Qué me devuelvan la pasta de la entrada!
En la sección “Ciencia” del periódico que dirige el protagonista de un famoso vídeo porno, un titular reza así: “El fiscal general de EEUU pide la ilegalización de Greenpeace”. Repito, en la sección “Ciencia”. Son unos “catetos esaboríos”.
ZZZZZZ…

Miércoles 19 de mayo de 2004
Hoy han volado en círculos. A sol puesto. Los vencejos de mi calle. Tranquilidad. Visconti. “La caída de los dioses”. Perfecta realización. Ayuda a no olvidar el nazismo, ahora que está de moda negar o minimizar el holocausto.
Y los gallos menudean, porque amanece.


Jueves 3 de junio de 2004
Ayer no escribí. Después de cenar en Combarro, tomamos copas con nuestros vecinos y, sin embargo, amigos. De niño, Ricardo convivió con un oso en la finca familiar de Asturias. De mayor fue donado a la casa de fieras del parque del Retiro, el oso, no el marqués. Un primo de Ricardo, que había compartido juegos con el osezno, le echaba de menos y, en noches de farra, se iba a dormir la mona a la jaula del oso pardo, ya grande, pero que seguía igual de cariñoso. ¡Animalico!
Esta madrugada sueño que bailo con el oso/osa del Retiro, check to check, en el Florida Park.


Sábado 17 de febrero de 2007
Mientras la luz se resistía a amanecer, he so- ñado que amaestraba a un precioso zorrillo. De primeras, el cachorrito me mordía con sus pequeños dientes en aguja. Muy pronto le sale su natural bondadoso y come de mi mano. Le llevo a vacunar y a desparasitar, justo a tiempo de que su madre venga a visitarnos para comprobar si su cría está bien tratada. Se vuelve tranquila a su zorrera.



Martes 20 de febrero de 2007
A mi regreso de Venezuela me vine con dos memorias y dos pasaportes, que me han servido de poco, porque mi patria es mi escritura y los pedazos de mi niñez que voy juntando a trancas y barrancas. Rilke me dice que «el destino no es más que la densidad de la infancia».
ZZZZZZ…

Me alojo en el Hotel Landa Palace de Burgos y me advierte la chica de recepción que, en tan histórico albergue, sólo se puede hacer el amor con el peto y el espaldar de la coraza bien ceñidos. Igual es obligatorio peinarse, después del acto, con una almohaza.


El encargado de Linogar, tienda de ropa para la casa, me para por la calle:
− Don Manuel, hace mucho que no vemos a su mujer por la tienda.
Sonrío:
− Ya le diré algo. ¿Cómo van las ventas?
Me dice:
− Regular. Era mejor local el anterior, el de la esquina de frente por frente.
Sigue el hombre con sus cavilaciones:
− De todas formas, a mí lo que me gusta es el toro.
Me quedo de muestra:
− ¿El toro?
Sigue:
− Si, Don Manuel. Soy mozo de espadas.
Me enseña su carné profesional del sindicato correspondiente. No me cuesta mostrar curiosidad:
− ¿Lleva ahora a algún matador? -inmediata-mente me doy cuenta de que he confundido al mozo de espadas con el apoderado-.
Sigue el taurino:
− Claro, estoy con zutanito, un chico de Salamanca que promete. El domingo toreamos en Almagro.
Le doy la mano y deseo suerte. Se despide:
− Estoy loco por dejar la tienda. A mí lo que me gusta es el toro. No se olvide de dar mi recado a su señora.
ZZZZZZ…




Me acerco a Paulino, que liquida por cierre. El director de la tienda, con sujeta-corbatas, anillo de piedra roja y gemelos a juego, todo de oro amarillo, me dice:
−¿Qué, cómo va la banca? Nosotros vendemos menos.
Le comento:
− ¿No será que las parejas jóvenes no quieren en su lista de bodas cubertería de plata, ni vajilla de porcelana de Rosenthal, ni cristalería de Bohemia? Yo creo que prefieren un viaje a la barrera de coral de Australia.
Enciende un pitillo y sentencia:
− Será como usted dice.
Ceno en La Trainera. Llega Albertito Ruiz Gallardón, con casco de motorista en mano. Se sienta en la mesa contigua. De espaldas a un servidor. Me separa de su colodrillo un metro y medio escaso. Aparece una chica preciosísima y hermosísima. Ejemplar puro de una buena selección genética.
No es su hija, ni menos su señora. Se ponen morados de camarones, cigalas y otros frutos del mar. Tinto Valbuena 5º año de Vega Sicilia para beber. Pego la oreja: hablan de política. ¿Para disimular? No: son tan bobotes que ni eso saben. Critican al Gobierno y al periódico de Polanco. Prefieren hablar de política que de amor. La chorva del Gallardón se parece a Pilar López de Ayala o así.
La saga familiar de Miguel “el trainero” es la leche. El hermano mayor tiene 94 años y es el dueño de las Astorganas. Está mejor conservado que yo. El menor, Evaristo, es el dueño de “El Pescador”, en la calle de Lista.
Oigo al Gallardón: «Un estado marxista no existe». Se lo dice a una tía que está ”dabuten”. ¡Y luego dicen que el pescado es caro! Las angulas de la Navidad anteúltima vinieron de un lago africano. Mienten más que la Gaceta. ¡De Aguinaga!
Llegas a una edad en que te interesan más las conversaciones ajenas que las propias. No porque dudes de tu inteligencia, sino porque se te escapa la vida. Todos los que van de putas quieren ser amados, no por su tarjeta visa, sino por su cuerpo e ingenio.


Moreno, segundo de a bordo en la barra de La Trainera, es hombre de campo. Me dice:
− En Madrid el personal no sabe de dónde sa- le el pan.
Hijo de un jornalero de Belmonte, Cuenca, nació, se bautizó, comulgó y casó en la capilla de la finca de los amos de su padre. En Madrid sobrevive y gana bien, pero tiene querencia a la tierra. De ella hablo con él:
− ¿Conociste la siega a brazo y hoz? de pe- queñico no había máquinas en mi tierra. En Gra- nada sembrábamos trigo rubión.
Contesta:
− Claro. La máquina grande no entra en según qué rodales de mies. En mi tierra el trigo era morato.
Le pasaba lo que a mí. El polvillo de la parva, cuando la trilla, perjudicaba su piel. Alergia le dicen hogaño. Yo lo pasé malamente. El jefe de Moreno es Jiménez y se tiró dieciocho meses de mili. Tal que yo. Jiménez y yo hablamos de aquel obligatorio suplicio. Moreno habla de la labranza de secano y yo le explico la del regadío de vega. Jiménez es un tío legal. Vamos, pa' llevárselo a casa.
Pedro, ya jubilado, me traía puerros y vainas de su huertica de la Sierra. Antonio, también retraité, era de Zamora y su hijo tenía mano en la Volvo para conseguir los coches que prestan servicio en los open de golf. Vicente, que es maître, está mosca con un bultito que tiene en el coco. No es nada. Santiago se retira el martes próximo. Ya tengo sus señas de Méntrida. Iré a verle. Ningún Lord inglés es digno de parecerse a él, que tanto a ellos se parece.
ZZZZZZ…


Un constructor de Andalucía oriental me dice en la barra de Combarro:
− Matar a un banquero es más fácil que meterlo en la cárcel.
Me acodo en la barra y le espeto:
− Te voy a denunciar en la Comisaría de la calle Don Juan de Austria. Y si te empeñas, también en la Agencia Tributaria, que igual te duele más.
En Combarro, Lista, compra a diario su cena el dueño de un puticlub que queda a la vuelta de la esquina. Siempre se comporta bien, salvo cuando no. Como el día en que llevó con él a una trabajadora de su antro y se pusieron a meterse bien de mano en la esquina de la barra donde queda la jamonería y el escaparate de bichos muertos. La barra de Combarro es imprevisible, surrealista y piernográfica.
La de La Trainera es más del barrio, por aburrida. Pero sus trabajadores son gente recia, con fuste y nada serviles. Pedrito me dice en La Trainera:
− Don Manuel, yo con usted lo paso muy bien, pero no puedo corresponderle.
Le digo:
− Pedro. Todos conocemos a gente a la que no podemos corresponder. Pero... ¿vamos por eso a dejar de tomar cañas juntos?
Él precisa:
− No, si yo quiero. Ya sabe usted que entre que me han quitado el coche, lo de las hipotecas de mi chalet en Villaviciosa de Odón, mi madre otra vez internada y lo de mi señora... ¿qué quiere que le diga? Que me hace falta distraerme. Usted habla bien y parece que sabe lo que dice.
Le doy las gracias, sin retranca. Aconsejo:
− No puedes dejar de acudir a trabajar a la tienda sin llamar. Si anoche regresaste a tu casa a las 9 a.m. ¿cómo se te ocurre acostarte y poner el despertador para las 10 a.m.? Más te hubiera valido tomarte una jarra de café fuerte y ducharte durante veinte minutos. Afeitarte, mudarte de ropa y cumplir con tu obligación. O esperar a las 9,30 y llamar a tu jefe para decirle que un flemón supurante te había producido una contracción de la epiglotis y un subidón de fiebre. Que te ibas a urgencias y que tratarías de ir a la tarde, si te daban el alta y no la extremaunción.
Pedrito piensa. Me mira por cima de sus gafitas de joyero présbita y toma su turno de palabra:
− Ya. Usted, Don Manuel, se explica bien porque tiene estudios y posibles. Yo a los catorce años entré en el comercio pa' ayudar en casa, pero a mí lo que me gusta es la noche, que yo he triunfado en Morocco cuando lo de Naima Cherky. Además, yo no estoy enamorado de mi mujer, porque ella no me sigue. Usted ya me entiende...
Mastico una gamba. Miro una botella de Vega Sicilia colocada de pie en una balda, bajo un foco halógeno.
− Miguel, no puedes tener Vega Sicilia de pié y bajo un foco.
Él me contestó:
− No te cambio tu banco por mi casa de comidas.
Don Miguel tiene más razón que un santo, si descontamos que yo no tengo ningún banco. Ni yo ni nadie, salvo los fondos de pensiones de las viudas escocesas.
En Combarro hay mujeres en grupo, sin hombres. Hablan de ellos, de nosotros. Se parten de risa. Se han dado cuenta que somos más elementales que una mata de habas.
A La Trainera acuden los matrimonios ensembles. No hablan. La puesta en escena de Combarro es la alegoría del sueño de una noche de verano de un constructor-narco gallego. La dramaturgia de La Trainera es más bien de comedia de capa y espada.
Se lo digo al hombre del FMI. Se ríe y asiente. Es del barrio y sabe.
Benito es el chef de los frutos de mar que están en el mostrador de hielo de La Trainera. También es el jamonero mayor del barrio. Le han puesto un ayudante de importación, me pa' que ecuatoriano.
En Combarro comparece el hijo de frutas Vázquez, de Ayala núm. 11, proveedor de la Real Casa. El nene viene con novia y me saluda con afecto, a pesar de que hace años que no compro en su comercio, porque cada manzana vale un realero.
Vuelvo con Pedrito a la barra de La Traine- ra. Las barras de los bares son los Parlamentos del pueblo -¿Balzac?-. Han pasado meses, pero su monólogo sigue tal cual:
− Don Manuel si yo me porto bien todos los días. No llego tarde a casa desde que murió mi madre, que, por cierto, no hay manera de vender su piso porque mis hermanos piden siempre más. ¿Me comprende?
Asiento. Pido media de jamón. Pedro dice:
− Jiménez, dile a Benito que es para Don Manuel. A lo que iba. Me porto bien pero llega una noche y ¡zácate!, la cago. Sí, voy y estropeo todo. Estoy cabreado con mis amigos, que antier me dejaron tirado a las cinco de la mañana en un puticlub de Móstoles.
Tercio:
- ¿qué hacías en un puticlub de Móstoles a las cinco de la madrugada? ¿Te han devuelto ya el carnet? ¿Fuiste a trabajar al día siguiente? ¿Has puesto al día la hipoteca de tu casa?
Pedro me mira. Pela un camarón y dice:
− Don Manuel, con usted es distinto, aunque yo no pueda corresponderle.
Le explico lo de siempre:
− Los pobres ni pueden ni deben corresponder a los ricos. Somos amigos, te invito de tarde en tarde a un aperitivo y sanseacabó.
Pedrito no ceja:
− Ya, pero se me va el último autobús a las 11,30.
Me toca a mí:
− ¿De dónde sale el bus?
Me recrimina:
− Se lo he contado ya varias veces. Sale de Príncipe Pío.
Ahora lo recuerdo. Allí se quedó dormido aquella noche toledana. La de las 9 de la mañana. Pedro es hombre que tiene éxito con las mujeres, sobre todo con sus clientas. Me dice:
− Don Manuel, mi mujer no me sigue. Usted ya sabe.
Yo no sé nada. Veo a un hombre bueno, depresivo y víctima del piso-chalet y consumismo.
Hablo yo:
− ¿Quieres otra caña?


De mis miles de años emborrizado en la harina de negociar los convenios colectivos de la banca, he aprendido lo mucho que han mudado de pellejo los sindicalistas.
Cuando la transición, que entre cosas sanas para nuestro país nos ha dejado el bodrio autonómico, los sindicalistas se enfundaban en jerseyses de cuello vuelto modelo marcelino. Sus compañeras amamantaban a sus criaturas en plena sala de reuniones. Era una época en que ser progre estaba bien visto. A mí me tocaba acceder al hotel de turno abriéndome paso entre un pasillo de chavalotes que gritaban “Torres, cabrón, trabaja de peón”. Que conste que nunca llegó la sangre al río. Y que yo me desagraviaba con barrabasadas que todavía escuecen a quienes las padecieron. ¡Menudo soy yo pa' mis cosas! Que le pregunten al sindicalista canario por el carnaval de Tenerife.
Los sindicalistas tracaleros de antaño querían que la banca fuera nacionalizada. Para ello, el mejor camino era, en su criterio, una buena quiebra de todo el sistema financiero.
El céfiro del capitalismo democrático de mercado se ha llevado todo eso por delante. Los sindicalistas se han convertido al cristianismo, rinden culto al beneficio y lo que quieren es participar en los resultados de sus empresas. No tardaremos mucho en verlos sentados en los consejos de administración, en condición de consejeros independientes. Figura, por cierto, que no se la cree ni el que la inventó. ¿Hay personas independientes? ¿Respecto de qué y de quiénes? ¿Y de sí mismos? Mendacidades.
Para no hacer más largo este cuento, diré que esta transformación sindical, que incluye caída del caballo en su camino a Damasco, ha sido posible gracias a los que aguantamos estoicamene unas huelgas salvajes e ilegales. Y ahí estoy yo, en primera fila. Me pido una medalla.



Hace meses participé en un curso intensivo de Shiatsu básico Namikoshi, en el Hotel General Tikal Futura, de Guatemala. Conocía aquel paraíso desde que en 1977 inauguré allá el banco Internacional C.A.
Adoro aquellas tierras mayas, aunque advierto deterioro en la capital moderna, por su polución ambiental y por las puñeteras prisas importadas del gran vecino del norte. Los guatemaltecos tienen los mismos nervios que si vivieran en Wall Street. Ellas son tiernas. En el cursillo, algunas alumnas quiroprácticas me alegran las pajarillas: ¡Bien chulo que está don Manuelito!
En la Antigua, por el contrario, el tiempo se ha detenido y sus palacios coloniales, sus calles empedradas y sus iglesias y conventos son una invitación a quedarse a vegetar por allí, eso sí, prohibiendo las visitas de grupos de turistas borregos.
Me dicen que las mafias se han incrustado en las instituciones del país guatemalteco. Que su estabilidad está amenazada.
EEUU acusa a Chávez de convertir Vene- zuela en el paraíso de los narcos, porque el régimen de Caracas es “permisivo y corrupto”. Si no puedo perderme ni en Caracas, ni en Guatemala, ni en Murcia, “¿ande pijo voy?”.

Igual me pierdo en la tierra de los conquistadores.
ZZZZZZ…


En los tiempos de Maricastaña, al caer la tar- de, fui a casa de mi amigo más querido, que estaba a punto de morir.
Mi amigo sabía que le quedaban pocas horas para entregar la cuchara y me pidió que arrimase una silla a la vera de su cama.
Con la poquita voz que le restaba, me dijo:
− Debo confesarte que llevo saliendo con tu amiga Marisa más de un año. Me pidió que avalase las letras de su piso y… ¿qué quieres que te diga?
Apreté su mano derecha con cariño y le dije:
− Nada. En la guerra, como en el amor, cualquier hoyo es trinchera.
Hicimos una pausa, pues ambos necesitábamos recuperar el aliento. Devolví confesión por confesión:
− Te diré que tu sobrina y yo hemos tenido un romance al rojo cereza.
Al día siguiente murió mi mejor amigo, de cuya herencia fui albacea. No le tengo en el olvido. ¡Qué solo que está el mundo!


ZZZZZZ…


Grato ánimo hacia:
André Breton
Henri Brunel
Gregorio Duval
Torquil Duthie
Vicente Haya
Pilar González
Michel Onfray

domingo, 1 de junio de 2008

HUGO CHÁVEZ EL HUERFANITO














SIN PIJAMA Y SIN RECUERDOS.
RANURA DE LUZ.

El caudal gris de ciegas horas se rompe por una ranura de luz.
Desperté sin pijama y sin recuerdos.
Mi cuerpo estaba cubierto tan sólo por una bata de hospital, de esas que te dejan con el culo al aire. Mi memoria, vacía. Boca arriba, yerto de cuerpo y yermo de espíritu, respiré con la tripa. Tenía un ladrillo en el estómago y la lengua como lija del número tres.

El médico preguntó:
- ¿Cuál es su último recuerdo?
Contesto:
- No lo sé. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Dice el médico que en mi historial no consta fecha de ingreso y que, cuando él empezó a trabajar en la clínica, hace un lustro, era fama que yo era el decano de los pacientes.
El galeno insiste:
-¿Qué es lo último que usted recuerda?
Se estaba poniendo pesado. Respondí:
- Una casita muy chiquitita con muchas flores en el jardín.
El hombre de la bata blanca humaniza su rostro y dice:
- En ella vivía usted, supongo. ¿Dónde estaba esa casa?
Contesto:
- Que no doctor, es la letra de una canción.
Este tío está casado con su opinión. Porfía:
- Usted tiene que recordar algo y es su deber ayudar a solucionar su caso.
Preferí no decirle al neurólogo que a mí me importaba un pito solucionar mi caso y decidí darle una pequeña alegría.

- Si, claro. Una mañana de sol y de frío fui con mi primo a la carpintería de Damián para encargar un tablero de madera para jugar al fútbol con los botones.

Bostezo. Pido al hombre de las preguntas que me deje dormir un rato. Cierro los ojos y me autodiagnostico. Claro que tengo recuerdos. Lo que pasa es que son deseos y no sé si se cumplieron o no. Da igual. No pienso averiguarlo.






Me acuerdo de ella. ¡Dios! Tacones, manos, medias. Su falda, sus zapatos, su blusa, su melena, su cuello con sus rizos. Me acuerdo de ella con el corazón, no con la memoria.

También recuerdo que bajaba andando con mi padre al estadio Metropolitano y que mi equipo ganaba siempre la liga. Y que los malos bajaron a segunda.

He sido varias personas, yo. Una de ellas ha dedicado su vida al cine. Pero prefiero no contárselo al plasta del neuropsiquiatra.

Comencé como actor. Los papeles de Marcello Mastroianni y los de Alain Delon los interpretaba yo en la piel de ellos. Luego me hice director. Las películas de Chabrol y las de Rohmer, mías son. Ahora estoy haciendo los guiones de un tal Rafael Azcona, otro heterónimo mío. La frase de Truffaut que define el cine como el arte de hacer hacer bonitas cosas a chicas guapas, la pronuncié yo en una ceremonia de clausura del festival de Cannes. Acudí como Vitorio Gassman.

Abro los ojos y siento baja mi temperatura moral. Debe ser por haber dormido no se cuantísimo tiempo. Soy un hombre antiguo, sin entresijos. Tan sólo con dos cauces subte-rráneos, uno turbio y otro limpio. El arroyo primitivo es claro, hondo y silente. El manantial de la era moderna, ancho, oscuro, horrisonante.

No consigo recordar si llegué a vivir con ella.

Los médicos me dicen que debo permanecer en la clínica unos tres mesecitos de ñapa. Mis días corren unos con otros en la sala de rehabilitación aprendiendo a caminar y estirando los músculos.

Observo a las enfermeras y a las mujeres de la limpieza. No son como las mujeres antiguas. Tienen más tetas, culo y caderas. Son más altas y todo el tiempo dicen que se estresan por un quítame allá esas pajas.

Las mujeres antiguas eran morenas y con pelos en las piernas. Si se ponían nerviosas tomaban unas gotitas de agua de azahar que vendían en las farmacias en unas botellitas azul oscuro.

Noto que, con las antiguas, las modernas comparten la costumbre de no tener palabra y de llegar tarde a todos los sitios. Observo que las nuevas no se disculpan. Si dicen “lo siento”, luego añaden “y no me llames más”. Otra condición común a las mujeres de las épocas que me ha tocado vivir es que son clitoridianas. ¡El botón sagrado!

BANDERILLAS DE FUEGO
Nueva sesión con el psiconeurólogo. ¡Dale, machaca!
- ¿Cómo van sus recuerdos? me pregunta el hombre feo y duro de mollera.
- Muy bien ¿y usted? Un día un chino se meó en mi alfombra.

He tomado manía a este sujeto. No lo aguanto. Está convencido de que la mierda es mejor que la nada. Pido que me suba la dosis de orfidal, pues ahora resulta que no consigo dormir. Rechaza mi petición alegando que se acostumbra uno. El muy zote no comprende que mi insomnio actual algo tendrá que ver con la circunstancia de que he dormido, noche y día, no sé cuantos años. Y que las vacas flacas de la vigilia suelen suceder a las vacas gordas del sueño.

- Por cierto doctor, quería preguntarle si, a su conocimiento, existen otros casos como el mío.

Carraspea un poco. Aclara la voz y me dice que él no ha tratado a ningún paciente de mis características. Pero que, sin embargo, en los manuales de su profesión hay descritos algunos casos.

Dejo para otro día la cuestión de la denominación, diagnóstico y tratamiento de mi enfermedad, pues, de momento, manejo la idea de que contraje la enfermedad del sueño porque me picó una mosca tsé-tsé cuando hice el servicio militar en Malabo.

Me intriga la cuestión de quién sufraga tan larga hospitalización. También la de si tengo familia y domicilio. Trabajo supongo que tendría, pero ya no, seguro que ahora no lo tengo. Como no tengo papeles tampoco sé cuándo es mi cumpleaños ni cuántas velitas me pondré en la tarta.

Una enfermera muy bruta, que es de Almendralejo ella y está muy rica, contesta a mi pregunta sobre mi edad después de abrirme la boca como a los burros. Dice que me calcula como unos cincuenta tacos.

Como quiera que albergo alguna esperancilla de que el día menos pensado y sin tomar agua bendita reanude con ella, antes de que se me olvide del todo, la saludable práctica del acoplamiento, opté por no hacerle ver que si me habían alimentado por sonda unas ocho o diez mil veces, eso que se habían ahorrado de masticar los piños de mi boca. Amén de que mi madre tenía una dentadura perfecta y hoy en día resulta que los genes determinan todo, incluyendo la funesta manía de pensar.

Al cabo de los tres meses, ya en buena forma física, el psiquiatra dice que debo prepararme para seguir una temporada más en la clínica.

Congenié con la prójima de Almendralejo. El sexo es precioso, incluso sin amor. ¿O mejor sin amor? Cuando hay sentimientos, el sexo no dura mucho. El argumento que la subió por fin a mi cama fue suspirar en su oído “nena, un polvo se le echa a un pobre”. Tuve agujetas en el abdomen el resto del tiempo de propina que me tiré en aquella clínica. La falta de uso.

Terapia conversacional… decía el gilipollas. Le pregunté si había leído “El cuarteto de Alejandría”... Responde:

- Es usted el paciente mimado… ¿Ha intentado suicidarse alguna vez?

Estoy siendo prudente, pero no doblo la cerviz. Callo. No me empujen, que me vuelvo a dormir, coños.

Lo que vemos no es todo lo que hay… Si duermes ocho o diez años seguidos, lo sabes. Tienes mucho tiempo para no hacer nada… y piensas… o te parece que lo haces… o lo sientes así… a ojos cerrados. En mi primera vida había una ranura de luz. Me parece.

Más de la mitad de los adultos tiene algún tipo de insomnio… Yo antes dormía siempre… Ahora, casi nunca…

- ¿Podemos contratar a un vidente?, pregunto al psicobiólogo. ¿Usted cree en la percepción extrasensorial?, añado, pues me acaba de entrar un ataque de analepsis y he recordado que fui discípulo del Gran Vidente Maharishi Mahesh Yogi, en su Centro para la Excelencia de la Educación en Bophal, India.

En realidad mi único problema es que no tengo ganas de discutir. Me da galbana. Ayer soñé que soñaba que volvía a caer en el limbo de los justos.

El loquero y yo intercambiamos unas banderillas:

- ¿No sería a consecuencia de un traumatismo craneal?, pregunto.

- No. No hay rastro, sólo petequias por todo el cuerpo, responde.

- Aún no puedo hablar de eso… ¿No tendré parásitos en el corazón o en el cerebro?, digo. Y añado ¿estado de fuga, quizás?

- ¿Con quién estoy hablando?, me dice.

- Eso quisiera saber yo. No me importaría ser un intelectual, sobre todo ahora que estoy solo, contesto. Y conste que sigo sin conocer la relación entre mi cerebro, mi mente y mi cuerpo. Por no hablar de mi espíritu que está perdidito.

Las reglas del juego han cambiado. Y no conozco el nuevo reglamento. Es mejor retirarse con gloria. Mi caso está basado en hechos reales. Si lo sabré yo…

- Tengo los tobillos helados y la nuca rígida y manchas de carmín en la memoria, le digo al psicólogo, o lo que sea, argentino. No puedo confiar en mi propia memoria.

Cambia de tercio el cristiano que sorbe mate sin parar:

- ¿A usted le gustan las mujeres?

Respondo:

- A rabiar. Ellas siempre me decían: “esta tarde te veré”. ¿Cuál es la tarde de las mujeres? ¿Vd. lo sabe?

Vuelve a la carga:

- ¿Encuentra usted alguna relación entre ellas en general o alguna de ellas en particular y su enfermedad?

Callo. No pienso darle ninguna lección, que para eso cobra él. Pero tengo manchas de rouge en la memoria. Para mis adentros me digo que seguro que sí. Que están relacionadas la enfermedad mía y ellas. En realidad han sido la causa remota y la próxima de todos mis descensos a los infiernos. ¿Por qué no iban a determinar que me durmiera sin fin, sin fin, sin fin? Me propongo que en la era moderna no sea así. Cuando estoy jodido pienso que la mujer que yo amaba no ha existido jamás. Y todo por buscar esa clase de felicidad desmesurada.

Por el pasillo pasa una tía maciza, con unas piernas que le nacen de los sobacos y un culo a lo Emmanuelle Béart. Me vuelvo a mirar y meto la pata izquierda en un puto cubo de fregar. Rotura parcial del ligamento lateral externo de algo. Las mujeres excesivas deberían estar prohibidas. Violan mi derecho al equilibrio. Prefiero amodorrarme en mi zorrera.

Me pregunta el rioplatense:

- ¿Tiene usted medios económicos para vivir fuera de aquí?

Contesto:

- El dinero no importa. Sigo sin saber quién concho paga todo esto. Me gustaría probar con la hipnosis.

Es posible que haya sido yo un pez gordo de la mafia y corra con la cuenta la Cosa Nostra.
El capellán de la clínica encarga al jardinero que me pregunte si quiero recibir algún sacramento. Debo ser respetuoso con la jerarquía. Contesto que no me importaría hablar con un prelado consistorial o con una mujer cura, si es que ya está admitido por Roma el sacerdocio femenino, que no lo sé. Asegura que hará lo posible para que así sea.

La mujer antigua perdía su vida en el hogar, aguantando un marido gruñón y criando a unos hijos que volaban pronto. La mujer nueva la pierde en trabajos frustrantes y cuando ejerce el poder lo hace al estilo hombruno. Fuma, habla por el móvil y bebe alcohol. Ya veremos… No sé, no sé… Y yo aquí, huérfano de recuerdos y rehén de presentimientos.

A fin de cuentas lo importante es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera.



EL HOMBRE QUE ESPERA

Aprendo a usar un telefonillo portátil. Si llamo a una mujer de las nuevas siempre se acaba su batería a poco de empezar a hablar.

Las chicas dicen:

- Te llamo luego, cuando llegue a casa.

Deben dormirse en el parque porque el móvil no suena luego. ¿Cuándo es luego?

Una hora. Pasa una hora de la prevista para cenar.

- Ahora no puedo hablar. Voy conduciendo, no tengo manos libres ni cobertura y la batería se está acabando.

Pido un vino y apunto en mi cuadernito. Sumo. En los últimos tiempos, desde que desperté, he invertido en esperar el advenimiento de ellas quinientas veinticinco horas con cuarenta minutos. Toda una vida.

- ¿Quedamos ya para mañana?

- Mejor te llamo luego. Cuando llegue a casa.

Nada.

Al día siguiente manda un mensajito de letras:

- Lo siento. Estaba cansada y me dormí viendo la tele.
Natural.

- Quedaste en llamarme.

- No pude. A mi prima le dio un cólico nefrítico. La llevé a urgencias en Alcalá.

- Voy en un taxi. La calle está cortada y hay un tapón enorme. No me esperes. Te llamo luego.

He pasado de ser el hombre que duerme, a ser el hombre que espera.

- No me esperes que tengo que sacar al perro.

- Ya. Claro. Lo que pasa es que ya he esperado una horita. ¿Me la devuelves? insinúo.

- Ahora no puedo. Te llamo luego. No tengo saldo. Me dice.

- ¿Por qué no me llamaste ayer?

- Quedaste en llamar tú, contesto.

- ¿Y eso que tiene que ver?, me dice.

- No quería agobiarte, susurro.

- Corazón, contigo nunca se sabe. ¡Eres más rarito!, termina.

- A ti te pasa algo… ¿Tienes novia?

- Ya sabes que no.
- Hay algo que no te gusta de mí.

- No es eso. Me gusta todo de ti, menos tú cuando tienes la regla.

- ¡Anoche me colgaste!, me dice ella.

- No quería discutir. Nos hubiéramos dicho cosas irreparables, le digo yo.

- Pues dímelas ahora, añade.

- Cuando me veas triste y malhumorado, todo lo que tienes que hacer es quitarte la ropa. Tu desnudez me hace invulnerable, contesto.

Aburrido y solitario repaso los mensajes escritos de hoy:

- Sí, pero más tarde. No tengo batería…

- ¿Ya se te pasó el cabreo?

- Anoche te encontré muy raro. Espero equivocarme.

- ¡Hola! Ayer me lié y después me fui a la camita. Besitos muchos.

- Hazme una perdida, que estoy en el trabajo.

- Salí del fisio y te hice una perdida. Cené y me dormí.

- Toc… toc… ¿Me llamas luego?

- En ké stás pensando en ste instante?
- Gracias por todo. Igualmente.

- Kuando kieras.

- Hola! Ya te has olvidado de mí…? Besos.

- ¿Duermes?

- ¿Te veo mañana?

- Pienso en ti y…

- ¡He soñado contigo!

- Mañana te veré.

Pero nunca llega ese mañana.

- ¿A qué hora vendrás?

- A la que tú quieras, contesta.

- Quiero ahora.



EN LA PUTA CALLE


Salí a la calle como las putas de los edificios de apartamentos por horas, con el neceser en la mano y llamando a un taxi a grito pelao.

En el neceser no iba lo preciso para atender mi compostura y aseo, sino un convoluto lleno de unos billetes de quinientos nosequé cada uno. Una fortuna, me dijo el director del manicomio al despedirse de mí con un guiño. Yo lo hice con una pregunta:

- ¿Quién tiene mi ropa interior?

¡Qué calle más rara! Sin aceras con arbolitos en sus alcorques para que meen los perritos, ni edificios medianeros unos de otros para conformar cuadras regulares.

¡Qué ciudad más rara! No me suena de nada. Ganas me dan de volverme a la cama.

Un taxi se digna parar. Le digo a su conductor que me lleve a la avenida del Libertador esquina a Los Jabillos, edificio Junín en la urbanización La Florida.

Vuelve a mí su cara de piña y pregunta:

- ¿En la carretera de la Coruña, no?
Se me funden los plomos. Acabo de dar al taxista las señas de mi domicilio en Caracas. Uso el método de prueba y error y le digo:
- Perdone. Mejor me lleva usted al centro.
El hombre, mal aseado, menea la cabeza y se encoje de hombros. Y empezamos un viaje por lo desconocido hacia ninguna parte.
Nada me resulta familiar. Intento localizar el lugar de la acción recurriendo a mi acervo cinematográfico. Nada. Esto no es Nueva York, ni San Francisco, ni Caracas, ni La Habana. Debo de haber vivido en más lugares de los que memoria tengo. Intento sonsacar al hombre acerbo:

- ¿Por dónde queda un parque muy grande con árboles muy altos y una casa de fieras encerradas en jaulas con barrotes de hierro?

El taxista frena y me pide que me baje, cosa que hago pagándole con unos billetes que no sé qué son. Me devuelve monedas que no son centavos de dólar, ni lochas de bolívar, ni centavos de pesos cubanos.

Me encuentro otra vez ejerciendo de puta con el neceser en una mano y en la otra una bandeja de alpaca regalada por el personal sanitario del centro médico “en agradecimiento al paciente más constante”.

Puta polución atmosférica. ¡Qué gorrinería! Me pica la garganta. Me apetece tomar un té, comprar un libro y pasar a un baño que no huela ni a desinfectante de clínica ni a pis. Buscaré un drugstore y a Juan Ramón. A Brendan Behan no lo encuentro nunca. Escribir y olvidar. Alcohólico con problemas de escritura. Así era. Escribir y olvidar. La máxima felicidad.

De frente viene un grupo de chicas del altiplano andino. Pienso si estaré en Cuzco, aunque no olvido que Los Andes empiezan en Venezuela y terminan en la Patagonia. Me propongo no lloriquear no vaya a ser que piensen que soy italiano.

Llegan a mi altura, saludo y pregunto dónde puedo desayunar.

Me responden maliciosamente que por ese barrio no suelen dar de desayunar a las cuatro de la tarde y que si quiero merendar, no lejos, todo derechito, queda un centro comercial.

En él, compro un diario que no reconozco en cuya cabecera figura “edición Madrid”.

Me sorprende la facilidad con que llegan ahora los periódicos europeos. La gente viste mejor que antes de mi dormidera.

Busco otro taxi y ¡zácate! me viene a las mientes una dirección:

- ¿Sería usted tan amable de llevarme a Claudio Coello número 38?, entre Hermosilla y Goya.

Sigue el viaje por lo desconocido. Ahora creo que voy a alguna parte. Me apeo en la dirección que surgió de algún boquete negro de mi memoria. Es la casa donde nací.

Subo al piso tercero izquierda y en la puerta hay una placa que pone Notaría (entren sin llamar). Obedezco y entro.

Un tipo con halitosis me contesta si no estoy viendo que allí no vive ninguna familia. Desisto.

Dice el portero que la notaría fue instalada en los años ochenta. Ignora quién ocupó antes el tercero izquierda.

Salgo a la calle. Aguardo en la parada de taxis hasta que llega un vehículo que no está sucio como palo de gallinero Pido al taxista que me lleve al aeropuerto. Es hora de partir.

Los anuncios y otros cachivaches apenas si me dejan distinguir el conjunto de la ciudad en que nací. Creo.



ME LARGO

En el aeropuerto compro un pasaje para La Habana. En el mostrador de embarque una encantadora señorita me pide pasaporte y visado. Como quiera que no hago ademán de buscar en los bolsillos, la muy zorra hace una llamadita por teléfono y un guardia civil me conduce a la comisaría del aeropuerto.

Nadie cree que esté indocumentado. Temo perder el vuelo y pido ver al comisario jefe.

Diez minutos después entro en un despacho.

El hombre que mira por la ventana se vuelve, me observa con cara de poli bueno y exclama:

- ¡Coño don Manuel!

Ahora soy yo el que mira y me viene otra iluminación:

- ¡Coño Gumer! ¡Usted es Gumersindo Moraleda!

Nos damos un abrazo y no se me ocurre otra cosa que preguntarle si no está ya jubilado. Me contesta que ahora la edad de jubilación es a los setenta y cinco años, ordena que me hagan unas fotos y me da un pasaporte de apátrida en su categoría de platino plus.

El visado lo arregla con una carta suya al director general de inmigración de la República de Cuba.

No hay tiempo para decirle a Gumer que no he hecho nada, que he estado durmiendo, pero sí de prometerle que cuando vuelva por España nos tomaremos un cafelito y rememoraremos su pasado, que yo no lo tengo. Me acompaña a la puerta de embarque que queda donde Cristo dio las tres voces y un poco más allá.

Por ruego de mi amigo el comisario sabio y honesto me instalan en grand-class, cierro los ojos y concilio el sueño yo solito y sin orfidal. Antes de despegar.

HABANA FUGAZ

Me despierta una azafata. Sus ojos relucen más que el sol. Hemos llegado a La Habana.

Dos funcionarios de inmigración me ahorran los trámites de aduanas y demás vainas. Se ve que ha funcionado el fax de Gumer, y de qué manera, porque un coche de servicio oficial me deposita en el Hotel Nacional.

Me inquieta que ahora se llame Hotel Hilton Nacional, pero prefiero callar como un cartujo. Siguen los obsequiosos de- talles de bienvenida y soy alojado en la planta de huéspedes ilustres. En la misma habitación de siempre. La 804.

Enciendo la tele y mi corazón empieza a fibrilar. Está pronunciando un discurso el presidente de la República de Cuba, ciudadano Fulgencio Batista jr. Se le saltan las lágrimas cuando recuerda la figura de su egregio abuelo el sargento Batista.

De recepción me ruegan atienda a dos señores de la policía política. Así lo hago en el bar de la veranda del jardín. Empieza un interrogatorio sobre mi grado de amistad con el dictador comunista. Tienen mucho interés en recibir información sobre mi tercer encuentro con Fidel y otras menudencias.

Me dan a elegir entre presentarme mañana y tarde en sus oficinas para proseguir sus averiguaciones o llevarme inmediatamente de vuelta al aeropuerto, que ahora es privado y se llama General Batista y Cía. S.A. Ofrecen pagarme el pasaje para donde guste y no cobrarme las tasas habituales, amén de un pasaporte cubano.

La duda ofende y el hombre con agujeros en la memoria, pero con instinto de supervivencia, elige el plan B.

En el aeropuerto, a mi demanda, me entregan un billete de los caros para Caracas.



CARACAS D.F.

Duermo como un bendito y amanezco en Maiquetía.

Bajo del avión. Una banda militar ataca con brío el Gloria al Bravo Pueblo. Terminado que hubo la charanga se acerca un general con un montón de estrellas quien me comunica que el emperador Hugo Chávez me ha concedido la ciudadanía venezolana con derecho a pensión vitalicia. Y no contento con eso, va y me condecora e impone la medalla y banda de la Orden de mérito al Buen Revolucionario. Me dice que Su Serenidad el emperador Chávez estaría muy honrado en cenar conmigo esa misma noche. Precisó que sería una cena privada, sin discursos. ¡Qué gusto!

El comandante que dirige mi traslado hasta la suite presidencial del hotel Tamanaco me da buena espina y por eso decido jugar al despiste:

- ¿Cómo van las cosas por España?

Efectivamente, es un criollo vernáculo bien entrenado y me responde con laconismo alejado de la verborrea caribeña:

- ¿Se refiere usted a la Confederación de Estados Ibéricos y Vascongados?

No hay mejor información que la suministrada por un oficial de estado mayor que trabaje para la inteligencia militar. Aseveré que sí y que mi pregunta venía a cuento porque había estado unos años muy ocupado, sin apenas tiempo de recibir información sobre la vieja Europa.
Le conté que había dirigido el departamento de neurocirugía del Toronto Western Hospital en Ontario, Canadá. Me dediqué a implantar electrodos en el hipotálamo de pacientes voluntarios que andaban un poquillo flojos de memoria. Conseguimos subir el volumen de los circuitos de la memoria y que la gente recordara escenas olvidadas muchísimos años antes. Con los impulsos eléctricos de una veintena de electrodos se hacen virguerías en el cerebro. Omití que mi equipo lo que realmente buscaba en el hipotálamo era reducir el apetito, saciando la sensación de hambre.

El comandante se dio por enterado y me dijo que la Confederación de Estados Ibéricos y Vascongados, antes España y Portugal, estaba compuesta por dieciocho estados, con capital en Lisboa y que funcionaba correctamente. El Senado radicaba en Barcelona y el Congreso en Bilbao. Madrid había sido ascendida a la categoría de pedanía de Chinchón.

Agradecí su resumen y, por simple curiosidad, indagué sobre la cosa política en los Estados Ibéricos.

Sonríe un nanosegundo y cuenta que el Presidente de la Confederación es Don Felipe VI y que el partido en el gobierno, de tinte progresista, se llama Empresarios de la Construcción Unidos Jamás Serán Vencidos.

¡Señor, Señor, qué trajín! Ya en el vestíbulo del hotel correspondí al oficial haciéndole de una revelación clave:

- De buena tinta puedo asegurarle que el sol se está despertando. Un nuevo ciclo solar ha comenzado.

En mi cuarto medito. Hace horas no tenía ni un jodido papel. Ahora tengo tres pasaportes.

Descabezo un sueñecito reparador, hasta que empiezo a soñar con ella. ¡Válgame Dios! La voz hueca me machaca. La mujer que tú conocías, no ha existido jamás, vomita el sonsonete. ¡Qué sofocación!



HUGO RAFAEL CHÁVEZ FRÍAS
EL HUERFANITO

A las siete y media en punto me avisan de conserjería. En el lobby aguarda mi asistente militar.

En el trayecto hacia La Casona pregunto al comandante si me recomienda evitar algún tema de conversación.

- No. Ya usted sabe que Hugo Chávez se faja con el más guapo. Quizás sea conveniente, doctor, que no toque usted la vaina de mis Venezuela.

Tomo nota y me animo a formular la misma cuestión en positivo.

- ¿Asuntos que son del agrado del ciudadano emperador?

El oficial me indica que Chávez, al día de hoy, se interesa vivamente por la farmacopornografía como motor del mercado en la economía capitalista de este siglo.Búster Keaton y yo primos hermanos. Me quedo con gana de preguntarle a mi amabilísimo acompañante si sabe dónde se encuentra mi gato.

Recorro las preciosas galerías coloniales de la residencia oficial del número uno de la república venezolana. No aprecio cambio alguno respecto de la que frecuenté en tiempos de Carlos Andrés Pérez, Herrera Campíns y Rafael Caldera. Reveo con placer los óleos del maestro Armando Reverón. Envuelto en la niebla del pasado, no espabilo hasta que me estremece el abrazo de oso que me propina el compañero Chávez. Acabo de perder la única preocupación que sentía. Modo y manera de saludar a un emperador presidente de república bolivariana.

- ¡Cónchales! ¡Qué bien luces después de tanto tiempo! ¿Dónde fue que tú te metiste mi compay?

Si le digo a Hugo Chávez Frías que no tengo ni puñetera idea de dónde vengo ni a dónde voy igual le chafo la cena. Como es seguro que mi comandante le ha pasado una notica con mi descubrimiento, eso si, por error, de un método para recobrar la memoria, insisto en esa versión y le comento, en contra de la evidencia, que le veo más delgado que antes.

Chávez se interesa por mis experimentos en Ontario pues se reconoce, modestamente, como hombre que, además de hablar bien y saber escribir a máquina, protege a las ciencias en general, y a la neurocirugía en particular. Se ilusiona con la idea de llevarme un día de estos a la clínica La Floresta para que vea los ensayos clínicos que unos médicos cubanos, de los muchos que quedaron por estos pagos, huérfanos de Fidel, están haciendo con guerrilleros colombianos de las FARC; la idea es mejorar su carácter para que no se tomen las cosas tan a pecho. A base de implantar microchips en sus cerebros.

Digo a Hugo que tengo un amigo psiquiatra dedicado a la patología dual y que está contento con los resultados clínicos que obtiene con los deportistas de élite a base del zolpidén. Omití decirle que el zolpidén, según la dosis y la sustancia que acompañe su ingesta, produce al día siguiente una amnesia de padre y muy señor mío.

Nos acomodan para cenar en un precioso porche lleno de orquídeas de mil clases. La mesa está bien vestida con cubertería de plata vermeille. De guante blanco y calzón corto, nos sirven una cremita helada de espuma de auyama. Chávez, bendice la mesa así: “vamos a pedirle a Dios por la Patria Nueva”. Inefable.

Repuesto de la sorpresa, me hago cruces. Reconozco y degusto un sabroso lebranche cachicameado, seguido de unas virutas de muchacho al limón verde sobre un lecho de papitas nuevas, chayotas, cebollitas colorás y su poquito de yuca andina. De postre, la mejor torta de jojoto que nunca comí, que en el paladar me da que lleva su miajita de batata morá. Como vino, después de probar un delicioso sauterne, dimos cuenta de un chablis pouilly fussé en su punto, que antecedió a un viejo Vega-Sicilia que ya lo quisiera yo para los días de fiesta mayor.

Encontré a Chávez gracioso como siempre y más calmo que nunca. Apenas si cargó contra Estados Unidos mientras elogiaba continuamente a Don Felipe VI y a la astucia que ha demostrado poniéndose al frente de la tercera república española. Incluso me llegó a confesar que de ahí le vino la idea de que el parlamento venezolano le proclamara emperador.

- ¡Coño Hugo! ¿por qué no te quedaste en rey?

En una pura risotada, Chávez me dice:

- Te hago el cuento corto. Efectivamente mi primera idea era limitarme a ser rey. Sin embargo, me acordé de lo que me pasó con el papá de Don Felipe en la cumbre de Chile, cuando me mandó callar. Con el corazón en la mano, te digo que a mí no me importó tanto el bufido de Juan Carlos, como que no lo acompañara de un guiño entre amigos, para que los otros colegas se dieran cuenta de que él y yo éramos panas. Antes de entrar a la sala de reuniones había bromeado con Juan Carlos poniéndome a la orden de mi majestad. ¡A ver si ahora un rey se atreve a mandar callar a un emperador!

Había llegado la hora de desplegar mis encantos. A tal fin pregunto su opinión sobre la farmacopornografía.

- ¡Carajo Manolito! me contenta que saques ese tema a colación. ¿No te habrá soplado el dato el jalamecates del comandante que he puesto a tus órdenes?

Tranquilicé a Hugo mintiendo como un bellaco. No. Era ocurrencia mía.

- Está clarito. Es la base de un capitalismo que se mete en la gestión política de la vida privada. Es un capitalismo caliente, psicotrópico y chabacano. La depresión se convierte en prozac; la erección, en viagra; la masculinidad, en testosterona; la fertilidad, en píldora. La pornografía es hoy el gran motor impulsor de la economía informática. Existen más de un millón y medio de webs para adultos.

Bueno, reflexiono. La cibernética será el futuro, pero yo aún me masturbo a mano. Los Estados son hoy bases de datos que extravían como los borrachos noctívagos hacen con el contenido de sus bolsillos. El servicio de seguridad de la policía política de la República Democrática alemana tenía expedientes sobre sus ciudadanos que ocupaban ciento sesenta kilómetros de largo.

¡Alma de cántaro!, me digo. Lo bueno de los hombres poderosos es que te hacen pasar una agradable velada sin que uno tenga que decir esta boca es mía.

- Mañana me desayuno con el nuncio de la Santa Sede y el primado de Venezuela. Vienen a plantear, acompañados del embajador USA, la renovación, con una subida del ciento por cien en su capítulo económico, de los acuerdos con el Vaticano. He extendido la ayuda económica a las confesiones protestantes que me sugirió George W. Busch III. No pienso resistirme más allá de muy poco. No quiero volver a toparme con la iglesia. Para una vez que me resistí un poco al realero que me cuestan, casi me descabalgan del trono.

Chávez se olvida de que mañana madruga. Me cuenta el ex teniente coronel de paracaidistas las llamadas que recibió de Fidel Castro durante el golpe que le montaron militares y empresarios, el día 11 de abril del año 2002.

En la madrugada siguiente, mientras Hugo estaba atrincherado en el Palacio de Miraflores, sitiado por las tropas que se alzaron en tan curiosa asonada, Fidel llamaba insistiendo a su amigo para que aguantase el tipo. “¡No te inmoles!”, “no dimitas, no renuncies”, me cuenta Chávez que le aconsejaba Fidel.

La cara de Chávez ha cambiado. Este hombre las pasó canutas hasta que el 14 de abril retomó el poder, gracias a que la división blindada y el regimiento de paracaidistas de Maracay amenazaron con arrasar a sangre y fuego Caracas si Chávez no era restituido. Ayudó y no poco, que el gobierno golpista eligiera como presidente a quien fungía como capo de la confederación de empresarios de allá, un tal Carmona. Empezó su gobierno títere aboliendo, por decreto, todas las instituciones más o menos democráticas.

Certifico que al emperador Chávez el recuerdo de su estancia en prisión en Fuerte Tiuna, sede de la comandancia general del ejército venezolano y el de su viajecito posterior en helicóptero a la isla de La Orchila le conmueve profundamente. Cuarenta y ocho horas feas y amargas.

Por atún y a ver al duque:

- ¿Cómo murió Fidel?

Chávez mudo.

- ¿Se despidió de ti?

Suelta cada palabra como si fueran cálculos renales:

- Ni de mí ni de nadie. Se desvaneció. No me consta su muerte. No la deseaba. Para mi hermano Fidel morir era una derrota inadmisible ante el imperialismo. Cuando escribió: “… tal vez se me escuche. Seré cuidadoso.” entendí clarito su mensaje. De ahí que ahorita ande yo con más ojo. La historia absolverá a Fidel.

De vuelta en el Tamanaco, me aticé un par de tragos de ron destilado en una hacienda de Ocumare del Tuy.

Caigo en brazos de morfeo y empiezo con la soñadera. Dormía en un delta de bancos de arena y gritaba sin cesar: ¡qué sueño tan desgraciado, qué sueño tan desgraciado! Dormía con los ojos abiertos. Mi mente no dejaba en paz a mi cuerpo. ¿Qué puedes hacer?, decía: ¡Estás perdido! Mirar a ella es todo fuego. Si vuelves la cabeza, cuitas y más cuitas. ¿Qué vas a hacer? ¿Por qué no pasas las cosas de una luz a otra luz?

Despierto y compruebo que llevo el pijama puesto y que mi gato duerme y ronca. Me propongo aprovechar el día y el de mañana también. La simple cagada de una moscarda te puede llevar al otro barrio. En el entretanto salgo a la calle y disfruto del espectáculo.

Me provoca volver al museo de Arte Contemporáneo. Así se lo digo a mi compadre militar quien dispone lo necesario para la visita. En el trayecto encuentro a Caracas bastante desmejorada, la pobre.

Al cabo de una hora de ver arte contemporáneo, que no reconozco coetáneo mío, le digo al comandante que tengo el antojo de darme un garbeo por el museo de Arte Colonial, en la Quinta Anauco. Luego propongo asomarnos al museo Arturo Michelena y rematar la faena en la Galería de Arte Nacional.

En verdad no recuerdo qué hacía yo en Venezuela en mi otra vida. Conforta comprobar que al hombre que me acompaña todo le parece correcto.

A la hora de almorzar como que me entran ganas de probar un poco de chupe de gallina y un sancochito de pescado. La comitiva me desplaza hacia el barrio de La Candelaria. Invito a sentarse a mi mesa al comandante, quien acepta después de juntar sus tacones reglamentariamente por decimocuarta vez en lo que va de día. ¡Jesús qué manía!

En el pluscafé indago:
- ¿Qué se oye decir en los cuartos de banderas?

El comandante me dice de carrerilla:

- El apoyo del ejército bolivariano al proyecto revolucionario es irrestricto. También compartimos la estrategia de nuestro Jefe de lentificar el calendario por el zaperoco del derrumbe del precio del barril de petróleo en los mercados de futuros.

Así que noté a Chávez tan modosito la otra noche. Si la facturación de la compañía petrolera pública venezolana significa la mitad del producto interno bruto del país, pues eso, que la cosa está jodida.

- ¿Puedo hablarle francamente? pregunto al comandante. Sin esperar su contestación inquiero sobre el resultado de los planes estatales para industrializar el país y hacerlo menos dependiente del petróleo.

El comandante me mira como yo debía mirar a mi loquero de la clínica de Madrid.

- Convendría más, doctor Torres, que platique usted de todo esto directamente con nuestro Jefe.

Levanto la sobremesa y digo a mi hermético señorito de compañía que haga el favor de llevarme al hotel, pues deseo echar un pegadillo.

En el Tamanaco reparo en que las toallas y sábanas tienen agujeros, que el papel del retrete se parece al de estraza, que los grifos del baño tienen roña y la moqueta más mugre que la cama de un ciego.
Me despierta el teléfono.

- Doctor Torres le paso una llamada de palacio.

Un acento dulce me ruega que acepte la invitación del Jefe para desayunar el día de mañana. A las 6:45 a.m. en punto. Para ello debo estar en el lobby del hotel a las 6:15, también a.m.

Me contenta haber dormido la siesta, pues esta noche no me puedo acostar si debo cumplir con el horario propuesto y aceptado.

Paso la noche bebiendo agua mineral en el Ponpom Club, donde fui recibido, como socio de honor, con una acriollada interpretación de la musiquilla de Casablanca.

A las 6:45 a.m. estábamos Chávez y yo desayunando él y cenando yo. Pegaditos a un estanque andaluz repletico de nenúfares y agapantos.

- ¡Eres un gran carajo! Ya veo que te dedicas a joder a preguntas a tu comandante. Te cuento yo mismito de qué va la vaina del petróleo.

Otorgo y callo. Aliento a Hugo Rafael al estilo vernáculo:

- ¡Epa, compae!, ¡échale bolas, pués!

Me cuenta que las cosas han cambiado. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos. La güarandinga de los precios del crudo petrolero se debe a que los chinos han inventado, están fabricando y van a distribuir de a poco, un motor que funciona con agua del grifo. Vivíamos mejor cuando el imperialismo decía que quería exportar la democracia y lo que hacía era importar petróleo.

No sé cómo consolar a un hombre hundido. Si le digo que no hace falta ser pobre para ser puta, igual va y me mira feo. Intento animarle con un toque ecológico:

- Jefe piensa que la naturaleza lo va a agradecer muy y mucho. Y que Venezuela tiene para dar y tomar con su Amazonas, su Orinoco y sus selvas vírgenes, sus muchas sabanas y que si p’aquí que si p’allá. Si el petróleo va a ser sustituido por el agua, aquí también hay mucha agua.

- Ya, pero tal como va la vaina, vamos a terminar comiendo mierda y no se si habrá para todos.

Agradezco a Hugo el rico pabellón criollo que nos hemos zampado, que tuve la prudencia de desengrasar con un plato de lechoza y un sorbete de guanábana y parchita.

Mi ilustre anfitrión me acompaña hasta el porche de la residencia. Me despido de él con un abrazo de viejos camaradas y con un proverbio chino, pero que encasqueto a Buda para no meterle el dedo en el ojo:

- Si tu cabeza está en las nubes, mantén tus pies sobre la tierra. Si tus pies están el la tierra, mantén tu cabeza en las nubes.

Sobre las ocho y media de la mañana me devuelven a mi hotel y me duermo.

Con la atardecida me despierta una frasecita que llegó a mis oídos en la edad media de la edad antigua. La voz me taladra: “las mujeres son como los hombres, sirven para todo. No como ellos, que no sirven para nada”. Digo a la voz: ¡ojalá fuera yo viento y ella se desnudara el pecho y acogiera mi soplo!

En la barra del hotel el barman me invita a un trago por los viejos tiempos.

- A pepa de ojo, ¿cuánto vale el barril de la franja bituminosa del Orinoco?, pregunto.

El hombre que ha preparado mi palo de ron picando hielo con un martillo de alpaca en el cuenco de su mano, dice:

- Nada. Cero. Estamos comiendo cable, doctor. Nos meteremos el excremento del diablo por donde nos quepa. ¡Tremendo peo se formó!

A los dos o tres días ceno con Hugo Chávez en el Country Club. Sin probar ni un pasapalo Hugo me pregunta por ella.

- No sé. Ni siquiera sé si existió.

El Jefe me mira:

- ¡No seas gafo! Está vivita y coliando.

Chávez me ve alicaído:

- ¡Estás agüeboneado! No hace tanto como que la ví en un bonche en una casa de festejos.

Callo.

- ¿Sigues engüayabao?

Callo.

- ¿Te provoca que la mande a traer acá p’acá?

Niego.

- Hablar no hablé. Ella me miró a los ojos, pero no me dijo nada. ¿Ordeno que la busquen?

- Mejor que no, contesté de una vez. Prefiero no hablar de ella. No la espero más. Tengo que pensar que si no volvió es porque no volverá. Y que no debo olvidar que la olvidé. Ella me evita hasta en sueños.

Estoy bravo. Contraataco:

- ¿Cómo fue tu plan para industrializar Venezuela?

- Al carajo se fue. Al igual que las reservas que teníamos en el exterior. Todo empezó cuando la coño’emadre de la Exxon Mobil embargó el platal que Pedevesa tenía fuera del país. Luego me enteran que varios ministros de mi gobierno se han quedado con otro mordisco de nuestras reservas y ahora lo de los chinos y su motorcico. ¡De pinga!

Cumplida mi venganza, enfrío el ambiente y le digo a Hugo Rafael que el consomé de lagarto está chévere. Advierto que se me ha ido la mano con el estoque, pues el que se agüebonea ahora es él.

- Lo que me tiene más arrecho es que ni siquiera puedo consolarme echándole bromas al gobierno de los gringos, que está pior que nosotros. La última emisión de bonos del tesoro USA ha servido para empapelar waterclosed en la Casa Blanca. ¡Cuánto echo en falta a Fidel!

Silencio. El comedor del Country está más bello que nunca. Intento que mi tronco Chávez se venga arriba y le propongo que rematemos la noche tomando unos tragos en El Hatillo.

- No puedo. Mañana tengo que levantarme para disimular. Las cosas no han salido como yo pensaba. ¿Y si te nombro ministro de recursos naturales?

Casi me enternece el hombre. Rehusé como mejor supe, nos fuimos y no hubo más nada.

¡QUE MANOS TAN PEQUEÑAS!

En el hotel el hombre que duerme sueña que está soñando y que es una lástima que ya no le duela el dolor.

El hombre que duerme se desdobla. Su espíritu deja el cuerpo tendido en la cama y le observa desde el techo. ¡Qué manos tan pequeñas tiene! Se apiada de él y se encierra de nuevo en su cárcel de materia.

El espíritu sueña que está en el patio con aljibe.

El cuerpo piensa que cada etapa es un libro.

El cerebro ordena a la consciencia que perciba el azul de lo azul.

La luz arriba. Abajo el agua. Lo infinito está dentro.